
Hay más de seiscientos soldados españoles en el Líbano en una fuerza de la ONU que el ministro Albares ha calificado de "misión de interposición". El mandato de esa fuerza viene del año 1978, cuando Israel se retiró del territorio libanés, pero se amplió a raíz de la crisis del verano de 2006. Las Naciones Unidas dicen que el objeto de la misión es controlar el cese de hostilidades y acompañar y apoyar al ejército libanés en su despliegue por el sur del país. En ninguna parte figura que el objetivo de la misión fuese cerrar los ojos al despliegue de Hizbulá en el sur del Líbano, pero eso es exactamente lo que ocurrió.
En la zona que debía controlar la ONU, el grupo armado que dirige el régimen iraní de forma directa, y en el que dispone de cuadros propios, ha puesto armamento —casi doscientos mil cohetes, misiles balísticos de alta precisión, drones explosivos— y ha excavado túneles. Todo esto no lo ha hecho a fin de organizar unos vistosos desfiles para disfrute de los ayatolás. Lo ha hecho para atacar a Israel. Y lo ha ido haciendo delante de las narices de las tropas del ejército libanés, si las había, y de los cascos azules de UNIFIL.
La "misión de interposición" que dice Albares no ha conseguido interponerse, en todos estos años, en el inmenso despliegue de efectivos y armas de Hizbulá en el sur libanés. Los porqués de esta incapacidad habrá de explicarlos la ONU y también, por la parte que nos toca, el Gobierno español. Las explicaciones tenían que haberse dado hace tiempo, pero hoy, cuando estamos ante las consecuencias de la inefectividad, la cuestión es urgente. En realidad era urgente desde el momento en que Hizbulá se puso a atacar sistemáticamente desde allí a Israel por orden de Teherán, que decidió ir a por todas después de la masacre de Hamás. Ahora, más que urgente, la cuestión es lacerante.
Cuando la resolución 1701 de la ONU, la que tenían que hacer cumplir los cascos azules, no se ha cumplido nunca, Albares no puede salir con que nuestras tropas tienen que quedarse para evitar un choque peor. ¿Peor que qué? Los militares españoles han hecho lo que han podido, dentro de una misión que no ha podido hacer casi nada ante la debilidad del ejército libanés y frente a la fuerza bruta de Hizbulá. Pero nuestros soldados no están ahí para que el Gobierno de España presuma de tener cascos azules en misiones de paz ni para que, en Navidades, veamos cómo la ministra de Defensa les desea Felices Pascuas por videoconferencia.
No se trata del riesgo. Los militares saben de riesgos y están preparados para asumirlos. Lo inasumible es que la ONU haya mantenido una misión que no cumplía ni podía cumplir su cometido. Una misión que fue incapaz de evitar que un grupo armado se hiciera con el control y lanzara ataques. Mantener esa misión es mantener una simulación, una mascarada. Y el principal beneficiario de la mascarada parece que ha sido Hizbulá. Claro que la valoración que hace el Gobierno de los riesgos es rarísima. Por fin, van a sacar del Líbano a los españoles que quieran marcharse, después de haberles dicho que cogieran vuelos comerciales que, naturalmente, no existían. Según la ministra Robles, todo está preparado para evacuarlos, "pero todo el mundo es consciente de la situación de los espacios aéreos". Si la situación de los espacios aéreos en la zona es mala, el Gobierno tiene que explicar una cosa más y no menor: con qué seguridades cuenta para mantener el vuelo del Rey Felipe VI a Jordania este sábado.