Menú

Moro alcanza a Andreotti

No he tenido que buscar mucho en mi biblioteca. Aunque la edición data de 1979. Es uno de los libros que suelo tener a mano siempre. En pocos se aprende tanto sobre el arte sinuoso del poder político. Y sobre su crueldad.

Lo escribió Leonardo Sciascia, sobre la marcha misma de los hechos. Los que transtornaron la realidad italiana y determinaron su futuro, en una medida infinitamente más profunda de cuanto quienes los vivieron podían pensar. Y eso que pocas cosas habían vivido los italianos tan trágicamente como esos hechos, desde la caída del fascismo.

Releo, en esa precisa crónica, los hechos. Caso Moro (el título del libro de Sciascia es ése, El caso Moro, sin más, cualquier enfatización sólo hubiera trivializado). 1978. 16 de marzo. Aldo Moro, Presidente del Consejo Nacional de la Democracia Cristiana, es secuestrado. Firman la acción las Brigadas Rojas. Esa misma tarde, Giulio Andreotti somete al Parlamento el nuevo Gobierno de la DC por él presidido. En la conmoción de los instantes que siguen al secuestro, los comunistas y las fracciones disidentes de la izquierda democratacristiana, que habían anunciado el día antes su intención de rechazar a Andreotti, optan por respaldar al nuevo ejecutivo.

Pasan días, semanas, meses. Andreotti, Zaccagnini y Cossiga anuncian su decisión de no aceptar negociación alguna para obtener la liberación del hombre que, entre otras cosas, estaba puliendo el pacto de Estado con el Partido Comunista Italiano. Desde su lugar de encierro, un Moro desgarrado empieza hacer llegar cartas que sus captores dosifican sabiamente. Llama en ellas a sus amigos, a sus casi hermanos de la DC, en especial a los todopoderosos Andreotti, Cossiga y Zaccagnini, a salvar su vida, negociando con los terroristas. Andreotti se mantiene inflexible. Las cartas de Moro toman un tono cada vez más amargo, más desolado, hacia los viejos camaradas en quienes su confianza se va manifiestamente quebrando. La que se recibe el 29 de marzo, aún guarda formas cordiales. Pero es inequívoca en su contraposición a la postura andreottista: “El sacrificio de los inocentes en nombre de un abstracto principio de legalidad, mientras un indiscutible estado de necesidad debería inducir a salvarlos, es inadmisible... Que Dios os ilumine para lo mejor evitando que os hundáis en el fango de un doloroso episodio”. Andreotti y los suyos permanecen inflexibles. Y la carta que se recibe en la redacción de La Repubblica el 4 de abril muestra a un Moro que ve a sus antiguos colegas dirigentes de la DC como enemigos: “Soy un prisionero político a quien vuestra brusca decisión de interrumpir cualquier diálogo... pone en una situación insostenible”. El 24 de abril, Moro está ya convencido de que Andreotti ha apostado por su muerte. Fija una condición para sus funerales: “Por una evidente incompatibilidad, pido que en mis funerales no tomen parte ni las autoridades del Estado ni miembros del partido. Pido que me sigan tan sólo aquellos pocos que verdaderamente me quisieron y, por ello, merecen acompañarme con sus oraciones y su amor”. El 27, la familia de Moro responsabiliza a la dirección de la DC del inminente asesinato que no mueve un dedo para detener. Entre el 27 y el 30 de abril, Aldo Moro redacta su carta testamentaria, dirigida a la que va a ser su viuda. En ella se halla la terrible descripción de su muerte como un “asesinato de Estado”. También la inequívoca carga de responsabilidades sobre los líderes demócrata-cristianos: “Mi sangre caerá sobre ellos”. 9 de mayo, el cadáver de Aldo Moro es encontrado en el maletero de un coche, aparcado a mitad de camino entre las sedes del PCE y la Democracia Cristiana en Roma.

Giulio Andreotti, que había sobrevivido a todo lo sobrevivible en política pensó quizá dejar también atrás aquello. Así pareció, a lo largo de dos décadas. Se equivocaba. No hubo pruebas. Nunca. Pero la voz de Moro pesó en la conciencia política italiana como una pesadilla. Andreotti estaba moralmente muerto. Estaba muerta moralmente la constitución italiana de posguerra. Uno y otra tendrían un largo recorrido de zombis por delante. Éste que ahora acaba.

En Internacional

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida