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Carmelo Jordá

Informe Pisa: ¿quién tiene la culpa?

Si la misma prueba se hace periódicamente y la tendencia es al desplome… es que estamos en un desplome.

Si la misma prueba se hace periódicamente y la tendencia es al desplome… es que estamos en un desplome.
La ministra de Educacion y portavoz del Gobierno, Pilar Alegría. | Europa Press

Cada tres años más o menos por estas fechas aparece el Informe PISA y cada tres años más o menos por estas fechas todo es llanto y crujir de dientes. España está peor y el único consuelo que nos queda es que el resto del mundo parece haber empeorado más todavía. Como decía aquel: mal de muchos, epidemia.

Conviene no llamarse a engaño: es posible e incluso probable que los exámenes de PISA no sean la mejor forma de medir el nivel real de un sistema educativo, pero al mismo tiempo es seguro que si la misma prueba se hace periódicamente y la tendencia es al desplome… es que estamos en un desplome.

La caída generalizada nos pone sobre la pista de algo que tampoco hay que ser un lince para entender: no es una cuestión de dotar de más o menos presupuesto al sistema educativo. En España, por ejemplo, nunca se le ha dedicado más dinero a la educación que ahora y miren cómo estamos. No entiendan lo que no quiero decir: por supuesto que la educación debe tener los recursos económicos que necesita, pero en muchas ocasiones se pone el foco sólo en eso –como se hace en prácticamente cualquier otra cosa que dependa del gasto público– y la verdad es que, una vez alcanzado un cierto nivel, hay factores que son más importantes.

Por ejemplo, la horrorosa dirección que han dado a la educación las toneladas de pedagogos que se pasan la vida pontificando desde los despachos y lo más parecido que han visto a una clase es la escuela de Pin y Pon. Llevamos décadas corrigiéndole la plana a los métodos educativos tradicionales, abominamos de la memoria, nos extasiamos ante las pantallas y la tecnología y, a la hora de la verdad, la educación no deja de perder nivel. Pero, por supuesto, en lugar de cambiar de rumbo lamentamos que no hay suficiente dinero, no hay bastante tecnología y los niños no aprenden lo bastante por competencias. Y así nos sigue yendo.

Por muy impopular que sea decirlo otro gran problema son los profesores, a los que sus propios centros de formación proporcionan un nivel francamente mejorable pero que, sobre todo, son parte de un sistema de incentivos y recompensas muy dañino: más allá de la satisfacción moral que puede encontrar un docente con vocación no hay NADA que premie, reivindique o privilegie al buen maestro sobre el malo. Y en esas condiciones la profesión en su conjunto se ha convertido en un aparcadero de profesionales que, o bien han elegido ser profesores por las razones equivocadas, o bien están totalmente desmoralizados porque nadie les cuida como merecen. Antes de que me lo digan: por supuesto que hay excepciones, y no pocas, pero no podemos hacer descansar el sistema educativo –ni el sanitario ni ningún otro– sobre las espaldas de unos pocos héroes.

Y en último lugar pero no por ello menos importante: la otra pata que falla estrepitosamente son ustedes, somos nosotros: los padres. Unos padres que hemos minado minuciosamente la autoridad del maestro, que no dejamos de lamentar lo mucho que tienen que trabajar los niños, que los sobreprotegemos como si fuesen porcelana china, que no mostramos ningún respeto ni por el esfuerzo ni por el saber. He tenido, por ejemplo, decenas de discusiones sobre lo malo que se supone que es que los críos tengan muchos deberes, sobre lo difíciles que son los exámenes, lo duro que es este o aquel profesor o lo inútil que es una u otra asignatura. Sin embargo, casi nunca he escuchado a nadie agradecer que se enseñe a sus hijos a trabajar duro desde pequeños, que se ponga difícil obtener un título y así este tenga algún valor o que en la enseñanza obligatoria se pueda adquirir una base cultural mínima que debería ser imprescindible para manejarse con un mínimo de éxito por la sociedad.

Con esos mimbres, ¿de verdad esperamos otra cosa que fracasar una y otra vez en el informe PISA?

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