Aunque creía que estaba curado de espanto y que sabía lo que podíamos esperar de quien no distingue entre personas decentes y vulgares bandidos, me causó una profunda tristeza que Zapatero, Bono y la Junta de Jefes de Estado Mayor invitaran a desfilar en Madrid al ejército en que se sustenta la tiranía castrista. Como en otras ocasiones, quise responder con la burla y el desprecio a semejante humillación, pero por más que lo intento no soy capaz de comentar con humor lo que es una nueva y mayúscula ofensa de quien tiene hoy la responsabilidad de velar por la dignidad de los españoles.
Me equivoqué cuando pensé que no me sorprendería nada de lo que hiciera nuestro Gobierno después de que Martha Beatriz Roque y Carlos Payá oyeran de boca de Carlos Alonso Zaldívar que prefería que no volvieran a celebrar el día de España en su residencia. Y es que tienen razón los que aseguran que casi siempre empeora lo que puede empeorar. El Gobierno español no sólo renunció a honrar a los activistas de los derechos humanos que pacíficamente se enfrentan a la brutalidad de una policía que dirige uno de los tres ejércitos más sanguinarios que existen en el mundo, un año después invita a sus carceleros a pasearse por la capital de España.
Así honra ZP la memoria de los miles de españoles –entre ellos mi padre– que murieron no mucho después de que Castro les robara todo lo que era suyo y ahora es de la familia y de los más destacados cómplices de su verdugo. A pesar de que el Monstruo de Birán ya ha advertido de que no permitirá que sus esclavos desfilen en Madrid, la decisión de invitarles permanecerá para siempre entre los mayores ultrajes que cualquier persona honrada podría imaginar. No sólo nos mal gobiernan individuos a los que les resulta indiferente el sufrimiento ajeno, su política es propia de locos peligrosos capaces de pedir a los madrileños que aplaudan a los esbirros de un asesino que destruyó la vida de cientos de miles de sus compatriotas.
Aunque lo intentarán, no podrán justificarse en que invitaron a una representación de todos los ejércitos de los países que asistirán al engendro de Salamanca. De sobra sabían que entre esos militares estaban los oficiales que en Cuba fusilan, torturan y roban desde hace más de 46 años. Si Castro no acepta la invitación es porque para él resultaría ridículo hacer desfilar sólo a algunos de sus generales, los únicos en los que puede confiar después de que su hermano –para heredarle– los colocara al frente de gran parte de las empresas de capital extranjero; lógicamente, y como suponemos que harán los otros países, tendrían que ser soldados rasos los cubanos que desfilarían en Madrid –siempre miembros del heroico pueblo revolucionario– pero eso entrañaría un grave peligro para Esteban Dido, y como tonto no es, no quiso exponerse a que desertaran y se escondieran en los lavabos del Gijón poco antes de pedir asilo en España.
