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Una huída hacia adelante

La carrera de Hugo Chávez ha pegado un acelerón de última hora. A medida que el horizonte totalitario –como el espejismo del oasis– se aleja, el presidente venezolano se esfuerza todavía más en alcanzarlo, cerrando el círculo vicioso de su viaje hacia ninguna parte. En vertiginosa sucesión, la formación de una red de abastecimiento estatal –que pretende establecer una economía de racionamiento a la cubana–, la clausura del grifo del dólar a las empresas importadoras –exceptuando a las chavistas–, el terrorismo paramilitar, las órdenes de detención y enjuiciamiento de varios opositores y periodistas, el asesinato político, el romance islámico y la fractura colombiana, son sólo algunos de los botones de muestra. El disimulo ha cedido paso a la intimidación, y ésta al uso de la fuerza: ambas tienen patente de corso en la República del Bolivariano en Jefe.

Chávez ya habla alto y claro. Acaba de afirmar, a través de su canciller Roy Chaderton, que Venezuela no calificará de terrorista a la guerrilla marxista que opera en Colombia, mientras a propósito de la reciente donación de 10.000 toneladas de azúcar y 5.000 de granos que le hiciera el Gobierno de Fidel Castro (quien asevera, no se olvide, que el embargo económico estadounidense pretende rendir a Cuba por hambre) declaraba no creerse "ese cuento del neoliberalismo": "Ahora es que habrá revolución para rato", dijo, cargándolo a la cuenta del transformista de la barba ("Ahora sí vamos a construir el socialismo").

Lo que fuera trote "bolivariano" es ya estampida chavista. De un lado, el ambiente prebélico predominante a escala global –jalonado por las manifestaciones antibelicistas de las últimas semanas– favorece los espasmos de un gobernante que, adicionalmente, ha contado con la indolencia –cuando no la aquiescencia– de la comunidad internacional; hasta el llamado Grupo de Países Amigos, que se pensó contribuiría a desbrozar la maraña venezolana, enumera una y otra vez el centenar de ovejas de su permanente dubitación. Del otro, el paro opositor recientemente malogrado ha puesto en pie de guerra al Gobierno, que por añadidura reconoce en la violencia su única salida. Entretanto, las manecillas del reloj, imperturbables, siguen girando por la derecha, el cielo queda arriba y el mar abajo, se acerca agosto y con él la definición electoral. Las horas se conjuran contra Chávez. Va y lo mata un golpe de realidad.

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