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Antonio Robles

La voladura de la confederación plurinacional de Sánchez

No es sólo el ansia de poder inmediato lo que le anima, sino forzar un cambio de régimen para perpetuarse en el poder.

No es sólo el ansia de poder inmediato lo que le anima, sino forzar un cambio de régimen para perpetuarse en el poder.
Pedro Sánchez en el Senado. | Europa Press

No es una cuestión sólo de presupuestos, Pedro Sánchez está proyectando un Estado a su medida y no ha hecho más que empezar. El tirano ha quemado sus naves.

Con la tramitación de la expulsión de la Guardia Civil de Navarra junto a Bildu y sin pasamontañas, y la eliminación del delito de sedición de la mano de los independentistas de ERC, Pedro Sánchez no está salvando simplemente los presupuestos. Al fin y al cabo podría prorrogarlos un año más hasta agotar el resto de legislatura. Era un imperativo en los ejercicios anteriores, no en éste último. Y si ya no le son imprescindibles los votos de filoetarras e independentistas, ¿por qué prefiere arriesgar a jugárselo todo a una carta ante la eminencia de unas elecciones generales?

La respuesta no está en sus ambiciones inmediatas, sino en nuestra errónea percepción sobre la verdadera dimensión del tirano. Su ambición desmedida no nos ha dejado ver que no es sólo el ansia de poder inmediato lo que le anima, sino forzar un cambio de régimen para perpetuarse en el poder.

No podemos precisar desde cuando tiene entre ceja y ceja desmantelar los sistemas de seguridad de las Instituciones del Estado para ponerlas al servicio de su hoja de ruta, pero desde sus primeras decisiones de Gobierno se ha empeñado en forzarlas. Empezó con el control de TVE, impulsó una mesa de diálogo bilateral España/Cataluña que suplantaba al poder legislativo como representante de la soberanía nacional, rompió el eje moral que sostenía la Transición y los valores constitucionales haciendo de la mentira y la desinformación su manera de gobernar, siguió con la sumisión de la Fiscalía y la abogacía del Estado, después puso al frente del CIS a Tezanos, impulsó la ley de memoria democrática, y a continuación inició el desmantelamiento sin tapujos del Estado con el indulto a los secesionistas asumiendo su condición de "presos políticos". Había iniciado la desjudialización de la política para politizar la justicia exigida por sus socios golpistas. A partir de ahí fue directo a controlar los órganos de Gobierno del CGPJ y el Constitucional. Todo con una desvergonzada manipulación del lenguaje a la altura de la leyenda negra llevada a cabo por el nacionalismo contra España. O si quieren, en connivencia con él.

Con el desmantelamiento del delito de sedición y la posible adecuación de los delitos de malversación a los intereses secesionistas, ya no hay marcha atrás. Ha quemado sus naves. Quien se quiera engañar, allá él, pero este acanallado abrazo con los enemigos declarados de España y la asunción de sus valores y lenguaje dejan al Estado a la intemperie. Dentro y fuera de España. El poder judicial ha sido humillado, el propio Jefe del Estado ha quedado desautorizado, y su discurso constitucional del 3 de Octubre del 2017, ridiculizado. Pedro Sánchez va en serio, no sólo por ambición, sino por convicción o necesidad. Ha llegado a la conclusión, o le han inducido a tomarla, de que España es un Estado fallido; y sólo cediendo soberanía a las "naciones históricas" se logrará pacificar las tensiones territoriales. Una oportunidad histórica para garantizarse los votos de todos los enemigos de España en los pactos electorales futuros. De casta le viene al galgo, ya Zapatero sazonó el proceso con los Pactos del Tinell, y el PSOE de los años treinta ya se dejó seducir por la ensoñación nacionalista en medio de la tragedia. La alianza del Pacto de San Sebastián entre socialistas e izquierdas lo atestigua.

