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Pedro de Tena

España descompuesta

Cuando hasta en el funeral de doña Concha Velasco hay tumulto, es que España está muy descompuesta de nuevo.

Cuando hasta en el funeral de doña Concha Velasco hay tumulto, es que España está muy descompuesta de nuevo.
Santos Cerdán, muñidor de los acuerdos junto con Bolaños, felicita al presidente ante decenas de fotógrafos. | EFE

Cuando hasta en el funeral de doña Concha Velasco hay tumulto, es que España está muy descompuesta de nuevo. Quizá la esencia de España, si es que hay esencia alguna, es la descomposición. Muchos coincidimos en que el pudridero nacional no está en el Monasterio de El Escorial, sino en la paranoia absurda de unos partidos políticos por serlo todo, representarlo todo, ocuparlo todo y mandarlo todo y sobre todo, cuando, como su nombre indica, son meramente partes de algo más grande. Pero inclinarse ante lo que es más grande que uno no es humildad frecuente, como no lo es ser sensible al reconocimiento de la sensatez, la tolerancia y la verdad.

No hace falta ser un analista político o un estratega cotizado para comprender que cuando un presidente del gobierno en funciones pierde las elecciones ante el líder de la oposición puede hacer dos cosas: dejar gobernar al vencedor –como hizo Felipe González en 1996– o hacer una coalición de partidos cuyos voto sumen suficiente para impedirlo. En la democracia española, ambas opciones son posibles legalmente, pero una de ellas, por rocambolesca, oportunista y esperpéntica, género teatral del gusto de Pedro Sánchez, descompone más que compone. Que un político elija descomponer a toda una nación para presidir un gobierno, ya dice mucho del afán depredador del personaje y de sus socios.

Pero lo que hace que España esté muy descompuesta, e incluso hedionda, es la enfermedad legal y moral que nos aflige. Democracia se dice de una organización política según la cual unas reglas de juego aceptadas por todos permiten diferentes opciones de gobierno que se alternan pacíficamente en el tiempo. Desde el gobierno, los mayoritariamente preferidos deben desarrollar sus proyectos teniendo en cuenta el límite de su peso político en votos ciudadanos, el reglamento convenido, la estructura institucional derivada y el compromiso de no impedir la libertad del ejercicio de la oposición. Simplificando, claro.

Cuando un partido o coalición logra una mayoría absolutísima, pongamos por caso 202 escaños sobre 350 posibles, puede desarrollar su proyecto con amplitud siempre que tenga en cuenta que una buena parte del país no les ha votado, que los reglamentos convenidos no se cambian a mitad del partido, que las instituciones deben ser respetadas y que la libertad de la oposición enriquece a todos, incluso al gobierno. Cuando se confunde una mayoría parlamentaria, por absoluta que sea, con una mayoría "constitucional" que permite alterar las reglas de juego sin acuerdo de la oposición y sus elementos fundacionales, se va de camino al pudridero. El viejo PSOE, mucho más respetuoso que el actual, inició esta peregrinación por su desprecio a la democracia "burguesa" o "formal" y a la división de sus poderes.

Desde la llegada al gobierno de Jose Luis Rodríguez Zapatero, se adivinó la intención expresa y declarada de dejar de vivir los unos con los otros para, no ya coexistir los unos junto a los otros, sino revivir los malos tiempos donde los hunos iban contra los hotros por el mero hecho de disponer de recetas diferentes para resolver los problemas nacionales. Con los golpes de Pedro Sánchez, primero golpe en su partido, luego golpe (moción fraudulenta) de censura y ahora finalmente golpe de Estado dispuesto por escrito junto a sus compinches anticonstitucionales, somos ya demasiados, incluso no pocos socialistas, los que coincidimos en que España se está descomponiendo porque la libertad y la solidaridad de personas y territorios se está desbaratando por interés de un sátrapa.

Además, se están falsificando las normas democráticas de uso común que expresan que un gobierno no puede cambiarlas sin contar con la oposición y se están desautorizando, anulando o liquidando las instituciones que deben impedir que poco más de la media España votante, 12,38 millones se imponga totalmente a la otra casi media, 11,29 millones, que, además, ha ganado las elecciones, cuenta con mayoría absoluta en el Senado y ha sido más votada en en la mayoría de las provincias y comunidades autónomas.

Por si fuera poco, para conseguir el gobierno, un sanchismo que sólo ha logrado el voto de la tercera parte de los votantes se apoyará en la minoría antiespañola y anticonstitucional que tiene menos del 20 por ciento del total de votos para darle un cambiazo radical a la democracia española surgida de la Transición gritando NO es NO sin más y a la fuerza a quienes discrepamos de esa forma tiránica de actuar.

Hay que estar muy enfermo mental y políticamente, o no creer en la democracia en absoluto, para esperar que por este precipicio se vaya a algún sitio que no sea la descomposición de España. Y hay que estar igual de enfermo para no darse cuenta de que sólo bien unidos y firmes podremos escapar del pudridero al que nos condenan. ¿A qué paraíso llegarán los tramposos con el apoyo felón de prófugos, de filoasesinos, de golpistas y de antidemócratas?

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