Llegó a Monterrey veinticuatro horas antes de lo previsto, consiguió hablar sólo seis minutos y se fue argumentando “una situación especial”. Los cubanos llevan diez años viviendo en un “periodo especial en tiempos de paz”. Castro convierte en “especial” todo lo que toca. Después de tanto tiempo ya no sabe qué hacer para la llamar la atención. Sólo es capaz de estar tranquilo entre los que cree “suyos”. Afortunadamente en México le dieron poco tiempo para decir lo que anunció como sus “verdades”. Aunque le hubieran oído durante seis horas no le hubieran escuchado ninguna.
Desde hace cincuenta años no ha cambiado una coma de su discurso. Acusó a los países ricos de su ruina, a lo que llama neoliberalismo de genocida, exigió la condonación de la deuda, cuestionó al FMI y abandonó el salón de plenos. Nada nuevo bajo el sol mexicano. La misma historia un millón de veces repetida.
Esta vez no quiso ver a Bush. Horas antes, el presidente estadounidense había dicho de su régimen que era “increíblemente represivo”. No tenía tiempo para responderle y decidió irse. En su finca le reclamaban urgencias de todo tipo. Allí le escuchan en silencio sus historias. En Cuba no le mandan callar, el tiempo parece que no pasa y es sólo suyo.
En Monterrey dijo de los países ricos que eran los “amos del mundo”. Él ya no aspira a tanto, le basta con ser el amo de Cuba y de los cubanos. Todos ellos se preguntan en estos momentos, ¿cuál es la situación especial que le obligó a regresar de inmediato a su país? Los cubanos llevan cuarenta y tres años haciéndose muchas preguntas, pero hay una que repiten constantemente, ¿hasta cuándo?

Castro, situación especial
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