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Una pasta gansa por echar al klinker

Sábado, 18 de enero de 2003. 21,30 horas. Uno se sienta frente al sillón y enciende la tele. En las autonómicas echan el Barcelona-Valencia, partido que promete goles y espectáculo. Y, sí, hubo finalmente de las dos cosas, pero por parte de un solo equipo. Los de Rafa Benítez ganan en el Camp Nou (2-4) y la destitución de Louis van Gaal parece inevitable. Joan Gaspart no dice nada y el holandés aguanta. Ocho días después, el equipo azulgrana cae con estrépito en Vigo ante el Celta (2-0). Después del segundo gol de los celestes, los pocos aficionados barcelonistas que había en Balaídos vuelven a apuntar a Van Gaal, el hombre de la libreta en mano. No hay casta. Hasta Puyol, buque insignia del club catalán, tira la toalla. Riquelme, a quien un día antes del partido el técnico había responsabilizado en parte de la crisis, sigue en el banquillo. ¿Pero qué culpa tiene si no juega? El entrenador dice que con su presencia en el campo, tras la lesión de Luis Enrique, baja mucho el rendimiento del equipo. ¡Ah, claro! Ya sólo falta que se quede fuera de las convocatorias para que sea el malo de la película, hasta el responsable de la crisis argentina.

Si la pasada semana se apostó por la continuidad del holandés, mucho me temo que esta vez no habrá vuelta de hoja y Van Gaal tendrá que hacer las maletas. Pero, para colmo de los colmos, aún sigue siendo entrenador del Barcelona. Si el club azulgrana no le echa es por una de las cláusulas del contrato que le une a la entidad hasta el 30 de junio 2005. Y es que tendrá que indemnizarle con una cantidad cercana a los cuatro millones de euros (unos 665 millones de pesetas), según los cálculos del tesorero Salabert. Por eso Gaspart le mantiene de momento en el cargo, aunque también trata de llegar a una “solución amistosa” para que el técnico rebaje la cantidad. Esta vez don Louis parece que no tendrá la deferencia que hace dos años sí tuvo con el ex presidente José Luis Núñez -siempre se ha referido a él como un “caballero”- cuando presentó su dimisión y renunció a cobrar el finiquito.

El Episodio II del klinker (ladrillo en holandés) en el Barcelona ha vuelto a poner en evidencia a Gaspart, una simple marioneta al lado de Núñez. El ex presidente pudo haber cometido varios errores, pero lo del actual máximo mandatario azulgrana sobrepasa lo esperpéntico. Cuando en mayo del pasado año anunció la vuelta de Van Gaal al banquillo, a más de un socio se le debió de estremecer el corazón. Y más aún cuando a finales de agosto, Rivaldo, el jugador más carismático, terminó fichando por el Milán. Aunque la trayectoria en la Champions sea inmaculada, la de la Liga, que es la que cuenta, es como para decir “apaga y vámonos”. Si finalmente llega a esa “solución amistosa” con el holandés, Gaspart debe adelantar las elecciones y dejar que sea el soci quien democráticamente decida el futuro del club. Ahí estarán también Lluís Bassat e Iván Carrillo. De momento puede dejar su puesto al presidente-entrenador Dimitri Piterman, que hasta puede hacer de fotógrafo. Tal vez suene a esperpento, pero más tragicómica es la situación en la Ciudad Condal. Como aún sigue siendo técnico del Barcelona, cabe preguntarse: ¿se abrirá el telón y se irá Van Gaal haciendo mutis por el foro? Sería lo deseable.

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