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Alonso Holguín

Sobrao

No les quepa duda, a él no le cabe; sólo hace falta verle.

No les quepa duda, a él no le cabe; sólo hace falta verle.
Pedro Sánchez. | Europa Press

Uno de todos los dichos más populares para describir a un tipo es el sobrao. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española determina la acepción más correcta como "sobrado":

—Que sobra; atrevido, audaz y licencioso; rico y abundante de bienes; creído –vanidoso, orgulloso–; valentón; desván; sobras –de comida–; cada uno de los altos o pisos de una casa.

Sin embargo, el término más coloquial es sobrao.

Un sobrao es Pedro Sánchez Pérez-Castejón. No les quepa duda, a él no le cabe; sólo hace falta verle. Camina con un porte sin igual: tacón, punta, cuan bailaor flamenco sobre un tablao. Aprecia cada paso, braceando con las extremidades casi deslavazadas por el tamaño y movimiento. De hecho parece avanzar por encima del suelo unos centímetros —o mil metros— para evitar compartir ese espacio con el resto de terrenales españoles y europeos. Ni sombra tiene, en recuerdo de aquel presidente cuando corría por la playa y no era perseguido por el reflejo de su corpachón en la arena.

Los afiliados a la PSOE ya conocen su estilo. ¿Estilo? Estilazo. Aquel detalle escabroso en el comité federal, cuando pillaron detrás de una cortina a sus acólitos embutiendo votos en la urna con el fin de decidir si celebrar un congreso extraordinario de ese partido político. Este hecho provocó su dimisión, detonante de la mayor venganza en ese espacio ideológico. Pedro comenzó a recorrer las diferentes federaciones territoriales para engañar a los afiliados de base, hacerse con el partido y liquidar poco a poco a aquellos opositores a su persona. Porque el tío es un sobrao.

Si no bastara su ya reconocida traición al partido —su partido—, los siguientes en caer bajo sus encantos fueron los votantes no afiliados. Personas tan comprensivas, analistas, de memoria tan frágil que algunos llegaron a ver a Francisco Franco en supermercados, playas y calles de España; sucumbieron al temor de volver a la dictadura; dictadura a la cual hemos llegado de manos de #PedroSanchezTraidor, el sobrao.

Dictadura es el gobierno actual de España en sus manos. Este tipo es víctima voluntaria de la peor ralea en el Congreso de los Diputados. Una suerte de majaras se han reunido –¡han decidido!– los peores intereses en contra de la mayoría de los españoles. Afirmo bien "la mayoría de los españoles" porque, de acuerdo al sistema D'Hont para el reparto de escaños, los traidores periféricos de dos regiones manejan a su antojo las otras quince. Esa dictadura consiguió revolucionar el Tribunal Constitucional —con la inestimable miopía política de Alberto Núñez Feijóo—, colonizar el Tribunal de Cuentas, dirigir la Fiscalía General del Estado, además de manejar a su antojo y de forma anticonstitucional el Congreso de los Diputados, según varias sentencias.

Esta dictadura da un paso mortal para el régimen democrático de la Constitución de 1978 cuando, uno de los puntos del contrato de investidura, promueve una maldita ley de Amnistía. Amnistía explicada para definir su apuesta "por el diálogo y el perdón". Diálogo plegado a las ansias de romper el estado; perdón a los culpables, quienes siempre han afirmado su afán "lo volveremos a hacer". Aquí, en este instante, nos remiten a la tradición católica, apostólica y romana. Uno de los principios es no pecar; uno de los fines de la redención es no repetir los "pecados", dado que el arrepentimiento considera mejorar la conducta para evitar incidir en los hechos ocurridos anteriormente. Ahora bien, si el pecador promete emular el pecado, ¿cómo va a perdonar el juez? Una cosa es ser cristiano, otra –muy distinta– es considerar al juez un gilipollas. Y así consideran, como se ve en las comisiones de Lawfare.

La medida de gracia amnistía siempre se ha producido porque la ley se aplicó en dos supuestos principales: la norma que implicó la condena ya no existe o un cambio de régimen –de dictadura a democracia, por ejemplo–. Y he aquí, en manos del mentiroso Pedro Sánchez Pérez- Castejón –según hemeroteca– el momento que el cambio progresista indica dirección contraria: caminamos de democracia a dictadura. Atrás, al revés. Progreso de izquierdas.

Los recientes y vergonzosos eventos protagonizados por el sobrao al concluir —¡por fín!— su presidencia en la Unión Europea han sido los siguientes: jactarse de apoyar a un grupo terrorista, en esta ocasión, ajeno a España; insultar a los alemanes utilizando el término "nazi"; despreciar al Parlamento Europeo, siendo la primera vez que el presidente temporal apenas se presenta allí, solo para despedirse. Son desaciertos evidentes del sobrao.

Si su intervención durante la sesión plenaria no fuera suficiente, después del insulto a los alemanes (llamar "nazi" a cualquier alemán elimina cualquier justificación, si es que la tenía previamente), se retiró dando la espalda a los parlamentarios e ignoró la respuesta de un alemán que criticaba su comportamiento vejatorio.

Además, se ha atrevido a firmar como propio un libro publicado y escrito por otra persona. No fueron suficientes su tesis doctoral en Economía –manda güevos que aún no le hayan retirado ese título universitario–, aquél Manual de resistencia –escrito por una mujer, premiada con un cargo público–, para repetir en publicación y falta de autoría de su tercer volumen en papel titulado Tierra firme; título ya publicado por la gran Matilde Asensi hace unos años con enorme éxito de la trilogía de ella. No de él, cabe destacar.

Pedro está por encima del bien, aprisionado por el mal, escojonándose de risa de todos los humanos de este planeta Tierra. Se gusta cuando camina, sentado controla cualquier entrevista; sonrisa a terroristas, mirada baja con separatistas; insulto a quien se opone a él con el imperio de la ley, hemeroteca y con la verdad por delante.

Un sobrao que debería de sobrar en cualquier país democrático del siglo XXI en la era cristiana.

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