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Emilio Campmany

Turquía, el aliado problemático

¿Necesitamos tanto a Erdogan en Occidente como para traicionar a nuestros aliados kurdos en Siria? Lamentablemente, hay que contestar afirmativamente.

¿Necesitamos tanto a Erdogan en Occidente como para traicionar a nuestros aliados kurdos en Siria? Lamentablemente, hay que contestar afirmativamente.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, a su llegada a la primera jornada de la cumbre de la OTAN que se celebra en el recinto de Ifema, en Madrid. | EFE

La OTAN nació para contener a la URSS. Caída ésta, su papel se desdibujó. Pero, una vez que Rusia ha invadido Ucrania, vuelve la OTAN a cobrar su razón de ser, limitar el expansionismo ruso. Basta echar un vistazo al mapa para concluir que en esto Turquía es esencial. Por eso, a pesar de no ser entonces una democracia propiamente dicha, el país ingresó en la OTAN en 1952. Tras la invasión de Ucrania, Turquía se ha visto obligada a desempeñar un papel difícil. No puede enemistarse con Rusia (de hecho, no se ha unido a las sanciones que Occidente ha impuesto al régimen de Putin con el beneplácito de Washington), pero no puede evitar ser miembro de la OTAN y tener el segundo ejército más grande de la alianza. Su control sobre los estrechos garantiza el paso de los buques mercantes que trasladan el trigo ucraniano y veda la salida al Mediterráneo de los navíos de la armada rusa.

La petición de ingreso en la OTAN de Suecia y Finlandia ha dado la oportunidad a su presidente, Recep Tayyip Erdogan de exigir, a cambio de su ratificación, que Suecia deje de amparar, como ha venido haciendo, a los militantes del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Éste está considerado una organización terrorista, pero la izquierda sueca viene tolerando su libre activismo en su país. El nuevo Gobierno conservador sueco es mucho más proclive a atender las exigencias turcas, no sólo por conseguir su ingreso en la alianza militar, sino también por convicción. Rusia, por su parte, se sospecha que está tratando de sabotear el acuerdo promoviendo, por ejemplo, la quema de un Corán por un activista de extrema derecha a la entrada de la embajada turca en Estocolmo o el ahorcamiento de una efigie de Erdogan por parte de activistas de extrema izquierda ante el ayuntamiento de la misma capital.

Encima, hay elecciones presidenciales en mayo y Erdogan necesita conservar el respaldo de los militares y de la derecha nacionalista adoptando una posición de firmeza ante los separatistas kurdos, considerados por casi todos en el país como la principal amenaza a la seguridad nacional. Lo que más preocupa ahora allí es la posibilidad de que en el Norte de Siria, con respaldo norteamericano, se cree un Kurdistán independiente, algo que de facto ya está ocurriendo. Por lo que no es sólo Suecia, sino también los Estados Unidos, quienes deben dar satisfacción a Turquía y abandonar a los kurdos sirios para que Ankara levante su veto a Suecia. Además de ésta, Erdogan cuenta con otra arma: los millones de refugiados sirios que acoge en su territorio y cuyos gastos paga muy generosamente la Unión Europea. En cualquier momento podría dejar de controlarlos y permitir que viajen a Europa como la mayoría de ellos desea hacer.

¿Necesitamos tanto a Erdogan en Occidente como para traicionar a nuestros aliados kurdos en Siria? ¿Podemos permitirnos dejar a Bashar al Assad que haga lo que le plazca con ellos? La amenaza rusa es tan grave que, lamentablemente, hay que contestar afirmativamente a estas preguntas.

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