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Zoé Valdés

La cucaracha, la cucaracha, ya nos puede amamantar…

El castrismo es eso: una larga cadena de mentiras y promesas incumplidas, como lo ha sido invariablemente el comunismo.

El castrismo es eso: una larga cadena de mentiras y promesas incumplidas, como lo ha sido invariablemente el comunismo.
Una cucaracha, fuente de leche para el régimen de los Castro. | Pixabay/CC/PublicDomainPictures

Supongo que sabrán que, por fin, ya el régimen de los Castro/Díaz-Canel halló la solución para ofrecer el vaso de leche diario tan prometido a los niños cubanos.

Desde hace más de medio siglo, a los niños cubanos les privaron de la leche a partir de los 7 años, luego se la quitaron de un tajo, y de forma absoluta; hasta que en un discurso de hace unos diez años Castro II prometió que devolvería el vaso de leche matutino –aunque nada más, olvídense del cacho de pan adicional– a los destetados por el régimen… De la promesa al hecho hubo un gran trecho, y un habitual incumplimiento como los que se hicieron con todas las promesas de su hermano Castro I durante su más de medio siglo de mandato tiránico. El castrismo es eso: una larga cadena de mentiras y promesas incumplidas, como lo ha sido invariablemente el comunismo.

El hecho reciente es que, al parecer, el régimen ha hallado la manera de, tal como prometieron con la claria, "la limonada es la base de todo" –un clásico de Miguel Díaz-Canel–, la carne de avestruz, y otras morbosidades por el estilo, de que los cubanos se alimenten con la leche de las cucarachas que, según ellos, y una catalana loca que anda por ahí, es la leche más sana del planeta, pero que, desde luego, ellos no se la beberán ni de juego. Para ellos, la leche de vaca; para el pueblo la de cucaracha. Vean el anuncio en vídeo de "los beneficios de la leche de cucaracha":

Lo de la cucaracha en la alimentación del cubano no es nada nuevo. Recuerdo que cursaba yo la Secundaria Básica y, debido a que el régimen había cerrado los comedores escolares de manera definitiva, decidí ir a la pizzería donde trabajaba mi madre de camarera, cuyo nombre original era Pizzería Europa, pero la gente la había rebautizado como El Palacio de las Moscas, por la afluencia de nubes de moscas que a la hora del almuerzo y la cena se posaban en cualquier parte, sobre todo en los platos y la comida de los comensales –aparece en mi novela La nada cotidiana–. Mi madre me trajo la pizza, que ella pagó "por si las moscas" –nunca mejor dicho–, y la vi venir desde la cocina espantando las moscas con el mugriento trapo de limpiar la cancha. Fui a encajarle el tenedor y el cuchillo con un hambre prehistórica a aquella pizza que más tarde recrearon en diversas variantes en Miami por nostalgia, ya saben, nostalgia del comunismo –sólo los cubanos–, y mi madre detuvo mis manos de un grito ensordecedor al observar algunas alas de cucarachas achicharradas incrustadas en el queso, y varias cucarachas también ennegrecidas que formaban parte de la masa. Mami iba a retirar la pizza para buscar otra, y un anciano que esperaba desde hacía horas en la cola, le espetó: "Ay, compañera, por su vida, véndamela a mí, que me estoy muriendo de hambre y tengo que volver al trabajo y mire la hora que me ha cogido en esta cola". Era uno de los libreros de La Moderna Poesía, yo lo reconocí al momento. Mami hizo un gesto amable, corrió a la cocina y trajo dos pizzas, una para mí y otra para el señor, pagadas por ella, siempre "por si las moscas". No sin antes pedirnos que revisáramos bien, no fuera a ser que las cucarachas hubieran invadido el horno, en lugar de los americanos la isla como "los bárbaros" del poema de Cavafis que nunca llegaron, "esta gente, al fin y al cabo, era una solución", etcétera... De modo, que quién sabe si ya desde entonces habíamos almorzado o cenado –sin saberlo– pizzas de cucarachas; todo un novedoso manjar.

Años más tarde, en aquella Habana hambrienta del Período Especial, embarazada de mi hija, y cayéndome de la fatiga, con la vista nublada del hambre, me dirigí a casa del vecino que vendía turrones de maní. Los turrones no eran de maní, pero él los llamaba así con una de esas alternativas alegóricas y eufemísticas cubanas que se supone debiéramos agradecer; eran de frijoles colorados, porque el maní también se había perdido –culpa del "bloqueo" de los "bárbaros" seguramente, como con casi todo–, y los turrones él los horneaba en su cocina, sumamente cochina, valga la aliteración… La puerta estaba abierta, abrí empujándola con suavidad después de tocar levemente con los nudillos, él con toda evidencia se encontraba en el cuarto, pero lo que contemplé fue horroroso: una caravana de cucarachas alemanas, así les llamaban en Cuba a las cucarachas de los refrigeradores, marchaba por encima de aquellos turrones que él luego pondría a hornear e incluso de los ya horneados que la gente se llevaría en breve. No en balde mi vecino siempre recibía en la puerta y no permitía que nadie entrara en aquella casa donde las cucarachas y cucarachones voladores campeaban por su respeto.

Al verme se erizó: "¡Ay, mi vida, no le cuentes a nadie, te lo suplico, mira que me tumbas el negocio!". No sólo no se lo conté a nadie, sino que después de espantar a unas cuantas cucarachas rubias teutonas de encima de uno de los turrones, pagué y me lo llevé a la boca como si nada; confieso que al darle un mordisco me supo a gloria.

De modo que las cucarachas han sido vitales en las últimas más de seis décadas de la vida de los cubanos. En mi novela Te di la vida entera (Planeta, 1996), uno de los personajes es una cucaracha rubia, aunque con el caparacho teñido de rojo punzó, cuyo protagonismo es esencial para entender la trama de la historia de Cuca Martínez, nombre que evoca a Cuba, pero también a las "cucas" que es como llamamos los habaneros al tan preciado y valorado insecto.

De modo que las cucarachas no sólo ahora brindarán su leche para seguir contribuyendo con el "proceso revolucionario" que dura ya más de 63 años, además en el pasado también han dado su vida para alimentarnos, y quién sabe si las convertirán en trabajadoras de la salud y de la educación. Pudiera suceder que en los Círculos Infantiles sean a corto plazo contratadas para amamantar a los hijos de los héroes del trabajo, esos obreros ñangaretas tan entregados al sacrificio rutinario.

Hablando por teléfono el otro día con un familiar de esos en la isla, al comentarle si había oído lo de la leche de cucaracha, me respondió desde su nonagenaria estupidez, la misma que padecía cuando de joven decidió apoyar aquella basura: "Los que nos hemos quedado aquí beberemos la leche que sea necesaria…" Ahí lo dejé en esa nota musical, como diría mi amiga Enaida Unzueta.

Instrucciones para ordeñar una nutritiva cucaracha: sólo aplástela de un chancletazo, verá esa lechita blanca que fluye de su cuerpo machacado e inerme que es la que usted debiera llevarse, en la yema de los dedos, a los labios y chupársela degustándola; otro día hablamos.

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