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Xavier Reyes Matheus

Política hispanoamericana y separatismo catalán

El legado de España en Hispanoamérica, como quiera que se juzgue, está inevitablemente consubstanciado con el de todas sus regiones, incluida Cataluña.

La semana pasada, Roger Albinyana y Albert Royo, responsables máximos de la acción exterior del Gobierno de Artur Mas, se presentaron ante la Comisión de Asuntos Internacionales del Parlamento de Uruguay para explicar el sesgo soberanista que la Generalitat quiere imprimir a la cita electoral del 27-S. El enlace que hizo posible tal desembarco fue el diputado Jorge Meroni, vicepresidente de la Comisión y perteneciente al oficialista Movimiento de Participación Popular (MPP). Tras declarar a los medios uruguayos que "este referéndum va a ser una demostración de cuál es la voluntad del pueblo catalán en cuanto a la independencia", Meroni resumió los resultados de la sesión afirmando:

Seguiremos con atención este proceso, pero creemos fervientemente en la autodeterminación de los pueblos, y eso es algo en lo que ni Uruguay ni sus diputados ni el Gobierno uruguayo pueden tener injerencia.

Salta a la vista que, entre todos los países iberoamericanos, Uruguay tiene características que lo hacen especialmente idóneo para vender el proyecto de una república catalana. Con una población que es casi la mitad de la que habita la comunidad autónoma gobernada por Mas, la antigua Banda Oriental, que formó parte del virreinato del Río de la Plata, es un oasis de civismo y de calidad de vida en medio de la azarosa Sudamérica. Frente a la izquierda caótica y agresiva del socialismo del siglo XXI, cuyo discurso primitivista y reivindicador de los pueblos originarios conecta sin disimulos con el separatismo abertzale, el socialismo sui géneris iluminado por la figura ascética y paternal de José Mujica luce un aura humanista mucho mejor avenida con la personalidad catalana, mientras que, siendo Uruguay un país de gente mayoritariamente blanca, no desdice de la cultura occidental en la que afirma Cataluña su propia identidad.

Todo ello al menos en principio, porque si atendemos al perfil de Jorge Meroni advertimos que ha sido una de las voces más discrepantes frente a la distancia que ha tomado la diplomacia de su país con el régimen de Nicolás Maduro. En abril, el diputado rechazó con vehemencia las declaraciones en las que el recién estrenado canciller Rodolfo Nin Novoa comparaba la represión que hoy sufren los opositores venezolanos con la ejercida en su día por la dictadura militar uruguaya, pues, según afirmó Meroni, el descontento social en Venezuela "es muchas veces inducido por sectores de la derecha". Por otra parte, la causa secesionista de Cataluña se suma ahora, en el entusiasmo del diputado, a la de Corea del Norte, de la que Meroni recibía en junio una delegación con la que se mostraba orgullosamente en Twitter, a la vez que abogaba por el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Montevideo y el Gobierno de Kim Jong Un.

Hay que reconocer, sin embargo, que en Hispanoamérica no es necesario topar con la izquierda de signo revolucionario y antiimperialista para descubrir una corriente de opinión hostil a la obra de la civilización española. Todo el sentido nacional de las repúblicas creadas en aquella parte del mundo a partir de 1810 se edificó sobre los tópicos de la leyenda negra, y si por algo pueden los hispanoamericanos minusvalorar hoy la independencia de Cataluña es por venir planteada como una simple sucesión de estratagemas burocráticas e interpretaciones sofísticas de la ley, sin que haya en tal esfuerzo nada de la gloria épica que puebla de batallas y de mártires la memoria histórica de los países del Nuevo Mundo. No parece probable que Artur Mas entusiasme a nadie allende los mares como para que se le proclame sucesor de Bolívar, de San Martín o de Artigas; pero es evidente que apelar a "la opresión por parte de España" es hablar en los mismos términos en los que allá se han escrito todos los manuales de las historias patrias.

Ahora bien: si hubo algo de España que fue plenamente naturalizado en el esfuerzo por forjar las culturas nacionales de Hispanoamérica, ello no es otra cosa que la lengua. Aunque hoy en día parece ya caduco el viejo ideal de la Hispanidad, abandonado al fin por las excolonias por rechazo a su aliento neoimperial, fue en virtud de la comunidad lingüística que la otrora Madre Patria se transformó en nación hermana para recomponer un espacio de identidades compartidas. Y fue durante este proceso cuando la literatura dio a Hispanoamérica un protagonismo en la vida del idioma que hoy, aunque sin un Darío ni un García Márquez, la gente allí sigue reivindicando, siquiera por su peso demográfico: alrededor del 90% de los hablantes están del lado americano. En términos numéricos, al despreciarse el español, como hace la política lingüística de la Generalitat, se vuelve la espalda en mucho mayor medida a la cultura hispanoamericana que a la de España.

Pero, junto a eso, los aliados hispanoamericanos de Mas tendrían que hacer una pirueta digna de los historiadores que hoy asesoran la intentona separatista para desmarcar a Cataluña y a los catalanes de la política colonial española. Ningún país mejor que Cuba, el paladín del antiimperialismo contemporáneo en América Latina, para dar constancia del importante papel que representaron los catalanes en cuestiones como el tráfico de esclavos y la participación en la sacarocracia que dominó la vida de la isla en sus últimas décadas de sujeción a España. Aunque en el trabajo titulado Cuba i el catalanisme: entre l'autonomia i la independència Lluís Costa muestra que los planteamientos del autonomismo cubano han podido servir de inspiración a los catalanistas, el profesor de la Universidad de Gerona no puede sino suscribir afirmaciones como la del historiador habanero Ernesto Chávez Álvarez al explicar que los catalanes que marchaban a Cuba actuaban "con un marcado sentimiento españolizante e integracionista después, más orientado hacia el sentido clasista que propiamente étnico; porque entre ellos actuaría con más fuerza el factor clase que el factor étnico". Y hasta tal punto estaba identificado el poder económico colonial en Cuba con los catalanes que se recuerda aquella cuarteta:

En el fondo del barranco
canta un negro con afán:
"Dios mío, quién fuera blanco
aunque fuera catalán".

El legado de España en Hispanoamérica, como quiera que se juzgue, está inevitablemente consubstanciado con el de todas sus regiones, incluida Cataluña. En los llanos de mi Venezuela natal, por ejemplo, no hay pájaro más representativo que el turdus nudigensis, al que se llama con una palabra que, según el filólogo Julio Calcaño, es "puro catalanismo": paraulata, de paraula ("palabra"), probablemente por la expresividad de su canto. Y, evocada el ave en canciones, versos y coplas tradicionales, su nombre no resulta extranjero ni exótico a lo que todo venezolano reconoce como su lengua vernácula y nacional: el español.

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