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José Antonio Martínez-Abarca

Cuatro gatos laicistas

El mismo tío tiene carné del partido, del sindicato, de la asamblea fumeta, de su escalera de vecinos, del mercadillo de comercio justo, de la tetería progre o de la indignación homologada, pero es el mismo tío.

Lo que la izquierda llama "la calle" la forman unos cuantos cientos de tíos en el total del mapa autonómico, que son los mismos siempre pero que pasan muchas veces por el mismo sitio, como en julio del 36 el general sublevado Queipo de Llano hizo circular unos cuantos camiones de soldados por las mismas calles de Sevilla para simular que su cantidad de tropas era abrumadora. Con la próxima visita del Papa a España se han movilizado varios miles, si no cientos de miles, de asociaciones, sindicatos, sopas de siglas más o menos extraparlamentarias, mesas, plataformas y tiendas de campaña para que parezca que hay una "contestación" significativa al Papa. Pero son los mismos perroflautas vestimentarios o morales, esos "doscientos que no pueden poner patas arriba una ciudad" que ha contado Rubalcaba, que como no tienen otra cosa que hacer abultan mucho más porque están en todas partes, todo el tiempo. Su número e influencia reales se ve cuando, juntándose todos los que hay en el país en el mismo taxi, se presentan a unas elecciones de verdad, no ya a unas asambleas populares de barrio, y entonces se ve que los podríamos llamar a todos por su nombre de pila pasando lista, y acabaríamos en treinta segundos, sobrándonos veintinueve.

Si pusiéramos en medio de "la calle", de un "manifestódromo", una cámara fotográfica como esas que se utilizan para ver los cambios apenas perceptibles al ojo humano que se producen a través de los días e incluso meses en un paisaje, veríamos que se sucederían las estaciones del año, los edificios caerían y crecerían, todo mutaría ante los ojos salvo esa especie de foto fija que son las manifestaciones de la izquierda, donde están eternamente las mismas caras, que se repiten tantas veces que parece que no se mueven de ahí, emboscadas bajo diversas denominaciones, marcas registradas y razones sociales, pero que no engañan a nadie. Contra el Papa van a estar los que preguntan que de qué se habla aquí que estoy que me reivindico encima. Hoy nos disfrazamos de airados por los recortes sociales, mañana de campistas de la indignación acostada y pasado mañana de laicistas contra Benedicto. Y todo el tiempo de poco amantes del trabajo y el orden.

Sólo hay una cosa más abultada que la cartera de un multimillonario, tupida hasta el gollete de tarjetas de crédito: la cartera de un representante de "la calle", mechada de carnés de todo eso que llaman "representación social". El mismo tío tiene carné del partido, del sindicato, de la asamblea fumeta, de su escalera de vecinos, del mercadillo de comercio justo, de la tetería progre o de la indignación homologada, pero es el mismo tío. Son los cuatro gatos contados y tres durmiendo la siesta que ya nos suenan de tanta cobertura como les han dado los medios, aquellos cuya cara (suficientemente dura) ya hemos visto pasar, dando una y otra vez la vuelta a la manzana como las tropas de Queipo, por docena y media de telediarios, tres o cuatro "informes semanales" y un par de "colas" de noticias del extranjero. Las "divisiones" del Papa están claras en España. Un millón o dos de fieles cada vez que carraspea. Las de los "alternativos" también están clarísimas, si uno se fija un poco: cumplen estrictamente esa queja que se escucha en sus manifas: "luego diréis que somos cinco o seis". ¿Cinco o seis, vamos a decir? Muchos me parecen.

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