
Milei, Maduro y, ahora, México. Las tres "emes" de Pedro Sánchez. Un presidente que, cada vez, parece más lejos, como si hablara siempre desde algún lugar distante y distinto a España, tiene ya en su haber una notable colección de crisis diplomáticas. Alguien del PP, Feijóo seguramente, daba a entender a propósito de la última, que algo falla en la diplomacia española cuando no ha sido capaz reconducir la situación. Se puede ver esta cadena de crisis, a la que habría que añadir el conato con Israel, como el resultado de la incompetencia en la cabeza visible de esa diplomacia: el ministro de Exteriores, al que se nombró precisamente tras otro episodio crítico, aquel con Marruecos y Argelia a raíz de la entrada en España de un dirigente del Polisario. En crisis diplomáticas, Albares supera con creces a su predecesora. Pero la hipótesis de la incompetencia no excluye otras.
Andará por ahí la hipótesis benévola, según la cual el Gobierno español no hace nada que justifique que la tomen con él y estas crisis caen del cielo o las provoca siempre el otro, por intereses como los que Sánchez apuntaba en lo de México, de forma vaga: "por el interés político de alguno", vaya por Dios. Aunque fuera así, un país medianamente operativo en sus relaciones internacionales va a detectar con antelación ese "interés político de alguno" que puede traducirse en bofetón, tanto para evitarlo, si le interesa evitarlo, como para tener la respuesta preparada. Pero la pauta que dibujan estos episodios es la de una gran imprevisión: el guantazo coge al Gobierno por sorpresa, incluso cuando lo provoca él mismo, como en el caso de Israel por unas declaraciones fuera de tono, momento y lugar. Después, la pauta se bifurca: o pone la otra mejilla o monta un pollo monumental, como con Milei, para meterlo en la guerra partidista de la semana.
Con el desplante de México han hecho un mix que no acaba de cuajar. La correcta acción de no enviar a ningún representante oficial de España se malogra con un exceso de almíbar, una retórica meliflua para evitar que se molesten los que nos dan el bofetón. Sánchez se ha declarado transido de "enorme tristeza", afectado por una "enorme frustración", perplejo ante el inopinado agravio de un "gobierno progresista" a otro "gobierno progresista". Vaya por Dios, otra vez. ¿Cómo se puede portar mal un progresista con otros progresistas? Vamos a echarnos a llorar. En qué mundo vivimos, donde gobiernos progresistas de pueblos hermanos se ponen zancadillas, en lugar de darse besos y abrazos.
No es sólo la incompetencia. No siempre son los otros. Pese a las giras de Sánchez, pese al intento de hacer de él una figura internacional, no hay una política exterior reconocible. Hay desvertebración, falta de objetivos, ausencia de visión. Es un Gobierno que va dando tumbos, que lo mismo retira a un embajador que permite que una dictadura chantajee a un líder democrático. A un Gobierno que anda así, le da guantazos hasta el último mono.