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Santiago Navajas

Nunca un beso fue tan vándalo y salió tan caro

Lo peor, porque denota el infantilismo existencial que subyace a su ingenuidad medioambiental, es que pretenden que no les juzguen por ello.

Lo peor, porque denota el infantilismo existencial que subyace a su ingenuidad medioambiental, es que pretenden que no les juzguen por ello.
Activistas climáticos vandalizan Los Girasoles, de Van Gogh. | Archivo

Ahora, un Monet en Lyon; antes, un Goya en Madrid, un Leonardo en París, un van Gogh en Londres, de nuevo Monet en Potsdam, Vermeer en La Haya, Warhol en Camberra, Picasso en Melbourne… Los ecologistas radicales no solo han arrojado diversas sustancias, de pintura a sopa, sobre dichas obras maestras, sino que también ha causado daños a monumentos como el Palazzo Vecchio en Florencia y el Congreso de los Diputados en Madrid. A cualquiera que hiciera esto se le calificaría de vándalo, pero ellos prefieren autodenominarse "luchadores por el clima". En periódicos como El País les dan cancha para que uno de ellos presuma de que "tampoco es importante si rompemos o no el cuadro". Así entrenaban los de ETA a las nuevas generaciones de aspirantes a Josu Ternera, quemando contenedores para que se hicieran inmunes a la violencia. Cuando finalmente pase algo irreparable en esta lógica disparatada y endemoniada de hacer el mal para conseguir un bien, todo serán editoriales sobre cómo pudimos llegar a esta situación por parte de los mismos que hoy les ríen las gracias y los justifican.

Los activistas climáticos suelen decir que los llevan a juicio por protestar, pero en realidad es por causar daños al patrimonio cultural. A la barbarie le suman la hipocresía. También el rapero Valtonyc decía que la Justicia española pretendía juzgarle por cantar, cuando en realidad estaba acusado de delito de amenazas, injurias a la Corona y enaltecimiento del terrorismo… cantando. Es como si un asesino dijese que le enchironan por apretar el gatillo y que la criminal es la bala. En el mejor de los casos, tenemos que pagar la limpieza de su narcisismo moral, su irresponsabilidad política y su banalidad activista. En el peor, se puede producir un daño irreparable a una riqueza artística que forma parte también del ecologismo auténtico, aquel que cuida, no daña, conserva lo valioso y no hace ostentación de fanatismo virtuoso, el peor de los vicios.

Un ejemplo de protesta moral legítima lo protagonizó un capitán del ejército inglés que arrojó al Támesis la corona de flores que había colocado Ribbentrop ante la tumba del soldado desconocido inglés. Pero lo que da grandeza cívica a la protesta del oficial británico es que inmediatamente después de perpetrar su desaire al gerifalte nazi, se presentó ante la policía para autodenunciarse. La libertad de expresión no ampara el insulto y tampoco la descortesía. Tampoco el derecho para protestar respalda el vandalismo, el sabotaje y los atentados terroristas.

Es sintomático que los activistas climáticos se dediquen a destrozar patrimonio cultural en lugar de, por ejemplo, llevar a cabo acciones como huelgas de hambre. Pero lo peor, porque denota el infantilismo existencial que subyace a su ingenuidad medioambiental, es que pretenden que no les juzguen por ello. En una democracia liberal, incluso los científicos que ejercen de vándalos no están por encima de la ley. Es el caso de los investigadores que en abril de 2022 realizaron una acción de "desobediencia civil" en la puerta del Congreso para alertar por lo que denominan "emergencia climática". La "acción" no consistió en quemarse a lo bonzo, como hizo el monje budista Thich Quang Duc, o donar todo su patrimonio a los transeúntes, como hizo Wittgenstein con los artistas, sino en ensuciar el Congreso de los Diputados. Dicho ataque contra el patrimonio histórico nos costó 3000 euros en limpieza, para lo que se necesitó equipo especial. Que hablen en nombre de "la ciencia" muestra que la consideran una secta donde no hay debate y sí violencia.

Hay que destacar que los Museos se han puesto de parte del vandalismo climático, poco menos que empujando a que los ecologistas radicales vandalicen obras de arte. En el comunicado de la Internacional de Museos se cuidaron muy mucho de condenar explícitamente la kale borroka ecologista. Los Museos tienen miedo de significarse y ser demasiados explícitos en su condena a los bárbaros, no vaya a ser que intensifiquen sus ataques contra aquellos que muestren el coraje de plantar cara a los violentos. Algo parecido a lo que sucedió con los eminentes cocineros vascos que nunca dijeron ni una palabra en contra de los terroristas, no vaya a ser que les estropeasen el brillo de las estrellas Michelin con la mugre de las ikurriñas manchadas de sangre y las pistolas humeantes de nacionalismo y marxismo. Además de los daños en limpieza y restauración, también los ciudadanos nos enfrentamos al gasto de incrementar los guardias de seguridad y los policías de paisano que ahora son los más fieles admiradores de Las Meninas, el Guernica y el retrato de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni.

Los ecologistas vándalos que usan su acreditación de científicos para tratar de evadir su responsabilidad nos recuerdan que destacar en un campo técnico no es garantía de excelencia en el resto de sus actividades y, mucho menos, en ser modelos de probidad moral y ejemplaridad política. Heidegger y Sartre eran grandes filósofos, pero no dudaron en apoyar los peores totalitarismos y en justificar los más atroces crímenes ideológicos. Sin duda, dichos activistas con carnet de científicos deben pagar el coste de la limpieza, una multa por atentar contra el patrimonio cultural y la pena de cárcel. Un año y pico como pide el fiscal seguramente sea demasiado, teniendo en cuenta que a la sufragista británica que asestó varios cortes a la Venus de Velázquez en Londres (y no me gustaría estar dándoles ideas a estos herederos de la hoz, el martillo y el piolet) solo fue condenada a tres meses de cárcel. Otra mujer, más estética que política, besó un cuadro blanco de Cy Twombly en Aviñón. Su intención era amorosa y artística. Sin embargo, el juez de turno, incorruptible al hechizo de Eros y Musas, la condenó a 1.500 euros de multa y 100 horas de trabajos sociales. Lo que parecería una buena sanción para los bárbaros librescos, que se dediquen a borrar los grafitis gamberros de las calles de Madrid (seguramente muchos de ellos perpetrados por ellos mismos). Igual así se les ilumina la mente y la próxima acción por el clima se dedican a limpiar en lugar de ensuciar, contribuyendo de este modo a que el ecologismo de izquierdas pase de ser infame a ser civilizado.

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