
Desde el pasado siete de octubre Hezbolá ha lanzado unos 8.000 cohetes a Israel. Voy a repetir la cifra porque me parece importante que quede clara: 8.000 proyectiles de diferente tipo –misiles antitanque, cohetes de corto y largo alcance, drones suicidas, drones con cargas explosivas…– lanzados a territorio israelí en menos de un año.
Contra un país que acaba de recibir la inmensa herida del mayor y más cruel atentado de la historia, que estaba luchando una guerra muy dura en el sur con decenas de miles de refugiados y que en ese escenario también tenía que alejar a miles de compatriotas de una frontera norte que no era, no es todavía, segura.
Israel tiene menos de nueve millones de habitantes, si tenemos en cuenta la población es como si en España, cinco veces más grande, hubiesen caído 40.000 proyectiles desde un país vecino. Intentemos algo que será más fácil de imaginar para muchos de ustedes que todavía tienen memoria o que han aprendido la historia: piensen lo que sería para nosotros si en menos de un año hubiésemos visto explotar 40.000 bombas de ETA.
Llegados a este párrafo del artículo seguro que hay quien piensa que, hombre, caen muchos proyectiles pero matan a muy poca gente. Vamos a dejar de lado por ahora el hecho de que ese tipo de afirmaciones esconden, y no mucho, la terrible idea de que no pasa nada por unos pocos judíos muertos, que tienen que aguantarse y que, al cabo, están acostumbrados. En fin, no voy a discutir gilipolleces antisemitas de ese calibre.
Lo cierto, lo relevante para el caso, es que si mueren pocos israelíes bajo las bombas de Hezbolá no es porque éstas maten poco o porque los que las manejan sean torpes o benévolos, es porque Israel dedica un esfuerzo descomunal a proteger a sus ciudadanos.
Para que se hagan una idea: se calcula que cada misil de la Cúpula de Hierro –el genial sistema de interceptación creado por los genios tecnológicos y militares del país– cuesta entre 100.000 y 150.000 dólares. Ahora multipliquen esas estimaciones por los 8.000 proyectiles de Hezbolá y piensen cuántos hospitales y escuelas habría podido construir Israel con esa impresionante cantidad. Y estamos hablando sólo del dinero, piensen también, por ejemplo, en las vidas de esas decenas de miles de personas que hace casi un año que están lejos de sus casas.
Sin embargo, pese a esta agresión salvaje que se ha prolongado durante años y que ha sido especialmente intensa en el último; pese a que Hezbolá ha incumplido de forma flagrante los acuerdos de paz y la ONU ha sido completamente incapaz de hacerlos cumplir; pese a que todos sabemos que al norte de la frontera no esta una benéfica cofradía de penitentes sino una banda terrorista financiada, controlada, armada y entrenada por uno de los regímenes más criminales del planeta, a pesar de todo eso, cuando estalle una guerra en el Líbano que ahora parece más cercana que nunca la culpa volverá a ser de Israel.
Los bienpensantes europeos y la izquierda antioccidental hablarán de genocidio, Sánchez se colocará del lado de los terroristas y quién sabe si reconocerá un Estado Hezbolático; Borrell vomitará sus discursos antisemitas en la UE y en las manifestaciones se gritarán consignas sobre el exterminio de los judíos, levemente disfrazadas de alegatos propalestinos.
La verdad no va a arruinarle al antisemitismo mundial una buena campaña de propaganda, pero aunque parezca débil frente al envite de los fanáticos, seguirá siendo una verdad como un templo y algunos seguiremos diciéndola en voz tan alta como podamos. Y la verdad es que Israel sólo se está defendiendo y, además, tiene todo el derecho a hacerlo.
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