Menú

Con Castro no hay “terceras vías”

Jimmy Carter goza de un gran prestigio (más que inmerecido) como diplomático y estadista internacional. También se aprecia —sobre todo entre la izquierda— su faceta de “desfacedor de entuertos”, de adalid de los derechos humanos y de mediador entre el mundo libre y las tiranías de opereta, si es que puede encontrarse término medio entre la libertad y el totalitarismo. Y la verdad es que se lo ha ganado a pulso: durante su mandato, el bloque comunista engrandeció su imperio colonial mucho más allá de lo que los líderes soviéticos podían soñar entonces, sobre todo si se tiene en cuenta que la URSS ya estaba al borde mismo del colapso.

El Sha y Somoza no eran precisamente los gobernantes más recomendables que por entonces pululaban en el concierto internacional, pero aun a pesar de los experimentos de ingeniería social que practicó el primero, y del carácter corrupto y bananero del segundo, la opción que ellos representaban era, de lejos, mucho menos mala que lo que vino después, gracias a la pasividad y falta de energía de Carter. Por no mencionar el caso de Afganistán. Los soviéticos vieron tan claro que EEUU no plantearía una oposición seria al avance del comunismo en el mundo, habida cuenta de cómo había abandonado a su principal aliado en la lucha geoestratégica en Oriente Medio contra el imperio soviético, que dieron un paso más en su plan para desestabilizar una región vital para el abastecimiento energético del mundo libre.

En cuanto a Centroamérica, no es preciso recalcar que, gracias a la buena disposición de Carter para con los sandinistas —en cuya persona quiso enmendar los supuestos agravios que EEUU había cometido con Nicaragua a principios del siglo pasado, ampliamente publicitados por los terminales propagandísticos dependientes de Moscú— la región estuvo a punto de convertirse en una colonia cubana en el “patio trasero” estadounidense. En términos generales, la gestión de Carter coincidió con el periodo de más baja influencia de EEUU (y, por ende, del mundo libre) en el siglo pasado. Sólo la energía de Reagan y el hartazgo de los norteamericanos por tener que pedir perdón por existir, logró revertir la situación y, finalmente, dar el golpe de gracia a las aspiraciones de la URSS de dominar el mundo.

Con este balance en su haber (más bien en su debe), viaja Carter a Cuba para intentar convencer a Castro de que es posible una especie de salida “a la china”. Pero Castro tiene ya 75 años, y tanto él como su régimen dependen del enfrentamiento permanente con EEUU para perpetuarse. Cualquier acercamiento aparente sólo obedece a las necesidades estratégicas que impone el instinto de conservación, como sucedió en los noventa a raíz de la caída del Muro de Berlín. Una vez reorganizados los totalitarios y criminales del mundo en torno a su persona y el foro de Sao Paulo, Castro ya no está aislado ni necesita de componendas con las odiadas democracias liberales para seguir en su trono. Es más, en plena decrepitud ha recuperado su antigua faceta de expendedor de patentes de “progresía” a derecha e izquierda (véanse Chávez, Madrazo e Ibarretxe).

¿De qué va a convencer Carter a Castro, ahora que le va tan bien? Ya intentó convencerle en su mandato como presidente y recibió de él una sonora bofetada en forma de “marielitos” que aún atestan las cárceles norteamericanas. Su visita hubiera sido muy oportuna cuando cayó el Muro de Berlín. Pero ahora que es de nuevo la prima donna de la progresía mundial, que Chávez, Gadafi y los teócratas iraníes le dan petróleo, las FARC narcodólares, Ibarretxe inversiones y los países menos recomendables del mundo, armas químicas, no tiene mucho sentido intentar convencerle con buenas palabras de la necesidad de respetar los principios que fundamentan una sociedad libre y próspera. El déspota caribeño sólo entiende el lenguaje de la fuerza.

Levantar ahora el embargo a Castro, como pretende Carter, no haría más que fortalecerle, a él y a su sucesor. Sería la forma más segura de perpetuar su régimen, dándole carta de respetabilidad internacional. Y ya es suficiente con una monarquía comunista hereditaria (Corea).

Mejor haría Carter en presionar a Castro para que acepte la convocatoria del referéndum popular convocado por la disidencia interna y avalado con las firmas de más de 10.000 valientes que se juegan la vida: libertad de expresión y asociación, amnistía para los presos políticos, mercado y elecciones libres. Es el paso previo e imprescindible para hablar del levantamiento del embargo, habida cuenta de que Castro no reconoce ni reconocerá jamás ninguna autoridad que no provenga de la presión, de la fuerza o de la violencia. Aunque en esto hay que reconocer que es coherente, puesto que la violencia y la coacción son las bases sobre las que se asienta su régimen.

En Internacional

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj Durcal