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Kafka no era kafkiano

Al final, todas las tentativas de Franz Kafka por ser permanecer en penumbras fueron totalmente inútiles. Sus miradas a las sinrazones y misterios de la vida del trágico siglo que le tocó vivir, lo destinaron a la posteridad. Tanto es así, que aún seguimos descubriendo situaciones kafkianas.

Y, sin embargo, creo que Kafka no era kafkiano.

Borges sostiene que hay detalles que señalan de manera clara que su verdadero deseo era no vivir más allá de la (digamos) espuma de los días. Que no quería superar la andadura por la superficie de su triste existencia. Y señalaba: "en realidad quería escribir un libro feliz y victorioso, y se daba cuenta de que le era imposible".

Fue así que pidió a su amigo y albacea Max Brod que quemara sus manuscritos. A esa desobediencia debemos el conocimiento del grueso de su tan desgarrada obra, que nos ayuda a acercarnos mejor a ciertas esencias del espíritu humano. También había realizado un pedido semejante a Dora Dymant, y ella destruyó buena parte de sus Diarios y Carnets. ¿Por qué dudar, entonces, de su deseo de olvido?

Su fama se debe, primero, al surrealismo y, luego, a dos franceses que, salvo en esto, en lo demás siempre estuvieron en desacuerdo: Sartre y Camus. Ellos difundieron, en la posguerra, el nombre de Kafka, el secreto escritor checo que se ha convertida en una cima de nuestra cultura. En un escritor canónico.

He dado una ojeada casi con pasión novelesca sus Cartas a Felice, esa correspondencia íntima, desesperada, que mucho desnuda y coincido con Elías Canetti cuando decía, en El otro proceso de Kafka, que ellas "contienen una inconcebible dosis de intimidad". Y por allí, agrega: "no existe personalidad que se haya desnudad tan fielmente". Creo, sí, que es un exhibicionismo a veces insoportable, porque son las cartas de alguien que amó por necesidad, que no sé si es amar, a unas mujeres por las cuales sentimos —al saber qué pasó con ellas— una solidaria compasión: por ellas, y por él. Kafka no supo que en el amor, como en el camino, no se busca, se encuentra. Necesitó amar para escribir, que fue, a la vez, su forma de disfrazar la desesperación.

Y al revés que otros escritores cuyos personajes los han superado y sobrevivido (pienso en don Quijote y Cervantes, en Martín Fierro y José Hernández, en Holmes y Conan Doyle), Kafka resulta mucho más importante que sus personajes sin nombre, unas meras abstracciones perdidas en senderos que se bifurcan. Porque a Kafka no se lo busca como un escritor, sino, curiosamente, como personaje. El mundo al revés. "Como soñador que no quiso que sus sueños fueran conocidos", según ha escrito Borges, que conocía estrechamente al narrador checo.

Franz Kafka, que según gustaba contar Borges, cierta pidió "considérenme un sueño", se ha convertido, en el mayor recordatorio de los absurdos del siglo veinte. Abrió para otros la puerta del castillo y nos dejó un universo poblado por los seres más fantásticos que haya producido la imaginación. Por eso, es algo así como el mensajero de los viajes al fin de la noche del alma humana. Y entonces no será considerado un sueño. No. Será, (es) considerado una pesadilla.

Quizá por ello Kafka no se atrevió a ser un personaje kafkiano.


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