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Por qué no se frenará la inmigración ilegal en origen

¿No es un problema sólo para los ultras, como sostiene una parte considerable, casi mayoritaria, de la política y la prensa?

¿No es un problema sólo para los ultras, como sostiene una parte considerable, casi mayoritaria, de la política y la prensa?
Desembarco de 188 inmigrantes a su llegada al puerto de La Restinga, a 22 de agosto de 2024, en El Hierro, Canarias (España). | Eruopa Press

No se puede hablar de inmigración ilegal en España, no porque no exista, sino porque está prohibido. Para empezar, se prohibió calificar de ilegal a la inmigración ilegal. Utilizar hoy el crudo término sitúa automáticamente a quien lo introduce en la ultraderecha. No importa lo que diga; se le mete a empujones en la fea, grosera y xenófoba turba ultra. Y cuantos más cayucos y pateras llegan a nuestras costas, cuantos más inmigrantes intentan forzar su entrada en Ceuta, más prohibido está. Cualquier debate sobre lo que ahora mismo se denomina, bien limado de asperezas, "crisis migratoria", se encuentra lastrado, impedido, cancelado por esta prohibición fáctica.

Lo único de lo que se puede hablar, sin riesgo de que le pongan a uno el sambenito, es de cómo se distribuye a los que llegan y llegarán por las comunidades autónomas, con la notoria excepción de las consabidas. Reducido a cuestión logística el debate migratorio por el propio Gobierno, resulta asombroso que el presidente viaje a Mauritania y otros países africanos para abordar un problema que repetidamente niega. ¿No es un problema sólo para los ultras, como sostiene una parte considerable, casi mayoritaria, de la política y la prensa? ¿No tenemos la obligación de acoger a los que llegan huyendo de la miseria o la guerra? Sánchez debe hacer en África una oferta solidaria de verdad: un puente aéreo para traer a los que huyen del hambre y el conflicto. Es un misterio que los humanitarios acepten y alienten los peligrosos viajes en cayuco y patera - o a través del desierto - donde se producen tantas muertes. Pero es un hecho que los humanitarios sólo se ocupan de los supervivientes.

Qué va a hacer Sánchez en esta gira africana no es, sin embargo, un misterio. Ni es la primera ni será la última. Allí se va a soltar dinero y promesas de inversión a cambio de cierto control de la inmigración que, para no asustar al corazoncito progresista, llaman "luchar contra las mafias". Dónde acaben dinero y proyectos es algo imposible de comprobar, pero sólo los puristas y puritanos se oponen a que se pague a gobernantes corruptos para que hagan algo que nos interesa. Claro que tienen que hacer algo. Hay que exigir un mínimo de eficacia. Y el balance de estos viajes, acuerdos y apaños está siendo lamentable. Aunque quizá no sea culpa de la otra parte.

Ninguna acción restrictiva en origen puede ser eficaz frente a la situación que obtiene, de entrada, el superviviente. Los que logran sortear los peligros, llegan a nuestro país y están recibiendo alojamiento en hoteles y ayudas de las administraciones se erigen, se quiera o no, en la prueba palpable de que vale la pena pagarle al traficante y arriesgarse a morir en el viaje. Después, acabadas las ayudas y la tutela, los habrá que terminen en la calle, condenados a la mendicidad, al vagabundeo y a la exclusión, pero esta parte oscura no llega. Llega la buena nueva: están tocando la riqueza de Europa, viviendo ya en ella. Ninguna promesa de las que haga Sánchez en los países africanos es capaz de contrarrestar este destello luminoso. El intento de reducir la inmigración ilegal en origen es incompatible con la nueva política de acogida.

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