La última andanada de Rodríguez Ibarra contra Cristina Alberdi es de las que animan a tomar nota sobre lo que piensan algunos líderes del PSOE, y lo dicen, y sobre lo que no dicen muchos de sus compañeros –y compañeras– socialistas que, ante las declaraciones de sentido común de la ex-ministra del gobierno de Felipe González, hacen como si no oyeran lo que le está cayendo. Es verdad que a Cristina no le hace falta que la defiendan o se solidaricen con ella. Lleva treinta años como abogada y política y sabe cómo hacer valer su opinión, pero es de pésimo gusto que, ante los improperios que le ha lanzado Jesús Caldera, la calificación de “pelota” que le ha dirigido Carmen Chacón o la salida de tono del presidente de la Junta de Extremadura que, nada menos que la tilda de chica bien que ve una vez al año a los pobres y que, en cuanto puede, corre a la calle Serrano porque “no es de los nuestros”, no haya nadie de los que antaño compartieron tareas de gobierno, amistad o militancia que abra la boca.
En el libro “El poder es cosa de hombres”, publicado hace año y medio por Alberdi con edición de Lucía Méndez, Cristina ya nos dejaba entrever las guerras que se libraban en la Federación Socialista Madrileña. Después del “affaire” Simancas-Tamayo, toda Espa-ña ha podido percibir desde la distancia, corregido y aumentado el diagnóstico de Alber-di, lo que anida en el PSOE, incluida la alianza con un líder de Izquierda Unida, Luis Suárez, que no es precisamente un “paria de la tierra”. Sin embargo, Rodríguez Ibarra y Caldera piensan que un rico de IU, si canta la Internacional, tiene más pedigrí democráti-co y más libertad de expresión que una compañera de militancia.
No es casual que, antes de que decidan sobre su expulsión de las filas del partido, como si de una “Sáez” se tratara, ella adelantara que recurriría al Constitucional, porque no ha trascendido que ninguno de sus colegas y amigos, si le quedan dentro de los socialistas, hayan abierto la boca, siquiera para decir que tiene derecho a expresarse dentro y fuera del partido. Tan sólo unas tímidas palabras de reproche tibio de Matilde Fernández, por cierto, guerrista.
Rodríguez Zapatero, con este asunto, tiene una buena peladilla que roer. Es seguro que, en estos momentos, envidia ese espíritu de unanimidad del Partido Popular que tanto cri-tica, pero le va a ser muy difícil defender la expulsión que tanto ha cacareado Caldera. Si empiezan con expulsiones , tendrá que acabar con José Bono, que se lleva muy bien con Zaplana y Gallardón y, encima, es católico.
Como el espíritu sectario y el temor a perder prebendas y escaños en los parlamentos au-tonómicos y nacional se instale definitivamente en el PSOE y quede a la vista de los es-pañoles, el Secretario General y su corte va a sufrir un desgaste tremendo. Aunque Cristi-na Alberdi no tenga quien la defienda, salvo ella misma.

Las defensas de Cristina
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