
Pedro Sánchez anunció este lunes su dimisión en diferido. No podía hacerlo de una forma normal, porque nada normal está a su altura. Para él no cabría mayor satisfacción que ser el último presidente del Gobierno, secretario general del PSOE, liquidar el partido o a la izquierda por muchos años y pasar a la historia como el último gran emperador romano de España. No puede concebir que, en su ausencia, en España no reine una cosa diferente que el caos.
Todo aconsejaba, como él insistía con reiteración hasta el sábado, en alargar la legislatura hasta saltarse los plazos electorales, si era necesario. Esto permitiría dar tiempo a consolidar la izquierda Disney con la Annabelle, recuperarse del varapalo electoral y armar las listas con tiempo e inteligencia, mantener a Feijóo fuera del escaño en el congreso, haciendo campaña en la calle, pasearse por la Unión Europea, hacer campaña en Kiev, y simplemente esperar a que algo pase que mejore las expectativas actuales.
Pero no, él ha actuado contra su propia lógica y ha dimitido, antes o después lo iba a tener que hacer. Hay un principio básico en las empresas: vete antes de que te echen, y esto es lo que ha hecho Sánchez. Antes de que le echen todos los damnificados de su propio partido, que ya barruntaban en 2016 que Sánchez acabaría con el Psoe. En su fuero interno habrá pensado: "A mí no me va a echar ningún socialista, sino el pueblo español, porque para eso soy Sánchez, como a Alfonso XIII".
La izquierda va a tener el peor resultado de la historia de la democracia española. Al menos un millón de los que votaron a esos magníficos presidentes y alcaldes de gestión impecables votarán a Feijóo. La coalición chachipiruli va a ser una merienda de negros que intentará cocinar Vladimir Iglesias y que Yolanda liderará como una marioneta de Pablo. Para mayor desgracia socialista, los pocos votos que arranque la vicepresidenta en funciones, lo serán del Psoe.
Pero las penas no vienen solas. Irá a las elecciones después de haber cerrado el pacto con Otegui para las diputaciones vascas y para Navarra, lo que terminará de cabrear al PNV, que irá a recoger las nueces al árbol de Feijóo. ERC, que ya en Barcelona está al nivel del PP, ha pagado un peaje demasiado alto por creer las promesas de Sánchez y ahora verá cómo sus expectativas bajan y el nuevo Junts 3.0 se convierte, como ya ha pasado en Barcelona, en el partido más votado en Cataluña. La Cataluña de Puigdemont, es ahora la de García Albiol. Como decía Serrat, que buenos socialistas ha habido en Cataluña y en España, como el poeta, que bonito es Badalona en invierno y en verano. ¿Cuándo volveremos a tener la altura de miras y los políticos e intelectuales de la transición al mando del país?
Así que Sánchez no solo ha destrozado el partido y a España con sus devaneos con los enemigos de la patria, sino también ha reforzado la victoria etarra en el País Vasco. Si Bildu controla políticamente el País Vasco, significa que la derrota de ETA fue un espejismo, los que todavía no han renunciado a la listas, otro camelo, se dieron cuenta de que no necesitaban matar sino encontrar un aliado con intereses comunes y falta de moral en la Moncloa para conseguir su objetivo, gobernar las Vascongadas con su ideología marxista leninista, y solicitar, como Lukashenko armas nucleares a Putin para su defensa.
Así que Sánchez debe estar feliz. Se va a llevar por delante tantos cadáveres que la derrota quedará diluida. Además él sabe algo que muchos intuimos y que nadie se atreve a señalar: la herencia que deja, no a Feijóo, sino a España, es no pesada sino inasumible, y aquí no cabe el beneficio de inventario. Cuando la sanidad pública casi ha dejado de existir, cuando faltan profesores, cuando hay una deuda pública billonaria, cuando la economía se estanca y vemos la realidad de los restos de esta guerra inflacionaria, resulta que hay que acelerar el recorte a un ritmo endiablado para no entrar en default. Luego habrá que explicar a los españoles que Europa no nos ha dado un Euro para el Covid y Ucrania, es falso. Los fondos Next generation los pagaremos enteritos los españoles. Nos hemos gastado un porrón en proyectos que no han generado ningún valor añadido para poder repagar la deuda.
Así que la felicidad en Sánchez es completa. Deja el gobierno, pero también el país hecho unos zorros, el partido esperando a Godot y la agitación en las calles augurando un bienio reformador salpicado de dificultades económicas. Veremos a aquéllos que se comieron la inflación de estos dos años protestar enardecidamente porque no se ajustan los sueldos y pensiones un 1%; escucharemos a todos los sesudos intelectuales del sanchismo comenzar el ataque a la derecha por la involución a la que nos llevan sus políticas retrogradas contra la mujer, el colectivo LGTBI, contra los inmigrantes, contra los que están en riesgo de exclusión social, cuando lo que quieren decir es que se le acabarán los privilegios y los beneficios de formar parte del aparato Glovo del gobierno, y claro, fuera hace mucho frío.
No se trata de elegir entre el progreso (PSOE+Bildu+ERC+Restar) y la ultraderecha, eso ya no se lo compra nadie, sino entre España o el caos, entre la unidad de la patria y la secesión, entre la defensa de los valores democráticos europeos o el socialismo caribeño.
Espero que todos se den cuenta de lo que está en juego y que cuando vayan a votar piensen en el poder que va a tener la papeleta que depositan y para qué va a servir. El voto que no vaya a quién tiene la capacidad de liderar una alternativa fuerte, moderada que defienda los valores liberal conservadores, lejos de los extremos que anuncian los males eternos para justificar su necesaria existencia, es un voto a Sánchez. Es hora, no de sumar, sino de multiplicar los votos con un solo objetivo, devolver a España a la senda de estabilidad anterior al Sanchismo y llevar la política española a ese bipartidismo imperfecto constitucional que concentre la inmensa mayoría del voto y que nos de la estabilidad que necesitamos para afrontar los inmensos retos que tenemos por delante. No solo España necesita que Sánchez deje el poder, cuanto antes mejor, sino que también lo necesita su partido, si quiere seguir siendo alternativa de cambio, que me parece que precisamente es el deseo antagónico del presidente.
