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Cristina Losada

¿Y qué tiene de malo ser conservador?

Si también los conservadores quieren jugar a ser rebeldes porque-el-mundo-me-hizo-así, ¿qué nos queda?

Uno de los grandes triunfos de la izquierda española, y uno al que las izquierdas de otros países también aspiran, ha consistido en poner a la derecha a la defensiva en cuanto a su ser: en cuanto a ser derecha. Esa posición de presunto culpable la asumió de tal modo que siempre ha trabajado el camuflaje. De ahí su singular huida de la definición: no somos de derechas, aunque tampoco de izquierdas; si hay que marcar una casilla, la del centro y sin adjetivos; cuanta menos definición, mejor, que las definiciones las carga el diablo y quitan votos. A juzgar por las apariencias, en España se daría la rareza, en una democracia parlamentaria, de que no hubiera derecha, y ello al punto de que en los sondeos al respecto no se declara de derechas ni el gato. Bueno, sí, la cantante Russian Red, y menuda le cayó por eso.

Tal escaqueo, que suele atribuirse al afán por tomar distancia de la dictadura franquista desde el minuto siguiente a su desaparición –desaparición que fue posible, en lo fundamental, por la acción de la propia derecha–, ha tenido efectos desorientadores. Es común el caso de dirigentes del principal partido de derechas que huyen de esa etiqueta como de la peste. Ahora tenemos otro: tampoco el conservadurismo es bueno; ¡quia!, es de lo peorcito. A ese sumarísimo juicio nos lleva el presidente del PP de Guipúzcoa, Borja Sémper, quien para atacar a Sortu, otro brote de ETA-Batasuna, dijo que era la formación "más carca y vieja del País Vasco", y "la más conservadora en el sentido más peyorativo de la expresión". Poco le faltó, quizá tildarlos de reaccionarios, para completar la artillería que la izquierda emplea contra su partido.

Admito que los políticos en ejercicio no tengan conocimiento de las ideas políticas, y hasta puede que ese conocimiento sea incompatible con dedicarse a la política. Pero antes que la famosa batalla de las ideas está la batalla por devolver a las palabras su auténtico significado, y más en el País Vasco, donde el terrorismo no ha cesado de pervertir el lenguaje. En línea similar a lo de Sémper, les dio a muchos, como al lehendakari López, por llamar a ETA fascista, y aunque es causa perdida, pues fascista ya no es más que un insulto, convendrá recordar que la banda y sus testaferros ni son fascistas ni tampoco conservadores, ¡ay, si Cánovas levantara la cabeza!, sino que son, como es notorio, revolucionarios de izquierdas. Que cada palo aguante su vela. Y sus crímenes.

Me preocupa que en el principal partido conservador que tenemos en España se reniegue del conservadurismo. Si también los conservadores quieren jugar a ser rebeldes porque-el-mundo-me-hizo-así, ¿qué nos queda? La predisposición conservadora, por decirlo como Oakeshott, es un espíritu escéptico muy necesario en política. Es una tradición que hay que preservar; empezando, naturalmente, por su nombre.

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