
Debo confesar que, en las primeras horas, yo también dudaba, yo también tardé en dar por "bueno" el intento de asesinato de Donald Trump. Es que era todo muy raro. Más en un país que, desde la muerte de Kennedy, se supone que no bromea con esas cosas. Tienen un museo entero en Dallas dedicado al tema. Y yo tenía mis reservas.
No es que ya no tenga ninguna. Sigue intrigándome esa gorra roja anclada a la cabeza de Trump cuando una bala acaba de impactarle en plena oreja. Cuando el expresidente se agacha, la gorra se agacha con él, firme e inverosímil como el sombrero de John Wayne en los westerns, da igual la velocidad a la que cabalgue. Al levantarse Trump, en cambio, ya no hay gorra. En fin. Pero poco a poco me he convencido de que posible, sí es. Quizás incluso simbólico de cómo están los Estados Unidos ahora mismo por dentro.
No es que nunca hayan estado tan bien como nos gusta pensar cuando vamos al cine o nos juntamos para celebrar el Desembarco de Normandía. Momento glorioso. Pero no tanto. Nuestros queridos americanos, en realidad, llegaron a la Segunda Guerra Mundial ni siquiera a los postres: directamente al café. Que le pregunten a Churchill cuando angustiado les pedía ayuda para parar a Hitler mucho antes.
Los hechos son que, desde la guerra civil americana, Estados Unidos no sabe ni quiere saber lo que vale un peine. Llega a los grandes conflictos internacionales tarde, mal y a menudo con un desconocimiento escalofriante de la realidad sobre el terreno. Así les fue en Vietnam, en Afganistán y en Irak. De lo que se cocía en Irán a la salida del sha no tenían ni idea y de lo que de verdad pasaba tras el Telón de Acero que ellos mismos contribuyeron a erguir, menos. Fue la URSS quien de verdad puso el músculo (y muchos litros de sangre) para derrotar al nazismo, y por eso la Segunda Guerra se gana a medias, de Berlín Occidental para este lado. De Berlín Oriental para allá, la gana Stalin, al que por eso mismo se permitió lo que se le había impedido a Hitler. Hicieron falta dos bombas atómicas para sentenciar el siglo XX como lo quisimos entender. Pero ahora la bomba atómica la tiene mucha gente.
Que la propaganda rusa vuelve a ir como un tiro lo acredita que incluso personas inteligentes te puedan decir, para elogiar a Trump, que bajo su presidencia USA no emprendió ni una sola guerra. Pues menudo honor para una presunta superpotencia mundial… visto cómo va todo. En Ucrania. En Yemen. En Israel. Me ha hecho hasta gracia ver a SuperTrump en la Convención Republicana de Milwaukee ponerse "serio" con los terroristas de Hamás si no sueltan a los rehenes del 7 de Octubre antes de que él retorne a la Casa Blanca. ¿Pues qué va a hacer? ¿Mandar armas? ¿Mandar flores? ¿Ponerse a jugar a las "primaveras árabes", como Barack Obama?
Los republicanos norteamericanos son aislacionistas; los demócratas son hipócritas y cobardes. Dicen una cosa y hacen otra. Por ejemplo, Joe Biden. ¿De verdad se estaba aferrando a la nominación, o lo que intentaba, él o quien detrás de él mueva los hilos, era influir en el proceso ya en marcha para sucederle? ¿Va a ser Kamala Harris —de la que dicen que también podría tener algún problema incapacitante de salud— o Michelle Obama? Que esto por momentos ya recuerda a la crisis de ERC en Cataluña.
En Europa muchas personas siguen pensando en los Estados Unidos como en el sheriff del mundo libre, cuando hace mucho que ni pueden, ni quieren. Son un gigante con los pies de barro. Estamos tanto o más solos frente a Putin (y otros) de lo que Churchill lo estuvo frente a Hitler cuando, para devolver a los soldados británicos atrapados en Dunkerque, sin perder su flota y con cero ayuda americana, tuvo que recurrir a una miríada de embarcaciones privadas y civiles. Ese emocionante vuelco humano a una derrota militar fue su primera gran victoria moral. El resto es Historia. Mal contada y peor conocida, pero Historia.
En resumen: los que a pesar de todo "vamos" con los americanos, porque lo demás es pavoroso, quizás haríamos bien en irnos poniendo las pilas y comprendiendo que sólo el ojo del amo engorda el caballo de la libertad. Yo no sé si estamos para explicarle a la gente que hay que incrementar el gasto en Defensa, considerar a lo mejor una reintroducción del servicio militar obligatorio —más para entrenar las mentes que los cuerpos; los ejércitos modernos tienen que ser profesionales—, y dejar de confundir los éxitos de la selección de fútbol con los del país. Donde Trump pone la oreja, nosotros tenemos que poner el alma.