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Cómo y por qué caen los gobiernos

La experiencia dice que en este país los escandalazos de corrupción no hacen caer gobiernos por sí mismos.

La experiencia dice que en este país los escandalazos de corrupción no hacen caer gobiernos por sí mismos.
Pedro Sánchez. | EFE/ Chema Moya

¿Cómo y por qué caen los gobiernos? La respuesta no es siempre tan obvia como parece. Repasemos algunos ejemplos de nuestra historia reciente, a ver si entre todos sacamos alguna moraleja o conclusión.

Felipe González fue presidente de España de 1982 a 1996. Se dice pronto. Más si tenemos presente que los tres últimos años los aguantó contra pronóstico: en las elecciones de 1993 ya le daban por "muerto", pero logró aguantar in extremis con el apoyo de Jordi Pujol. Una situación no igual, pero tampoco tan distinta, de lo que viene pasando desde el 23 de julio de 2023.

Veinte años antes también se decía que González estaba acabado y se tenía que ir. No es que llegar a ese punto hubiera sido fácil. Por largo tiempo, el titán de Suresnes pareció invulnerable. Sus propios enemigos acérrimos le reconocían "tal nivel de potencia política" que los medios de oposición convencional no valían para hacerle mella. Ni siquiera cosquillas. Casos como el de Filesa o el mismísimo GAL le tocaban, pero no le hundían. Y eso que, en aquel tiempo, la corrupción todavía impresionaba al público. Determinadas portadas todavía cortaban el aliento. No como ahora, que el reiterado uso y quizás abuso de este comodín político ha elevado hasta niveles preocupantes la tolerancia de la ciudadanía. Hemos llegado al triste punto de que sólo existe la corrupción de los "otros". La de los "nuestros" no se quiere ni ver.

No sé si ustedes se acordarán del momento elegido por Pujol para retirar su apoyo a González y forzarle a un adelanto electoral, el de 1996, que este sí que logró aupar a José María Aznar a la Moncloa, así fuese inicialmente por los pelos, con pacto del Majestic de por medio. "Así no podemos seguir", proclamó un día el diputado de CiU Josep López de Lerma en el Congreso. ¿Por qué entonces y no antes? ¿Qué había pasado?

Personalmente (es una hipótesis que he meditado mucho, aunque no la tengo confirmada), siempre pensé que la gota que colmó el vaso fue el caso Cesid. ¿Se acuerdan? Yo recuerdo la inusual indignación de Pujol afeando al Gobierno "que los papeles del Cesid se vendan en els Encants (equivalente catalán del Rastro)". Cruzó ese día mi desconfiada mente una sospecha: ¿qué hay en esos papeles que pueda haber sulfurado tanto al molt honorable? Sólo se le había visto así de alterado cuando la (para él) "jugada indigna" del caso Banca Catalana. ¿Siguen ustedes mi línea de razonamiento? ¿Había en aquellos papeles algún indicio de la corrupción del propio entorno de Pujol que no se conocería hasta décadas después?

Aznar cumplió su promesa de permanecer sólo dos mandatos. El segundo, con mayoría absoluta. Eligió a dedo a Mariano Rajoy para sucederle en las elecciones de 2004, que parecía que iban a ser de trámite hasta que explotaron las bombas de Atocha. La gestión política que tanto PP como PSOE hicieron fue de todo menos ejemplar. Pero, si a los primeros les costó pasar en una sola noche de la mayoría absoluta a la nada, a los segundos les regaló la inesperada presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, el de las floridas posaderas. Con una crisis económica de caballo y todo consiguió aguantar hasta 2011, cuando un Rajoy más resiliente de lo que parecía logra tomarse la gran revancha azul.

En 2018, bastó una línea en la sentencia de la Gürtel (bueno, y el indudable olfato de tiburón de Pedro Sánchez) para darle la vuelta a la tortilla en forma de moción de censura tan inaudita que al principio no se la creía nadie. Recuerdo mi propia incredulidad, sin ir más lejos. ¿Dudaba yo de la existencia de manzanas podridas en el PP? Ni por asomo. Pero digamos que me sorprendió que escandalizaran tanto, más viniendo la denuncia de un partido que se había metido entre pecho y espalda el escándalo de los ERE, sin ir más lejos.

