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Óscar Elía

Una catástrofe llamada UPN

Llevan varios días mis amigos navarros tratando de explicarme lo que está ocurriendo en UPN.

Llevan varios días mis amigos navarros tratando de explicarme lo que está ocurriendo en UPN.
Javier Esparza, presidente de UPN. | UPN

Llevan varios días mis amigos navarros tratando de explicarme lo que está ocurriendo en Navarra con Unión del Pueblo Navarro: relatan las tristes divisiones y banderías internas, las apasionadas luchas de poder, la desorientación de las bases y los votantes. Lo novedoso no es la situación, sino que haya trascendido a la opinión pública nacional a raíz del grotesco incidente registrado en la votación de la Ley de Reforma Laboral, gracias a la cual Sánchez se ha asegurado unos meses más de tranquilidad en la Moncloa.

Esta crisis apunta a un triple problema, de ideas, de estrategia y de liderazgo. Respecto a lo primero, si suele decirse que el PP tiene un problema con las ideas, qué decir de lo que sucede en UPN: se cumple así la ley que dice que un problema español se reproduce en Navarra con más intensidad. El proyecto foral y español de UPN ha tenido desde el principio una tentación: la peneuvizacion. Tentación que presenta a su vez dos características: 1) la busca de un punto intermedio entre el anexionismo y el constitucionalismo, entre Euskal Herria y España, lo que resulta en una suerte de nacionalismo navarro egocéntrico y particularista; 2) la tendencia al oportunismo, a fin de arrancar a los Gobiernos nacionales de todo signo y condición prebendas que satisfagan los intereses meramente locales.

Esta tentación tiende a llevar el nombre de navarrismo, que en el fondo no es más que un tipo de nacionalismo más, ajeno por completo a la tradición y la historia real de Navarra, en la que lo foral y lo español han ido de la mano de manera natural durante tanto tiempo. Y para colmo es contraria a la propia naturaleza de UPN, que siempre ha entendido que la estabilidad institucional española es buena para Navarra y viceversa.

A la desorientación ideológica sigue la estratégica. Quizá lo peor es la creencia de que el socialismo navarro volverá a la defensa de la alternancia pacífica que caracterizó un día la política foral. El error de análisis es de bulto y tiene por eje un socialismo ideal, porque los socialistas reales no tienen el más mínimo interés en llegar a ningún tipo de pacto con UPN: de ahí los desaires y chantajes de un PSN que está más cómodo con Bildu y con Geroa Bai que con los regionalistas.

No entender esto lleva a UPN a dos errores: 1) busca continuamente un acuerdo imposible y casi mitológico, lo que le deja a merced de los caprichos ideológicos de los socialistas navarros o del propio Sánchez; 2) no presenta alternativas en las grandes cuestiones sociales, culturales o económicas. La demencial situación que se vive en el Ayuntamiento de Pamplona, con UPN confundiendo un chantaje con una negociación, deja bien a las claras la esquizofrenia estratégica a la que puede conducir una mala lectura de la realidad.

La desorientación ideológica y la incapacidad estratégica remiten a una crisis de liderazgo. Los líderes no son más que la expresión de un partido, y cuando éste no sabe lo que quiere –y no sólo lo que no quiere– sus dirigentes acaban dando tumbos, dedicando más tiempo a mantener el partido unido o la dirección bajo control que a ofrecer a la sociedad proyectos sólidos y ganadores.

Cierto, todo partido político pasa a lo largo de su vida por momentos de crisis: la clave está en que sea capaz de recomponerse lo antes posible. Por eso lo más grave de esta crisis es que se ha vuelto endémica y estructural: se remonta por lo menos una década o década y media, sin que UPN sea capaz de reunir fuerzas, rearmarse ideológicamente y ofrecer a sus votantes un proyecto sólido y coherente. No sólo no parece haber en UPN intención de abordar el problema: la misma negación del mismo es probablemente el principal problema y convierte a la formación regionalista en un enfermo crónico con un lúgubre porvenir.

La renovación de UPN pasa necesariamente por una correcta lectura de la situación. El Viejo Reyno anda a merced de fuerzas anticonstitucionales y antiforales. A lo que hay que añadir el intento de cambio de régimen llevado a cabo desde Madrid por ese grupo heterogéneo que va desde el Partido Socialista hasta Bildu, pasando por ERC, Podemos y el PNV. Apoyado además por grandes medios de comunicación nacionales y parte del establishment madrileño. Todos ellos sin excepción son partidarios de reabrir la cuestión navarra y su acercamiento al País Vasco.

Así las cosas, actuar como si Navarra viviese en una situación de normalidad y no al borde del abismo institucional resulta suicida. Esta quizá sea la clave: UPN nació en 1979 como reacción y defensa ante la voracidad del anexionismo vasco –que encabezaba militarmente ETA y económicamente el PNV–, ante la posibilidad muy real de su triunfo. Nadie en UPN parecía engañarse entonces: el enemigo era poderoso y estaba dispuesto a llegar hasta el final utilizando métodos democráticos, parademocráticos y antidemocráticos.

UPN nació además como una reacción ante las fuerzas políticas que en Madrid habían olvidado el desafío existencial que para Navarra y para España planteaba e nacionalismo. Fuese cierta o no, la realidad es que UPN fue una respuesta a la actitud débil de UCD frente a las pretensiones del anexionismo vasco: el poder nacional podía traicionar a la Nación mediante el sacrificio de Navarra. UPN aparecía como advertencia permanente para aquellos partidos o Gobiernos de Madrid que olvidaban que sin un proyecto real en Navarra no habría proyecto real en España. Un Gobierno felón siempre tendría enfrente a UPN.

Los dos primeros puntos nos llevan al tercero, quizá el más importante y el de mayor relevancia hoy en día. Los fundadores de Unión del Pueblo Navarro no se engañaban acerca de las dificultades de un proyecto nacido en una época enormemente sombría y desesperanzadora. Si se me permite parafrasear a Churchill, sólo podían ofrecer sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas: y lo primero además en sentido literal. Desde entonces han pasado varias décadas, muchos Gobiernos y demasiados cargos en la Administración, el partido y los ayuntamientos. UPN –a imagen y semejanza del PP– se encuentra corroído por uno de los grandes males de los partidos: el peso de los cargos, las pagas, los sueldos, los intereses personales. La misma actitud, digamos espiritual, del partido trasluce esta sensación de incapacidad para la lucha, el esfuerzo, el sufrimiento y por tanto el heroísmo. Y en un momento, y esta es la clave, en el que se ha reabierto la cuestión constitucional con toda su crudeza, y con ella la de Navarra: el poder estatal y el nacionalista van de la mano como no llegaron a estarlo nunca en aquellos tiempos. Un solo vistazo lúcido a lo siniestro de la situación para España y para Navarra muestra la necesidad de volver a abrir el tiempo de la resistencia, de la lucha y del esfuerzo. Pero UPN parece haber seguido, como gran parte de la sociedad navarra, el camino de la autocomplacencia y la aceptación del declive.

Ciertamente, UPN aparece hoy como un partido en estado catastrófico: dividido, débil, desorientado. Pero también es verdad que fue en la lucha contra la catástrofe donde nació y se desarrolló, hace más de cuarenta años. Si hay un partido en España capaz de afrontar una refundación y evitar lo inevitable, es éste.

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