
Se sabía que el régimen chavista había intimidado lo suficiente al candidato al que hurtó la victoria electoral como para conseguir que saliera del país. Cualquiera que tenga una idea de cómo es una dictadura sanguinaria cuando percibe que tiene a la mayoría en su contra, comprende la decisión de un hombre en la tesitura en que se vio Edmundo González. Pero lo que se acaba de saber introduce dos novedades perturbadoras. La primera es que se coaccionó a González para que firmase un documento reconociendo el triunfo de Maduro. La segunda, que en las coacciones estuvo presente un tercer actor que no las impidió. Este tercero se nos había presentado como un generoso garante de asilo para el presidente legítimo, aunque no ha querido reconocerlo como tal. Este tercero, que ha ido de bueno y de guay, no ha sido bueno ni guay ni mero facilitador de la salida. Lo que facilitó es la coacción a la que se vio sometido González.
El episodio se produjo en la residencia del embajador español y como tuvo lugar ahí y con pleno conocimiento de sus superiores, el tercero es el Gobierno de Sánchez. Que dos mandamases del régimen chavista coaccionen a un dirigente de la oposición, es lo propio de una dictadura. Que Maduro y sus secuaces quieran desmoralizar a la oposición obligando a su candidato a marcharse y a reconocer una derrota, entra en el cuadro patológico de la agonía dictatorial. Pero cuando estas operaciones intimidatorias suceden en la residencia de un embajador español, en su presencia y, por decisión de sus superiores, con su connivencia, entramos en otro mundo, en un submundo sórdido en el cual un Gobierno democrático asiste sin problemas al chantaje de una dictadura sanguinaria a un líder de la oposición.
El ministro Albares ha dicho muy encrespado que su objetivo era que la decisión que tomara Edmundo, en la residencia del embajador, "fuera la que él realmente quisiera". Edmundo dice que no tomó la decisión que quería, sino que le obligaron, bajo amenaza, a firmar. Pero, ¿qué nos cuenta Albares? González no pudo tomar ninguna decisión libremente cuando dos sujetos como los hermanos Rodríguez le dicen que firme lo que le ponen delante o, si no, que se atenga a las consecuencias. Consecuencias que se pueden imaginar. Es un episodio propio de una película de gángsters: extorsión a un pobre hombre poco menos que a punta de pistola. Pero aquí el anfitrión del chantaje, el que asiste sin oponerse, sin decir nada —el que calla, otorga— es un representante del Gobierno español.
Sigue el ministro con su patraña. El embajador, dice, "tenía instrucciones de no inmiscuirse en la libertad de Edmundo para poder hablar, gestionar, tener encuentros con quien él considerara". Pero, ¿qué libertad hay bajo la bota de Maduro? Y lo que nos afecta: ¿qué libertad tuvo el líder opositor en la embajada de España? No se le garantizó ninguna libertad. Por instrucción del Gobierno, la embajada española fue la jaula en la que se encerró a Edmundo para someterlo a chantaje.