Estos días han pasado muchas cosas que han puesto a prueba nuestras convicciones y templanzas. El brutal apuñalamiento de un niño de 11 años en un pueblo de Toledo desató una oleada de comentarios xenófobos por parte de los que al principio dieron por hecho que el asesino tenía que ser un inmigrante ilegal. Estaba muy reciente la desgracia de Southport, en el Reino Unido, y la oleada de protestas que aquello provocó. También la oleada de críticas a aquellos que habían atizado las protestas en clave étnica, poniendo el acento, no en los hechos, sino en el origen de quién los había perpetrado. Recuerdo que una persona bien enterada de estas cuestiones me escribió en esos días: "Acabaremos viendo cosas así por aquí, por ejemplo, la ciudad de Figueres está al límite". Calma tensa.
Después se supo que el asesino del niño de Mocejón ni tenía otra nacionalidad que la española, ni su acción correspondía a ninguna lógica de las que nos gusta analizar ideológicamente. Descartados el yihadismo y la violencia de género, las grandes etiquetas de muchos ataques que creemos comprender, pero igual no comprendemos tanto como nos figuramos, ¿qué quedaba? ¿El trastorno mental? Ahora la inmensa barra de bar y de "lo que yo te diga" que es España cruza apuestas sobre si el trastornado es el asesino o su padre.
Casi en las mismas fechas, saltó la noticia del asesinato en Cataluña de dos mujeres a manos del hombre que había sido pareja de una y después inició una relación con la otra, que al parecer tocaba a su fin. Disparó a la una, disparó a la otra -para ello tuvo que viajar de una primera localidad a una segunda- y después se suicidó de un tiro en la cabeza. Que el culpable de una barbaridad así fuese un comisario jubilado del cuerpo de Policía Nacional ha hecho correr mucha tinta. Me llamó mucho la atención que la televisión pública catalana, siempre atenta a cuestionar la presencia de policías nacionales y guardias civiles en Cataluña, eligiera ilustrar su información con unas imágenes de este comisario, el día que se jubiló, bajando las escaleras, rodeado de compañeros uniformados que le aclamaban.
¿Tenía intención política poner esas imágenes? Sin duda la condición de policía del asesino de dos mujeres llama la atención y es periodísticamente relevante. Para empezar, explica por qué tenía un arma de fuego, algo que me dicen que el ministerio del Interior hace tiempo que se plantea revisar para los miembros de las FSE jubilados.
Aunque debo decir que casi todas las noticias que he visto y leído sobre el tema evitan el sensacionalismo, las hay que no dejan de deslizar subliminalmente, o a mí me lo parece, una especie de macabra ley de la compensación: si la "ultraderecha" es rápida criminalizando a los inmigrantes de origen musulmán, insinuando predisposiciones a la violencia en todos ellos, y pretendiendo elevar eso a categoría política, pues mira, aquí tenemos un expolicía nacional protagonizando dos horrendos "crímenes machistas". Pongo las comillas no porque yo rechace que existan los crímenes machistas. Es sólo que me pregunto si de verdad lo son todos los que etiquetamos así. Siempre he creído que la violencia de género existe, pero muchas veces su raíz es más patológica que ideológica. Un hombre mata a una mujer, o a dos, ¿porque es hombre, porque fue policía, o porque está trastornado?
En 2016 sacudió la sociedad catalana otro asesinato que también se investigó bajo el epígrafe de violencia machista. Un abogado, juez, periodista, oficial de la Marina mercante y cazador -tenía escopeta por eso-, Alfons Quintà, utilizó esa escopeta para dar muerte a su esposa, de la que se estaba separando, pero que volvió para cuidarle por encontrarse él gravemente enfermo. Después de matarla, se suicidó.
Quintà era un personaje contradictorio, con muchas aristas inquietantes, que empezó intentando chantajear a Josep Pla, de quien su padre era chófer, siguió creándole muchos problemas a Jordi Pujol y acabó fagocitado por este (Pujol era muy bueno haciendo girar a su favor la desmedida ambición de algunos de sus enemigos) para ser primero director de TV3 y después de El Observador, intento pujolista de contraprogramar a La Vanguardia con un diario de obediencia nacionalista, pero en español. Quintà era sin duda capaz de muchas cosas, pero nadie se imaginó nunca que llegaría al punto de asesinar a su mujer. Teniendo en cuenta que, cuando lo hizo, estaba políticamente del lado que estaba, bueno, alguien podría también haberle sacado punta como ahora se la sacan al doble crimen del expolicía nacional.
¿Y si nos tomamos las cosas con calma y con prudencia y extraemos algunas lecciones elementales de todo lo que está ocurriendo? ¿Qué sentido tiene hilar tan fino para supuestos factores de riesgo, como algunos creen que es el mero origen de las personas, su género, su profesión o su acceso a las armas, mientras ignoramos o pasamos por alto, hasta que es demasiado tarde, peligros obvios como el de la salud mental?
Me he pasado la vida, como periodista y más brevemente como política, combatiendo la cosificación y la colectivización de la gente. Rechazo todos los nacionalismos identitarios excluyentes. Me parece que poco o nada tienen que ver con ningún patriotismo, ni con el amor a la tierra, ni a unos supuestos valores culturales superiores que a lo mejor deberíamos en primer lugar revisar y consensuar. Sobre todo antes de envolvernos en esteladas ni en neocruzadas, sean estas más fachas o más wokes, que eso a mí me da igual. Ni me chupo el dedo como los multiculturalistas folklóricos que no ven un salafista o un delincuente multirreincidente cuando lo tienen delante de las narices, ni aceptaré nunca que a un inmigrante haya que ponerle bajo sospecha por el mero hecho de serlo. Hay españoles que matan y magrebíes que no. Hay policías y periodistas que se vuelven locos, y los hay que se mantienen ejemplares y cuerdos. Hay violencia de género, pero sobre todo hay violencia que podríamos evitar si la comprendiéramos mejor. Soltar bulos e infundios no va a evitar una sola víctima. Ser todos más serios y autoexigentes, quién sabe.