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José T. Raga

No hubo diez justos

Todos los injustos, por disciplina, o por conciencia, votaron, uniformemente, como injustos.

Todos los injustos, por disciplina, o por conciencia, votaron, uniformemente, como injustos.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, acompañado por ministros y diputados del PSOE en la sesión de control del Congreso. | EFE

El pasado jueves catorce fue, para muchos, una jornada de reflexión, de dudas y de esperanzas, que se dilucidarían cuando se comunicara el resultado de la votación, en el Congreso de los Diputados, del Proyecto de Ley de Amnistía.

Los votantes, cabría clasificarlos en dos grupos: los amantes de la Ley vigente, la que el pueblo votó en 1978 para regirse en paz y armonía, que llamaríamos justos, pues amaban la justicia que emanaba de aquel orden, y el grupo que pretendía quebrantar el orden establecido, conformando una nueva ley que, en parte, contradecía el texto anterior, los que llamaríamos injustos.

A todos, justos e injustos, se aplicaría el resultado, sin consideración a sus objetivos específicos de justicia, de paz, de convivencia, lo que implicaría necesariamente que, aprobada o rechazada la ley, sería castigo para unos, y complacencia para otros.

Las previsiones de qué harían los votantes, parecían muy claras, si bien, sólo los votos realmente depositados durante la votación, arrojarían el resultado final.

El pueblo, en aquella fecha y en las anteriores, contabilizaba las probabilidades de los justos, como de los injustos, mientras que, la oficialidad política, consideraba triunfante –ab initio– al grupo de los injustos.

El que escribe estas líneas, parte del pueblo, hacía lo propio, preguntándose si podía ocurrir que alguno de los considerados integrantes del grupo de los injustos optase, en aras de su libertad –condición esencial para un voto responsable–, por la decisión justa, contraviniendo a la oficialidad; es decir, la permanencia de aquella voluntad expresada en 1978. Resultado: todos los injustos, por disciplina, o por conciencia, votaron, uniformemente, como injustos.

Como además de pertenecer al pueblo afectado, acudo con frecuencia a textos bíblicos buscando luz, me sentí identificado con Abraham, en su diálogo con Yahveh (Dios), respecto a los pueblos de Sodoma y Gomorra sobre los que Yahveh dice: "El clamor de Sodoma y Gomorra es, en verdad, muy grande, y sus pecados se han agravado mucho; voy a bajar y veré si lo han hecho todo conforme a la queja que hasta mí ha llegado, o si no, yo lo averiguaré" [Gn. 1820].

Ante semejante riesgo, Abraham intercede por los justos de ambos pueblos replicado: "¿Es que vas a perder al justo con el malvado? Quizá haya cincuenta justos en la ciudad..." [Gn. 1823-24]. Contestando Yahveh: "Si hallare en Sodoma cincuenta justos en el seno de la ciudad, por consideración a ellos perdonaré a todo el lugar" [Gn. 1826].

Insistió Abraham: "… y si faltasen a los cincuenta justos cinco… quizá se encuentren allí cuarenta… treinta… veinte… ¡quizá se encuentran allí diez!... No la destruiré por amor de los diez". [Gn. 18 28-33].

Situado en la posición de Abraham, me preguntaba: ¿No habrá diez justos, entre los injustos, que apuesten por la justicia, y no menoscaben la voluntad de los que votaron en 1978?

El recuento de los votos, me trajo a la dura realidad: el castigo que Dios prometía no administrar, si sólo hubiera diez justos en Sodoma.

Porque no hubo diez justos, entre los injustos del Congreso de los Diputados.

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