
En 1983 el ilusionista estadounidense hizo desaparecer la Estatua de la Libertad. Consiguió que el público que asistía a su espectáculo en directo y los miles que lo seguían por televisión viesen lo que él quiso que vieran. Una plataforma giraba imperceptiblemente y al levantar el forillo la estatua había desparecido… del ángulo de visión que se les presentaba. Fue un engaño, un truco que pasó a la historia de la magia.
Puigdemont no es Houdini liberándose de unas cadenas. Es Copperfield creando ilusiones —la república que aparece y desaparece; los votos que encandilan a Sánchez con una legislatura sin muchos sobresaltos y que ¡zas! se esfuman—. Su paseo hacia el Parlamento ha sido otra ilusión. Se ausentó educadamente frente a nosotros para no molestar y los Mossos, después de provocar un gran atasco para cubrir el expediente, levantaron la ‘Operación Jaula’ y se fueron a celebrar su éxito, que como todo el mundo sabe consistía en no detenerle.
Afortunadamente, los servicios de inteligencia del Estado se han librado del bochorno. Recordarán ustedes que a finales del año 2022 se publicaron varias informaciones alertando de que el CNI desmantelaba los equipos que vigilaban al separatismo radical en Cataluña y País Vasco. La Guardia Civil está de perfil por orden de la superioridad y el ‘patriótico’ comisario Villarejo es tertuliano discontinuo en RAC1.
Pero, a diferencia de Copperfield, Carles Puigdemont no engaña. No es un trilero como sus interlocutores socialistas. Se le puede achacar que sea un poquito ilusionista. Quizá. Pero ¿qué es un pueblo subyugado sin ilusión? Con los intérpretes de sus actos, en especial los tertulianos —a cada cual más enterado—, le sobra y basta para crear confusión.
Afirmó que quería ejercer sus derechos como electo y diputado del Parlamento de Cataluña y los ejercerá. No le quieren creer pero él lo intentará frente a una policía catalana que ya está advertida por Pilar Rahola: "Hoy es el día en que el consejero de interior —Joan Ignasi Elena— dimite del cargo antes de pasar a la historia como el hombre que ejecutó la orden de detener al Presidente". Ayer jueves cumplió la primera fase de su compromiso y a las 9 de la mañana se dirigió a una muchedumbre que le esperaba arrobada a los pies del estrado que Junts instaló bajo el Arco del Triunfo. Aunque ustedes piensen que es un payaso —y con ello no acierten al analizar sus actos—, Puigdemont es un símbolo y actúa en consecuencia. Encarna para sus fieles la resistencia frente a la represión del Estado contra la Generalitat. Si se entregase o negociara su detención, habría claudicado. Los símbolos no se rinden. Eso lo hacen los botifler de ERC. Por algo más de 155 monedas en esta ocasión.
Acostumbrados al engaño que practican los dirigentes del PSOE, a que nada vale la palabra dada y menos la del presidente Sánchez, resulta turbador estar frente a un personaje que, en su coherente delirio, sonroja a muchos. ¿Qué ha querido decir con estas palabras que dirigió al hatajo disparatado que le vitoreaba?: "En los días difíciles, tenemos que estar juntos, como nunca. No sé cuánto tiempo pasará hasta que volvamos a vernos…". ¿Creen ustedes que ha regresado para huir? Sería chusco, pero sin gloria. ¿O intentará cumplir con su compromiso de ejercer sus derechos como diputado de la Cámara catalana? La respuesta es posible que la sepamos cuando se publique este artículo. Yo he apostado con algunos amigos que tienen información de la buena, que se personará para votar. Ellos dicen que no. Por ahora sirva saber que el desaparecido no ha cedido su voto. Veremos.
Hace unos meses le pregunte a Nazaret Hermida, una amiga astróloga y además gallega, acerca de la personalidad de Puigdemont. Viene a cuento recordar su descripción: "La dicotomía que se da en su carta astral muestra que son sus propios enemigos los que le hacen brillar o elevan. Y esto tiene una trascendencia mayor por cuanto le pone ante una decisión trascendente: ‘¿Me sacrifico por mi creencias, por el pueblo, o me retiro y renuncio a todo lo anterior?’. Esta puede ser una constante interrogante en su vida". En el PSOE están intoxicando a quien se deja con la idea de que Puigdemont estaría preparando su retiro. Quieren creer que el sucesor sería maleable. Un convergente más. Otra ilusión más, como la del pesoe bueno.
En su discurso en la primera sesión de investidura, Alejandro Fernández, el líder del PP catalán, se preguntó qué tenían en común Pedro Sánchez y Salvador Illa. Se respondió y los puso de vuelta y medía. Olvidó un detalle: que a ambos los tienen cogidos por sus partes unos independentistas con el agravante de ser catalanes. Lo más grande.