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Javier Arias Borque

¿Qué pasa ahora con el grupo Wagner? La gran incógnita tras la muerte de Prigozhin

Se abre un jugoso pastel de cientos de millones de euros con el que Putin puede repartir golosos premios entre los oligarcas que le apoyan.

Se abre un jugoso pastel de cientos de millones de euros con el que Putin puede repartir golosos premios entre los oligarcas que le apoyan.
El fallecido líder del grupo Wagner, Yevgeni Prigozhin. | Europa Press

Las autoridades de Rusia informaron el pasado miércoles por la tarde de un trágico accidente aéreo al norte de Moscú. Un jet privado se había estrellado contra el suelo y tanto el pasaje como la tripulación habían fallecido. Ningún superviviente. Las imágenes filtradas a las redes sociales muestran un Embraer 135 en pérdida dirigirse sin remedio posible hacia el suelo mientras deja una estela de humo en su caída.

Una noticia que hubiera pasado desapercibida si no fuera porque en la lista de pasajeros de la aeronave figuraba el nombre de Yevgeni Prigozhin, el dueño de Wagner, el hombre que dejó en evidencia al presidente ruso, Vladimir Putin, y al Ministerio de Defensa de su país al iniciar una marcha terrestre armada sobre Moscú que sólo se frenó porque él mismo quiso, porque el Ejército regular fue incapaz de frenarle los pies.

Otros dos nombres resaltaban entre los miembros del pasaje. Se trata de Dimitri Uzkin y Valeri Chekalov, número dos y tres, respectivamente, de Wagner. Uno de los ejércitos privados más grandes del mundo, el utilizado por el Gobierno ruso para sus misiones interiores y exteriores en la zona gris, descabezado de un plumazo. Todo ello justo un mes después de que mostrasen al mundo la debilidad militar de Putin en su propia casa.

Todo ello, el mismo día que se había conocido que el Kremlín había purgado como Jefe de la Fuerza Aérea rusa al general Sergei Surovikin, uno de los grandes apoyos de Prigozhin en las altas esferas rusas, accionista de Wagner, enfrentado desde hace años a los dos hombres que controlan el Ministerio de Defensa ruso: el general Sergei Shoigú (ministro) y el general Valeri Gerasimov (viceministro y Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia).

La coincidencias en la Rusia de Putin hace tiempo que no existen. El reguero de muertos por envenenamiento (de gases nerviosos a agentes químicos como el polonio) por accidentes rimbombantes (caídas por las ventanas, por las escaleras…) o directamente por disparos deja claro que en Rusia quien se desvía del camino que marca el mandatario ruso suele acabar muerto y, en muchos casos, con sus entramados empresariales repartidos entre oligarcas.

La cuestión ahora es qué va a pasar con Wagner, un grupo que era vital en la política exterior no oficial de Rusia y que está implicado en muchos conflictos bélicos. En los últimos años sus mercenarios han estado por Siria, Tayikistán, Sudán o la región en disputa de Nagorno Karabaj (entre Azerbayán y Armenia), además de en Ucrania (hasta el golpe de Estado). Y ahora mismo operan en Libia, Mali, Burkina Faso, Sudán, RCA, Mozambique o Madagascar. Y ojo a Níger.

Las opciones ahora seguramente sean dos. O bien que Vladimir Putin entregue el control de la compañía a un oligarca en el que confíe ciegamente. Que sepa que no le va a traicionar. O bien que el Gobierno ruso decida despiezar la compañía, para que nadie pueda controlar un monstruo de estas dimensiones y vuelva a tener un problema como el de hace un mes, y venderla en partes a otras de las compañías privadas de seguridad que funcionan en Rusia.

Normalmente hablamos de Wagner como la PMC (compañía militar privada, por sus siglas) usada por Putin, pero la realidad es que no es el único grupo de mercenarios que funciona en Rusia, ni el único que trabaja en áreas de conflicto, ni al único al que el Kremlín le encargaba actuaciones militares más allá de sus fronteras. Es la más conocida, es la más grande, ha llegado a tener justo antes de su rebelión hasta 50.000 efectivos (un tercio de las Fuerzas Armadas españolas), pero no es la única.

La segunda PMC por importancia en Rusia sería ahora mismo, la del líder checheno, Ramzan Kadírov. Se ha legalizado en las últimas semanas con el nombre de Akhmat, aunque venía funcionando desde hace años como una PMC de facto. Hasta el golpe de Wagner estas empresas funcionaban en el limbo, no era necesario legalizarlas. Les hemos visto en acción, por ejemplo, en la guerra de Ucrania.

Hay una tercera compañía privada de seguridad que está alcanzando cada vez más importancia en el escenario rusa. Tendría unos 5.000-6.000 efectivos, sería la tercera por número de efectivos, y se llama PMC Patriot. ¿Cuál es la importancia de esta empresa? Que muchos rumores apuntan a que quien está detrás de ella es el mismísimo ministro de Defensa, Sergei Shoigú.

Patriot ha estado presente en Siria y está ahora mismo en Ucrania y en África. Pero hay más empresas de mercenarios en Rusia, aunque ya más pequeñas. Convoy, Redut, o de las tres PMC que ha creado en los últimos años la empresa gasística Gazprom, como son Potok, Fakel y Plamya –en principio destinadas a la seguridad de sus propias instalaciones en países en conflicto-. Hay estudios que cifran en más de una veintena el número de PMCs que funcionan actualmente al servicio de Rusia y sus oligarcas.

Por tanto, ahora mismo, lo más razonable sería pensar que Wagner podría, o bien ser entregada en su totalidad a un oligarca afín a Putin o bien vendida en partes a otras PMCs que están actualmente en funcionamiento, para que Moscú no pierda la proyección e influencia exterior que estas compañías militares le estaban dando en África, en Oriente Medio e, incluso, en el centro de Asia.

La muerte de Prigozhin no sólo significa que el futuro de uno de los mayores ejércitos privados del mundo está en el aire, sino que queda en el aire todo el conglomerado de empresas que pertenecían al dueño de Wagner, el conocido como grupo Concord, más de 300 compañías dedicadas a todo tipo de actividades, desde el catering industrial (cocinas en instituciones públicas o raciones de combate del ejército) a restaurantes en las mejores calles de San Petersburgo… a agencias, por ejemplo, dedicadas a la desinformación política.

Se abre un jugoso pastel de cientos de millones de euros con el que Putin puede repartir golosos premios entre los oligarcas que le apoyan. Una forma de seguir garantizándose por no se sabe cuánto tiempo más que seguirá siendo el hombre fuerte de Rusia.

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