De esa huida hacia adelante surge su hoja de ruta: Una Confederación Republicana de Estados plurinacionales. Y de paso minar cualquier puente entre la derecha española y cualquier PNV o CiU de derechas que pudieran unir fuerzas electorales en el futuro. Se habrían alejado tanto de la España constitucional que hoy defiende el PP que al menor intento de revertir ese camino todo nacionalista, tanto de izquierdas como de derechas, se levantaría en armas. En términos políticos: le barraría el paso a cualquier tipo de acuerdo de gobierno. Una jugada audaz y criminal al mismo tiempo, porque sería el fin de la España democrática con alternancia en el poder que conocemos y, posiblemente, el germen de conflictos feudalizantes impredecibles.

Esa hoja de ruta de Pedro Sánchez es mala para la España constitucional actual, pero, con toda seguridad, lo sería también para él. Nunca los nacionalistas se conformarían con una Confederación, sólo le acompañarán en el viaje que han emprendido juntos, para llegar donde quieren, a la independencia. Tienen paciencia, son sibilinos y despiadados. Y la lealtad nunca ha sido una posibilidad.

Antes este sabotaje al Estado-nación más antiguo de Europa, solo un partido o coalición surgido de las elecciones generales próximas que esté dispuesto a revertir sin complejos y determinación esta situación podría darnos una nueva oportunidad como sociedad de libres e iguales. Su primer problema sería el Estado de las autonomías. Fueron diseñadas de buena fe para poner en valor una España empecinada en vivir juntos los distintos. Sin contar con lealtad, no es posible ni el Estado de las autonomías ni un sistema federal. La lealtad es una condición sine qua non para su existencia. Fracasadas, para lo único que han servido es para azuzar las diferencias y alentar a los más resentidos en su empeño por convertir a España en el enemigo. Nunca la leyenda negra extranjera contra España ha sido tan eficaz como la propia. Ha llegado el momento de reflexionar sin miedo sobre el entuerto.

Desde que nació Ciudadanos ha habido varios intentos, todos fracasados, por impulsar un partido de izquierdas que ame a España sin complejos. Los proyectos anteriores eran preventivos, ahora su existencia es una necesidad imperiosa. Bien podría partir de iniciativas como dCIDE nacida en Barcelona, o del proyecto "Jacobinos", que impulsó y encabeza Guillermo del Valle desde la Capital de España. Éste podría ser el germen nacional de un proyecto político que abra la primera grieta en esta izquierda resentida contra España y la aleje de cualquier mayoría amasada con sus enemigos. Si el objetivo de Sánchez es deshilachar los fundamentos de la Transición del 78 para perpetuarse en el poder, es necesario que esa nueva izquierda española se rebele y le haga tal boquete a su hoja de ruta que ni con los diputados nacionalistas pueda gobernar. El centro derecha liberal, en esta primera fase, no habría de ser beligerante contra esta izquierda española. Le va la vida en ello también a ella. Aunque solo sea por patriotismo. O por interés.

Nostalgia. Sánchez ha cerrado definitivamente la posibilidad de que los dos grandes partidos pacten cuestiones de Estado básicas para garantizar su existencia. Entramos en territorio hostil y desconocido. De fondo, las palabras desgarradoras de la madre del socialista Joseba Pagaza, asesinado por ETA en 2003 dirigidas a Patxi López: "Ya no me quedan dudas de que cerrarás más veces los ojos y dirás y harás muchas más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son. A tus pasos los llamarán valientes. ¡Qué solos se han quedado nuestros muertos".

P.D. Este artículo lo dedico a Federico Jiménez Los Santos, el primer español que desde Cataluña denunció el huevo de la serpiente nacionalista en 1979 con el libro Lo que queda de España, donde ya denuncia la identificación de la izquierda con la política cultural del nacionalismo y la destrucción cultural y emocional del inmigrante en el capítulo El destino cultural de la emigración en Cataluña. De él salió la definición que muchos años después encarnaría con avaricia Rufián, "charnego agradecido". ¡Cuánto nos habríamos ahorrado si hubieran atendido a lo advertido!

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