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En pie de guerra

La reforma de gobierno anunciada por Bush esta madrugada no es sólo la reestructuración más profunda desde hace 55 años, sino la forma de preparar a los Estados Unidos para la nueva guerra declarada el pasado 11 de septiembre y que puede ser tan larga como la Guerra Fría.

Al dirigirse a los norteamericanos para plantear su propuesta, Bush trazó un paralelo con las reformas que Harry Truman llevó a cabo en 1947 para atender las necesidades de la Guerra Fría. Lo que el presidente pretende ahora es dotar al país de las herramientas para enfrentarse al nuevo enemigo sin cara ni patria que le plantea un desafío todavía más difícil que medio siglo atrás.

Aunque en principio el Congreso está de acuerdo en la creación del nuevo Departamento de Seguridad Interna, Bush sabe que se avecinan una multitud de batallas burocráticas por el traslado de competencias, que ahora están repartidas entre Tesoro, Comercio o Justicia, por mucho que los diferentes departamentos hayan negociado ya un acuerdo entre bastidores.

Todo se ha de complicar porque estamos en un año de elecciones parlamentarias y Bush apeló a la popularidad de que todavía goza entre los norteamericanos pidiéndoles que presionen a los congresistas para que aprueben rápidamente la reforma.

Es algo que le puede ser doblemente útil, tanto para acelerar los cambios que quiere poner en práctica antes de acabar este año como para ayudar a su partido en las elecciones de noviembre. Los demócratas tendrán la opción de oponerse a Bush y así correr el riesgo de criticar a un presidente popular, o de apoyarle y demostrar que están de acuerdo con su programa, lo cual favorecerá en general al partido del presidente y, por supuesto, a sus candidatos.

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