
Formo parte de una generación privilegiada que, tras las "hormorales" majaderías de la infanto-adolescencia, tuvo el pensamiento lógico-racional y la ciencia probada, aunque provisional, como elemento vertebrador de sus discursos. Esa misma generación tiene la experiencia histórica asentada y la continuidad de las costumbres demostradamente beneficiosas o perjudiciales para la convivencia como eje razonable de sus conductas. Además, destacaba la buena voluntad de reconocer que si una hipótesis o conjetura casaban mejor con los hechos demostrados, debía elevarse a la categoría de ciencia hasta su destronamiento por teorías no falibles hasta entonces.
Uno se percata de la importancia de lo dicho cuando se invierten los términos. Imaginen una generación que tenga la estupidez y el irracionalismo junto a la extravagancia y la bufonada como fisiología de sus discursos. Figúrense, además, que esa generación desprecia deformando las construcciones históricas plausibles cimentadas en hechos innegables y deducciones razonadas y que, por si fuera poco, desdeña la conservación de lo tradicional que lleva siglos funcionando mejor que peor o aspirando sensatamente a funcionar.
No es que sea uno un ingenuo candoroso que crea sin más que el socialismo "científico" fuera un intento generoso de ajustar las ideas y los proyectos a unos hechos considerados fuertemente asentados, como si la mentira deliberada no haya sido nunca aliada de la sed insaciable de poder. No, no. Como sus fundadores definieron bien, eran conscientes de enarbolar no una verdad científica sino una ideología, parcial, incompleta, relativa o accidental.
Aun así ya sabían que en su época "no molaba" presentar su proyecto político como irracional y al margen de la ciencia. Al contrario, comprendieron que lo que no se exhibiera en nombre del rigor y las pruebas, no sería creído ni validado. De ahí su camuflaje cientificista y sus bombas dialécticas contra todo discrepante, ya fuese por explotador, utópico, reaccionario, filisteo, burgués o capitalista. Pero el muñeco socialcomunista debía vestirse de manera hábilmente maquillada por la apariencia científica y los valores morales admitidos (justicia social, sobre todo, democracia real, apocalipsis salvíficos y felicidad general).
Aunque nadie podía tragarse las idioteces "dialécticas" del Anti Dühring de Engels, hasta el Lenin al que los hechos no le importaban si no casaban con sus doctrinas, vestía sus peroratas materialistas contra el empirocriticismo con un lenguaje que, al menos, sembrase la duda por simular racionalidades ajustadas a lo conocido. Los socialcomunistas siempre han querido mostrar maneras bendecidas por algunos hechos y argumentos. Hasta Stalin vestía decorosamente sus ideas criminales.
En España ese afán se ha notado menos porque la fe del carbonero, violenta y simplista, de muchos de sus dirigentes en sus nuevas verdades "bíblicas", con pocas excepciones, impuso desde Pablo Iglesias a La Pasionaria predicaciones laicas sustituyentes de las originales religiosas. La pretensión científica quedó asfixiada por el dogma político disciplinario.
Tras la muerte de Franco, comenzó a vislumbrarse que, tras el disfraz racionalista y ético de creencias no demostradas como beneficiosas con el Muro de Berlín encima, no había otra cosa que poder y capricho y mercedes y privilegios para la masa de fieles de lo que ya iba pareciendo una secta sin raíces en meditaciones ordenadas y propuestas razonadas. Por poner un ejemplo andaluz, lo que quedó de la Caja de Ahorros única andaluza y andalucista, palanca electoral del PSOE durante décadas, sólo ha quedado la Caixa catalana y algún cipayo local subido en sus euros. Ciencia y justicia puras. ¿Y el dinero de los impositores andaluces? Ah…
A pesar de los ERES y la ristra de chorizadas –eso de que a un hotel de la familia Calviño le presten 13,5 millones de euros públicos se parece demasiado a lo de Chaves y su hija, salvo en que este papi se lo regaló por la cara a la empresa de su niña—, nunca se había visto un espectáculo amoral y fétido tan descarnado como el que estamos viendo hoy con el sanchinfantilismo perverso que usa el dinero, la ley, las costumbres, la patria, la Constitución y lo que sea como moneda de cambio para comprar voluntades y llenar bolsillos.
Si en esta degenerada izquierda hubo alguna vez algo de estudio y razonabilidad, ha desaparecido del mapa de la vieja piel de toro a punto de ser descuartizado por unos perversos polimorfos, herederos de asesinos unos y de racistas irracionales otros. Y los que quedan en ella con cierto sentido del ridículo y de la nación a la que pertenecen, en vez de razonar para que alguna vez podamos convivir todos, cobardean en tablas para no parecer socioliberales.
Corolario: nunca lo que llamamos las "derechas" han tenido la oportunidad de elaborar un discurso nacional razonado tan necesario para la supervivencia de España. Pero ni siquiera se ponen de acuerdo en exigir en serio elecciones anticipadas a la vista de la infame mercantilización política, institucional y moral que sufrimos. No sé qué hacer, la verdad.
