Las primeras reacciones entre los posibles receptores de la generosidad de Muhamar el Gaddaffi tiene que haber decepcionado al presidente libio, quien tal vez cree que a base de millones conseguirá comprar las almas de los capitalistas que pueblan las democracias de occidentales infieles.
La decepción le ha de venir del escepticismo con que las familias de las 270 víctimas del avión de Panamerican recibieron su oferta de dar a cada una de ellas hasta 10 millones de dólares en compensación por la pérdida de sus seres queridos. No es que los familiares no quieran el dinero libio, es que las condiciones y los plazos anunciados indican que el señor de Trípoli tiene pocas intenciones de desembolsar los 2.700 millones de dólares que le costarían las indemnizaciones.
Gaddafi tal vez cree que el dinero depositado y bloqueado en una cuenta servirá de señuelo a los familiares de las víctimas para presionar a sus gobiernos exigiéndoles que se plieguen a los deseos libios y cedan a la primera condición, que es levantar las sanciones contra su país para que desembolse el primero de los tres plazos.
La oferta de Gaddafi no permite esperar grandes compensaciones económicas, pero sí demuestra, no sólo su responsabilidad por la explosión del avión sobre Escocia en 1988, sino que aún trata de sacar dividendos del terror al tratar de extorsionar a las Naciones Unidas y a Washington para que lo quiten de la lista de países terroristas, la condición para la entrega del último plazo.

Los plazos del terror
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