De nuevo, el milagro lo obró la alquimia parlamentaria, más que un decisivo corrimiento de votos de la ciudadanía. A Rajoy le fallaron los reflejos y/o el "ande yo caliente": pudo dimitir y salvar a los suyos (ese bolso de Soraya…), pero claro, entonces se habría tenido que ir bajo la sombra personal del "marrón". Sánchez por su parte supo jugar con los cálculos e intereses cruzados de nacionalistas vascos y catalanes, y, cómo no, con la fascinante pero un tanto destemplada ambición de Albert Rivera, al que de nada valdrían sus visionarios discursos en la tribuna del Congreso. Sánchez prometió convocar elecciones en seguida y al final las convocó cuando a él le dio la gana, lo cual detonaría la famosa "foto de Colón", que encima él tuvo la habilidad de convertir en el cartel del Wanted Trifachito.

En 2023, como ya hemos apuntado, Alberto Núñez Feijóo se queda tan compuesto, con votos pero sin Moncloa, como en 1993 se quedó Aznar. Desde entonces, los azules han vendido varias veces la piel del oso antes de matarlo. No es imposible que en la ya larga lista de asaltos perdidos contra Sánchez haya influido la prisa, que es mala consejera. No sólo Feijóo se veía presidente y no lo fue. Muchos más probablemente se veían otras cosas. A lo mejor eso ha nutrido un ruidoso corifeo de voluntarios para enterrar a Sánchez pero olvidándoseles una y otra vez verificar que realmente está muerto primero.

¿Está eso a punto de cambiar? ¿Ha alcanzado la alarma social y política por los casos Ábalos, Koldo, Begoña, etc, la masa crítica suficiente para provocar un vuelco? Si Sánchez se volviera a arrancar con un adelanto electoral sorprendente, ¿qué ocurriría?

El PP está siguiendo un guión casi calcado al del PSOE en 2018, el que precedió a la triunfante moción de censura contra Rajoy. Como entonces, nadie duda de que tengan razón. Otra cosa es hasta qué punto a la gente realmente eso le preocupa. E incluso a aquellos que les preocupa, qué están dispuestos a hacer en la práctica para expresar esa preocupación.

A diferencia de Sánchez en el 18, Feijóo carece ahora mismo de los apoyos para sacar adelante una moción de censura. A no ser que a los socios del Gobierno les tiemblen las piernas. ¿Está el PNV preparado para cambiar de caballo una vez más? ¿Cómo valora el inexorable ascenso de Bildu en las instituciones vascas? Por lo que respecta a Junts: notorio es el cabreo de Carles Puigdemont con Sánchez, pero no menos evidente es que, mientras no "caiga" la amnistía, el de Waterloo está atado de pies y manos. A lo sumo podrían presionar para que Sánchez se sometiera a una cuestión de confianza. Eso sí, como lo haga y la gane, el PP y sobre todo Feijóo tienen un problema.

Resumiendo, la experiencia dice que en este país los escandalazos de corrupción no hacen caer gobiernos por sí mismos. Ni siquiera cuando afloran pasmosas evidencias. El "castigo", por así llamarlo, sólo se concreta cuando modifica las aritméticas parlamentarias que hace tiempo (¿demasiado?) que operan como segundas o incluso terceras vueltas de lo que ha salido en las urnas.

Seis años después de llegar a la Moncloa, Sánchez ha conseguido cargarse a Ciudadanos (contando para ello con el inestimable apoyo tanto de muchos dirigentes de ese partido como del PP), convertir a Pablo Iglesias en un resentido (pero peligroso) Darth Vader en la sombra y reducir el Sumar de Yolanda Díaz a un chiste que, paradójicamente, empieza a preocupar a los mismísimos estrategas socialistas. La ultraizquierda patas arriba es ahora mismo el eslabón más débil de la mayoría de bloqueo, que no de Gobierno. Si sigue cayendo a plomo, Sánchez puede tener buenas razones para adelantar elecciones en algún momento del año que viene. Otra razón, sinceramente, no se me ocurre, visto el panorama.

El PP corre el peligro de emborracharse de endogamia si lo fía todo a que Sánchez caiga por el propio peso de sus pecados o los de su entorno. Mientras Vox siga siendo como la casa de papel del cuento de los tres cerditos, y Cataluña siga siendo un campo de minas incomprensibles e indescifrables para la derecha española, a Sánchez le quedará cuerda. ¿Para ahorcarse o para escurrirse? Quien viva, verá.

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