Menú

La muerte de un niño

Un niño cubano de seis años murió cuando intentaba alcanzar las costas de la “potencia enemiga” pocas horas antes de que la tiranía castrista pudiera presumir de la “importante victoria política y diplomática”

Un niño cubano de seis años murió cuando intentaba alcanzar las costas de la “potencia enemiga” pocas horas antes de que la tiranía castrista pudiera presumir de la “importante victoria política y diplomática” que había cosechado en el gran circo iberoamericano que se instaló este fin de semana en Salamanca. Que a mí me conste –salvo Dieter Brandau en la Cadena COPE– nadie más recordó en España la muerte de la última víctima de la barbarie comunista. Tanto políticos como periodistas estaban muy ocupados aplaudiendo a la cuadrilla de Castro que paseaba satisfecha las dos orejas y el rabo que sin tan siquiera torear había cortado su maestro.
 
La muerte del niño hizo que se convirtiera en amargura la alegría que sentí cuando se confirmó que su verdugo no mancillaría las calles de Salamanca. Todo lo que sucedió después –más de lo mismo– me importó muy poco. Nada esperaba de unos sujetos que, año tras año, no sólo desprecian el sufrimiento ajeno, insisten en mentir desde una desfachatez que raya en el ridículo. A todos los que condenaron el bloqueo que nunca existió les consta que es en Estados Unidos y pagándolos al contado donde más alimentos compra la mafia castrista. Por constarles les consta lo que Castro aseguró a Aznar, y es que necesitaba mantener la patraña del embargo por dos generaciones más. Pero poco les importó. A los acomplejados y pequeños de espíritu les sirve cualquier pretexto para intentar demostrar que no siguen los dictados del poderoso.
 
También y, en un principio -más tarde rectificaron- los señores que se reunieron en Salamanca pidieron la extradición de Luis Posada Carriles. Probablemente, el cubano detenido en Estados Unidos sea un terrorista. Por tanto, a todos nos interesa que sea juzgado por un tribunal justo en un país democrático; no en la Venezuela del golpista Chávez, compadre y financiero del peor de los terroristas vivos. En cualquier caso, a los que pidieron su extradición les importa un bledo que se demuestren o no los crímenes de Posada Carriles, lo único que pretendieron es intentar demostrar su independencia ante un país que envidian y en el que sueñan con vivir casi todos los que les votan.
 
Poco después de que finalizara la patraña de Salamanca, Zapatero se quejó de que se hablara tanto de Estados Unidos. Ya le vale. No sé qué sería de él sin la guerra de Irak, sin Bush y sin el 11-M. Y aunque es cierto que no conoce personalmente a Castro, no puede negar que le cuida con mimo y a distancia. Lo suyo es un amor platónico Sólo así se entiende que su embajador en La Habana -obedeciendo al tirano y a su señorito- no recibiera el 12 de octubre a la disidencia cubana.
 
Por suerte para todos ya terminó el invento que año tras año convoca a la mayor de las estafas. A ver si ahora y con un poco de suerte, dejamos de caer en la estupidez de preguntarnos por qué no nos visitó un asesino en serie, y preguntamos por quiénes, por orden de quién y con qué asesinaron a 192 inocentes el once de marzo de 2004. En lugar de sentirse defraudados por él último éxito de su verdugo, les aconsejo a los exiliados cubanos que lean todo lo que intenta desentrañar Luis del Pino en Libertad Digital . Les ayudará a entender mucho de lo que ahora ocurre. Las víctimas de Castro no deben cabrearse más de la cuenta por los acuerdos de Salamanca. Las personas decentes saben de su sufrimiento y de su lucha. Entre ellas, Federico Jiménez Losantos, que escribió un magnífico artículo antes de que comenzara la penúltima patraña. Leer a Federico me sirvió para que no me hiciera mucho daño todo lo que se gestó horas más tarde. Ya les digo. Más de lo mismo. Los mismos embustes mil veces repetidos.

En Internacional

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj