
Marta Ferrusola, madre de los siete hijos de Jordi Pujol, también "madre superiora" de su lado menos honorable, acaba de fallecer y se vuelve a hablar mucho de ella justo cuando otra mujer de presidente, Begoña Gómez de Sánchez, está en el ojo del huracán.
¿Son comparables Marta y Begoña y sus circunstancias? Siempre he pensado que la consorte es el espejo del alma de un político. Ya, ya: podría haber escrito la/el consorte de una/un polític@. Pero aparte de que ya cansa tanto papel de fumar para tan poco tabaco, no todas las verdades humanas son unisex. Yo creo que en general te da más información de un líder político su mujer, que de una lideresa su marido o novio. Así sea porque hay más mujeres que buscan un poder vicario a través de "sus" hombres, que al revés. No digo que no exista ningún caso. Digo que es más raro.
Hay compañeras impecables de hombres muy poderosos. Las hay no tan impecables pero que se conforman con aprovecharse "lo normal": protagonismo público excesivo, honores discutibles, meterse donde no las llaman. Las hay un poco más insaciables que se hacen regalar collares de perlas de cien en cien (que no del todo a cien) y hasta pazos enteros, o, más modernamente, se hacen enchufar ellas y sus másters como si no hubiera un mañana ni una ley que regule los límites de esto de ser consorte. Que por desgracia no la hay.
Volviendo al espejo del alma. Para saber qué pensaba de verdad Jordi Pujol de algunas cosas, había que mirar qué decía o qué cara ponía Marta Ferrusola. Marta se adelantó más de tres décadas a la alcaldesa de Ripoll y jefa de Aliança Catalana, Silvia Orriols, y al actual sector duro de Junts per Catalunya, en lo de criticar a tumba abierta a los inmigrantes "que en catalán sólo aprenden a decir, dame de comer y dame un piso". Según ella, su marido estaba "harto de dárselos" y la mismísima Cáritas debería replantearse su labor social y "pagarles el billete de vuelta a su país". Imagínense qué diría ahora del reparto de los menas.
La noche de la famosa cena del pacto del Majestic, Pujol llegó tranquilo, circunspecto, muy en plan Español del Año. Colgada del brazo llevaba a su señora de negro de pies a cabeza como para un entierro de los Corleone en Sicilia. Sólo le faltaban la mantilla y la escopeta. La rabia que le daba lo que estaba a punto de suceder era tan visible que casi le saltaban chispas del moño. Por cierto, al final salió de aquella cena mucho más relajada, porque Ana Botella le causó mejor impresión que Carmen Romero, a la que siempre consideró una progre insustancial.
Pero Marta Ferrusola no tenía demasiado que ver con ninguna de estas dos consortes, y tampoco demasiado con Begoña Gómez. A mí me recuerda mucho más, infinitamente más, a Irene Montero, la "madre superiora" de Pablo Iglesias.
Nadie ha podido demostrar nunca -de momento- redes de corrupción podemitas comparables a las que llevaron al partido de Pujol (y de Ferrusola) a tener sus sedes embargadas. Por lo demás, Ferrusola y Montero, Irene y Marta, tanto monta, monta tanto, con todas sus aparentemente abismales diferencias ideológicas.
Las dos muy radicales de lo suyo y de lo de los demás, muy partidarias de cancelar de la vida pública a quien les llevara la contraria. Las dos con más ambición que preparación o demasiado impacientes para dedicar el tiempo que de verdad lleva tenerlo todo en la vida: carrera propia, marido importante, hijos. Los siete de Marta eran un montón incluso para su época, pero qué decir de los tres de Irene, en un momento en que la natalidad se desploma y muchas mujeres ven casi imposible conciliar.
Cuando empezaron a circular rumores sobre posibles infidelidades de Pujol, yo no sé Ferrusola qué pensaría o sentiría. No estaba yo en su cabeza. Ni en su corazón. Si estaba delante el día que, en una de tantas visitas electorales a mercados, una pescadera va y le suelta: "dígale al president que se porte bien". ¡En público! Ferrusola se quedó más lívida que la noche del Majestic. Menos de una semana después, se hizo entrevistar en la radio por Odette Pinto, y en directo negó que su marido tuviera amantes. Traducido al cristiano: que aunque las hubiera tenido o tuviere, yo aquí sigo. Y siendo la que manda. Algo parecido, en versión moderna, hizo Irene Montero aferrándose en rocoso silencio a su ministerio y a sus tres hijos (la pequeña, aún lactante…) mientras Pablo Iglesias iba, venía y daba que hablar. Digo yo que hay cálices más fáciles de apurar si eres católica, apostólica y romana. Por qué harán las comunistas exactamente lo mismo, es un misterio. O no.