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Fuera del Pentágono no hay salvación

Aunque la ONU haya aprobado de manera unánime el envío de tropas a Afganistán, hasta los muyahidín saben que las Naciones Unidas no son los Estados, así que Kabul, dos días antes de la que entre en funciones el nuevo Gobierno afgano, no ha tenido reparos en levantarle la voz a la ONU. El futuro ministro de Exteriores, Fahim, quiere en su país una presencia militar internacional al revés de la prevista por la ONU, en vez de los 5.000 hombres con derecho a disparar, de los cuales de 3.000 a 4.000 iban a asegurar la estabilidad política y el resto se dedicarían principalmente a labores humanitarias. Fahim desea limitar el derecho de intervenir a tan solo mil soldados para dejar al resto en funciones de samaritanos, observadores o policías. Y nada de cascos azules, ni en Kabul, ni en las ciudades más importantes.

La actitud de Fahim era de esperar, en parte porque la desunión es la característica nacional afgana y el ministro de Exteriores tiene casi la obligación de discrepar de los acuerdos aceptados por su jefe del Gobierno. Más importante y grave es la otra parte, la enorme discrepancia, de proporciones afganas, entre los miembros de la ONU para dirigir la conducta de este cuerpo militar internacional. Es una función que Londres quiere asumir pero dejando el mando real en manos de Washington si surgen conflictos graves pero Francia no acepta ni lo uno ni lo otro, mientras que China, Rusia y hasta Alemania aparecen con otras exigencias.

En realidad, los argumentos de Kabul, Pekín o París se puedan resumir en uno solo, la creencia de casi todos, con la excepción de Londres, de que Washington se va a desinteresar de Afganistán en cuanto aparezca el cadáver de Ben Laden y hayan eliminado a las últimas guerrillas talibán.

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