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Santiago Navajas

Lo que queda del País Vasco

No solo se ha perdido la cultura política liberal básica, la que atiende a los derechos y la defensa de las minorías, sino también los principios éticos básicos.

No solo se ha perdido la cultura política liberal básica, la que atiende a los derechos y la defensa de las minorías, sino también los principios éticos básicos.
Europa Press

El pueblo vasco ha hablado. Y hay que reconocer que lo tiene claro. También que es coherente. Lo de que unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces se sigue practicando en la tierra donde Arzallus hacía de gudari bueno y Otegi de gudari malo. Hagamos un poco de memoria histórica. El 30 de diciembre de 1978, tras el asesinado días antes de Jose Miguel Beñaran, Argala, carismático dirigente de ETA, se guardó un respetuoso minuto de silencio en San Mamés antes del partido Athletic-Atlético de Madrid. Arzallus dijo que a pesar de las diferencias, el etarra era uno de los suyos. En reciprocidad, Otegi dijo que el aita del PNV era uno de los suyos. En la Gran Familia vasca, como en El Padrino, pero con ocho apellidos vascos en lugar de sicilianos, los trapos sucios, sobre todo los manchados de sangre, se limpian en casa.

Traducido a 2024 quiere decir que tras la pantomima de las elecciones, han ganado tanto el PNV como Bildu, los nacionalistas. Y que han perdido los partidos constitucionalistas, los españoles, lo que queda del País Vasco y lo que resta de España. Nada que objetar a los soberanistas xenófobos, los descendientes de Sabino Arana (que debe ser el único racista orgullosamente autoproclamado al que dedican avenidas y plazas) y la violencia latente en sus siglas: siguen sus costumbres y aunque no las respetemos tenemos que tolerarlas porque, qué le vamos a hacer, no somos como ellos y creemos en sociedades abiertas, plurales y en libertad. Incluso respecto a racistas y supremacistas declarados como ellos.

Lo que sí deberíamos plantearnos los españoles del País Vasco y el resto del país es por qué le estamos entregando el país en bandeja de plata a los que sueñan con destruirlo simplemente porque le viene bien electoralmente al PSOE y Pedro Sánchez, cada vez más devorados por un autoritarismo y populismo implícitos.

Decía Stalin en 1947 que:

Algunos llaman totalitario al sistema soviético. Los nuestros llaman al sistema estadounidense capitalismo monopolista. Si empezamos a insultarnos con "monopolista" y "totalitario", eso no conducirá a ninguna cooperación.

De manera semejante, la izquierda española evita, cuando le conviene, tildar de terrorista a ETA y filoterroristas a los que abandonaron las armas por cálculo electoral, no por convicción ética. Siete escaños que garanticen un gobierno bien vale una misa en euskera, debe de pensar Sánchez. Por ello, desde el acomodaticio centro socialdemócrata se proclama algo semejante a lo que dirían los protagonistas de Lo que queda del día, la novela de Ishiguro que llevó al cine James Ivory con Anthony Hopkins y Emma Thompson en los papeles respectivos de mayordomo y ama de llaves:

En lugar de echar la bronca a los alemanes por "votar mal", alguien debería tratar de comprender lo que está pasando en Alemania sin apriorismos y armar una oferta política que sea capaz de articular un relato alternativo al nazi.

Lord Darlinghton, el aristócrata inglés que trata de que su país pacte con los nazis, obliga a su mayordomo a echar dos empleadas por el mero hecho de ser judías. Sin embargo, el ama de llaves se planta:

—Le advierto, mister Stevens, que no pienso seguir trabajando en una casa donde pasan estas cosas. Si echan a estas dos muchachas, yo también me iré.

—Miss Kenton, me sorprende que reaccione usted de este modo. No creo que deba recordarle que en nuestra profesión no debemos dejarnos llevar por nuestros sentimientos y debilidades. Nuestra obligación es acatar los deseos de nuestro patrón.

—Le digo, mister Stevens, que hará usted muy mal si despide mañana a esas dos chicas. Cometerá un pecado muy grave. Y, además, le aseguro que me iré de esta casa.

La sumisión de centristas, socialistas, buenistas y demás apaciguadores ante Bildu muestra que no solo se ha perdido en el País Vasco y en la mayor parte de España la cultura política liberal básica, la que atiende a los derechos y la defensa de las minorías, sino también los principios éticos básicos. Estamos tan anestesiados moralmente que la misma noción de pecado se ha desvanecido en el horizonte del consumismo banal, el pactismo cobarde y el mirar a otra parte. La paz que hoy reina en el País Vasco es la de los centros comerciales, los desiertos y los cementerios.

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