Venían a Bagdad, eso dijeron, para hacer de su cuerpo “escudo humano” entre la ciudad serena y las bombas imperialistas. Algunos, ya en la ebriedad que épica y retórica exigen, gustaron darse nombre antañón y solemne: “brigadistas”; “internacionalistas”, otros. Y una resaca de ranciedad desazonaba por debajo de los poco creíbles puños en alto, de las nada creíbles proclamas de libertad y futuro, de las locas –de las locas— profesiones de fe revolucionaria.
(La semana pasada, uno de esos locutores tan de izquierdas y tan antiimperialistas entrevistaba, para una televisión francesa, a un viejo escritor iraquí exiliado, desde hace más de un cuarto de siglo, en Bélgica:
–Usted que es comunista...
–Fui comunista... Ahora sé demasiadas cosas que entonces no sabía. Fui. Yo logré escapar de Irak. Los demás fueron asesinados por Sadam. Todos.
–Pero usted estará horrorizado por la invasión imperialista angloamericana de su país.
–Yo sólo espero que triunfen. Y liberen a mi país de Sadam. Pronto.
–Pero, eso es como esperar que les libere el diablo.
–¿El diablo? Sí, mire usted. Entre el diablo y Sadam, yo no tengo duda: el diablo).
Vinieron, los humanitarios. Desde cómodos países, donde vivir como uno juzgue conveniente es fácil; donde pensar como a uno se le antoje no acarrea la muerte en la tortura; donde escribir no es delito; donde ser mujer no amputa derechos ciudadanos. Vinieron, retórica de progreso y de cultura en sus discursos, a ser escudos humanos, brigadistas, lo que fuera, para salvar al exterminador de rojos, progresistas, laicos, desobedientes o anómalos de cualquier calibre. Vinieron. Y el exterminador de kurdos, comunistas, chiíes, el profesional de la tortura que fue ascendiendo paso a paso en un partido fundacionalmente hitleriano llamado Baaz hasta la condición de Jefe Único, los acogió como a héroes nacionales. Fueron felices, supongo. No vieron armas químicas, por supuesto. Tampoco vieron cárceles, ni calabozos de tortura. Por supuesto. Las decenas de miles de cadáveres acumulados por su amable anfitrión, era imposible verlas: algunos –sólo algunos– de esos cuerpos mutilados aparecieron, hace cuatro días, en desasosegantes catacumbas bajo el aeropuerto de Bagdad.
Se marcharon. Los escudos. Antes de que las bombas que venían a parar cayesen. Fueron héroes a muy bajo precio. Fueron felices, supongo: cada cual es feliz como bien puede. Contaron, a la vuelta, conmovedoras historias sobre la paz y dignidad antiimperialistas de aquellos ciudadanos codeados unos días bajo estricta supervisión de la policía política más rígida del planeta. Y no pienso que mientan cuando cuentan eso: cualquiera que haya vivido en una dictadura sabe lo difícil que es distinguir, en el silencio y con un policía al lado, la dignidad del miedo. Se marcharon. Los escudos. Fueron héroes progresistas del más monstruosamente reaccionario de los regímenes políticos. Fue exaltador. Y gratis.
Luego vinieron otros. No brigadistas ni escudos; periodistas, sólo. Sin grandes ideales. Sólo con cámaras y ordenadores. Y unos ojos muy abiertos para contar la verdad, para intentarlo, tras la apariencia dulce que precisan transmitir todas las dictaduras. Y ellos no se marcharon. No eran héroes. Sólo hacían su trabajo. Los épicos brigadistas los juzgarán –estoy seguro– vergonzosos mercenarios a sueldo de la gran prensa capitalista y reaccionaria. Pero ya diez de ellos no retornarán nunca. Al final sólo mueren los que están trabajando.

Los que (de verdad) mueren
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