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Alonso Holguín

Matemáticas inexactas

Así se expresaba D. Julián cuando afirmaba que, "al menos en nuestro curro, sumar dos y dos conllevaba una cifra superior o inferior a cuatro".

Así se expresaba D. Julián cuando afirmaba que, "al menos en nuestro curro, sumar dos y dos conllevaba una cifra superior o inferior a cuatro".
Don Julián, un guardia civil. | GC

"Las matemáticas son inexactas dentro del Servicio". Así se expresaba D. Julián hace unos años, cuando afirmaba que, "al menos en nuestro curro, sumar dos y dos conllevaba una cifra superior o inferior a cuatro". Como alumno en esa especialidad, tengo muy presente esa afirmación a lo largo de la vida. Hay ciencias inexactas, como la medicina. Esa ciencia se ocupa de la salud de las criaturas, individuos; algunos hijos de Dios, otros cuyo padre es ciertamente desconocido, en base a las defecaciones de esa descendencia. Ruego disculpen si las teclas reflejan alguna palabra mal sonante, producto de la rabia.

Julio, enorme Julito, marido, hijo y padre de Guardias Civiles; motero, muy motero, agente de la Agrupación de Tráfico de la Benemérita, veterano de UCO, llegó a prestar servicio como fuerza de interposición en el conflicto de la antigua Yugoslavia; maestro al montar en moto, una característica muy especial: no se nota su presencia y se siente su ausencia. Un tipo alto, espigado, flaco, fibroso. Su complexión y naturaleza agradece ese aspecto. Mientras otros dedican horas, tiempo en gimnasios, sacrificadas dietas, vanos ratos sin éxito, él tan pancho. Un agente con aspecto gris, confundible entre la gente, de los de antes, uno más, nunca destaca; fotos en blanco y negro recuerdan a quienes luchaban contra la delincuencia de forma espartana, más imaginación que medios. Voz queda, sonora, términos justos, exactos; humor fino, certero, delicado; a veces con ironía te hace sonreír al recibir una patada en el tobillo; cuan jugador de fútbol italiano, el árbitro te señala falta a ti. Y tú, sientes la culpabilidad por no retirar la pierna a tiempo.

Cercano a cumplir los 46 años, 46 palotes, como agente de esta hermosa empresas que a tantos nos une. Gran parte de los 63 años, 63 palotes, según el DNI, junto a Dolores, Lola, a su lado; dos hijos, David y Jorge, siguen su estela en la profesión y vida; han mamado su buen hacer, cómo ser un buen guardia civil, buena persona. A camino de batir el récord como activo en la Agrupación. Intención tiene, un par de años más, siempre dice así desde hace unos cuantos. Y firma el reenganche, echa noches y festivos, como toda la vida.

En moto, admirable. Siempre envidio la capacidad de estos compañeros de llevar la espalda recta, cabeza erguida; atentos adelante y detrás, izquierda y derecha, incluso oteando el horizonte para dibujar con una mano, ahí va un helicóptero. Mientras, algunos seguimos su estela. Me gusta ir detrás de ellos, a poder ser, el último. Sus BMW particulares, plásticos muy bonitos, lucen divinamente sus virtudes de paso por curva, salir y entrar, circular en carretera como un funambulista impasible encima de un delgado cable. No se menean. Julio, enorme Julito, muchas veces se deja caer hasta mi posición. Levanta la mentonera y comenta:

—Félix ve más adelante, aquí atrás vas con la lengua fuera.

Mi Harley es un hierro; hierro pesado y no tengo la destreza de ellos a la hora de conducir. Son perfectos y livianos, cuestión de plásticos.

Tranqui, Julio, aquí ando mejor. Y voy bien, explico al llegar a una parada:

—Admiro cómo hacéis vosotros e intento aprender. Si me pongo delante no os veo y vosotros váis más aburridos.

—¡Qué jodío! —dice.

¿Os he dicho su nombre? Julio, enorme Julito, está pasando un jodido calvario. Resulta que un puñetero bichito, de esos que aparece, le machacas; aparece otra vez, le vuelves a machacar. Y, cuando debiera haber desaparecido de tu cuerpo, renace como si fuera una maldita hidra. Te jode la vida, la calma, la paciencia. El nuevo problema se llama bilirrubina, exactamente el índice de la dichosa bilirrubina. Antes parecía un tema de una canción, ahora se ha convertido en algo que nos está tocando mucho los güevos, más a nuestro Julio, enorme Julito.

Varios intentos de bajar el índice. Se controla. Eleva tanto el nivel que el cuerpo de nuestro Julio, enorme Julito, aparece pintado de amarillo. Ni deja elegir el color ni se va al carajo la dichosa bilirrubina. Entre ustedes y yo, he cogido manía hasta a aquella canción del verano. ¡Qué pesada, pardiez!

El parte del médico dice… no sé qué; nosotros nos aferramos a los cojones de Julio, enorme Julito. La analítica dice… no sé qué; en lugar de estudiar la carrera de medicina nos dedicamos a guardar el sueño, la libertad, paz en España y algunos, como el gran Julio, enorme Julito, también en el extranjero. No quiero saber nada de estadísticas, posibilidades, probabilidades, ni zarandajas de matemáticas (iba a decir pollas en vinagre), nuestro mayor interés es la victoria de Julio, enorme Julito, ante el bicho. Lucha, batalla, estamos dando. Él desde la cama, nosotros a su lado, también nos acordamos de la Virgen del Pilar, de quien es fiel devoto. Porque de Julio, enorme Julito, siempre se aprenden cosas buenas, buenas de verdad.

Esta vez Julio, enorme Julito, quiero ir delante. Agarra fuerte mi mano, amigo, aprieta y sujeta la fuerza que intento transmitir. Hemos de intentarlo, conseguirlo, lograr que el alma no se escape entre los dedos, que el aire se lleva la vida. Los médicos difícilmente explican esa resistencia. La ciencia conspira contra la lógica, porque aún aguantas. Un par, señores facultativos, un par de cojones sujetan la realidad ante la teoría, que ojalá falle. Porque de fallos, errores y suposiciones aquí, en este hermoso país llamado España, somos doctorados cum laude. ¡Aguanta, carajo!

—¡Vamos, Julito! —coreamos todos.

Al final los cojones no sirvieron y la realidad se impuso. Las matemáticas, tan inexactas, han querido desmentirnos otra vez. En tu memoria, Julio, enorme Julito, seguimos todos tu marcha para que nos guíes por última vez.

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