Mala cosa es la ignorancia. La peor. Tan común se nos hace, sin embargo, que ni casi la notamos. Rumi ( o Rumí, no sé), se llama la señora. Capitoste del PSOE, a lo que dicen. Nada extraño. Partido y señora están tallados a medida.
El caso es que escucho a la tal Rumí ( o Rumi, no sé) lanzar venablos contra el racismo reaccionario de la derecha española. Interesante, me digo. Y aguzo oreja. Tesis de la tal (con o sin acento): “no es posible comparar pañuelo y ablación”. Bien sentado que, “pañuelo” no designa, en labios de la enojada socialista, el pragmático lienzo de higiene nasal. Sí, la revestidura litúrgica que, en distintos formatos y con variados colores, tonos, superficies, cumple la función sacral (toda revestidura ritual es escritura del Dios sobre el cuerpo que inviste) de diferenciar a la creyente-mujer como un no-sujeto de derecho, pues que a una parte esencial de la ley le está vetado acceder si no es a través de la mediación viril ( de padre, esposo, hermano...)
Y, claro, uno se dice que bueno, que no es de necesidad obligatoria haber leído a Platón para saberlo –aunque constancia quede de que eso no hace daño a nadie—. Pero que comparar, lo que se dice comparar, es confrontar objetos distintos. Vamos, eso a lo cual el maestro griego dio forma irrevocable, van ya para 25 siglos: que lo igual sólo se dice de lo distinto. A ver, si no, cómo iba a apañárselas para hablar la señora Rumí-Rumi (o cualquier anónimo hijo de vecino que pretenda articular sujeto, verbo y predicado).
Pañuelo y clitoridectomía son comparables porque no son iguales. Y porque entre ambos existe un nexo causal que determina sus filiaciones. No todas las corrientes del islamismo exigen la amputación del clítoris femenino como purificación que hace a la mujer desposable. Sí, una fracción relevante de ellas. Nada arqueológica. El uso está en práctica normal. Dentro de las tierras islámicas como en los países de inmigración. Francia ha visto ya algún caso judicial espeluznante de esa aniquilación sexual de la mujer para mejor uso doméstico que consiste en rebanarle el órgano de su placer sexual. No hay lugar a engaño: la práctica es masiva. Aunque muy pocos casos –aquellos en que la amputada muere o tiene la heroica fuerza moral de declarar la guerra a padres y familia toda— llegan a los tribunales.
Recuerdo a la no demasiado ilustrada socialista un caso del año 1996. Sólo a título de ejmeplo. Más torpe de lo habitual, la cuchilla del barbero que seccionaba clítoris y labios menores produjo hemorragias incontroladas. Dos niñas de tres y cuatro años murieron. Sucedió en Egipto, donde la clitoridectomía está oficialmente prohibida desde 1956 y sigue siendo mayoritariamente practicada, sobre todo entre la población rural. Mas deberíamos hacer el esfuerzo de no engañarnos: la muerte –por desangramiento o infección— es sólo una anécdota.
“Rito de paso” ineludible, la ablación del clítoris –en distintas variantes locales— rige la entrada en la edad adulta y sella sobre el cuerpo de entre 30 y 74 millones de mujeres –los vacilantes datos son de la OMS— la disponibilidad para matrimonio y reproducción. El área de difusión del rito es amplia. Como lo es la de los credos religiosos que, en algún momento, lo incorporaron a su liturgias básicas. África, como casi en todo, lleva también en esta desoladora historia la peor parte. Bajo su forma de “infibulación faraónica” o “sudanesa”, donde el orificio vaginal es reducido al mínimo diámetro necesario para la excreciones corpóreas y restablecido en esas dimensiones después de cada parto, hasta la elemental “excisión” de clítoris y labios menores (sunna), la clitoridectomía sigue siendo hoy universal maldición de la mujer africana. También, para algún prestigioso teórico de la descolonización –Yomo Keniata, por ejemplo—, dato irrenunciable de la africanidad cultural frente al imperialismo europeo. Al “dato” cultural se ajustó el Islam, en cuyo marco religioso sigue hoy siendo ejercida en Sudán, Somalia, Egipto… También el cristianismo copto que, en el siglo XVI, hizo de él “higiénico” distintivo frente a las degeneraciones de Roma.
Es esa amplitud ritual lo que hace de la amputación clitórica un síntoma espeluznante de ciertos atavismos humanos. Los Dogon dan, en su mitología, un relato extraordinariamente plástico del fantasma que subyace a esa barbarie: imperfectos, los humanos guardan en su cuerpo infantil restos de una originaria amalgama andrógina aún no diferenciada; residuo femenino, el prepucio debe ser amputado para que el niño sea hombre, el clítoris –resíduo masculino—debe serlo para que la niña pase a mujer copulable. La privación del acceso al placer que ello acarrea es el precio a pagar para una maternidad amenazada por la traba del clítoris, peligroso artilugio que, en su erección, amenaza de muerte al varón copulante.
En 1853, Ysaak Backer Brown, obstetra londinense, puso de moda una técnica quirúrgica para acabar con la malsana masturbación femenina: la amputación del clítoris se efectuaba, por supuesto, con las garantías clínicas e higiénicas más avanzadas. Hasta su exclusión de la Sociedad Londinense de Obstetricia en 1867, su método gozó de un éxito apabullante. Los Dogon no caen tan lejos. Y el islam –último territorio en el cual la clitoridectomía no es arqueología o rareza para etnólogos— cae aquí mismo. En nuestras periferias. Detrás del velo ése que tan mono y tan culturalmente pintoresco le resulta a la señora Rumi. O Rumí. O lo que sea. ¿Ignorante? ¿Quién sabe? Tal vez no. Sólo racista.
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