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El presidente se enfada, ¿qué tendrá el presidente?

Su círculo, sus asesores, sus ministros se ocupan de trasmitir a la prensa cómo está el hombre, cuando el hombre nos importa un pimiento.

Su círculo, sus asesores, sus ministros se ocupan de trasmitir a la prensa cómo está el hombre, cuando el hombre nos importa un pimiento.
Pedro Sánchez. | Europa Press

La legislatura que intentó echar a andar hace once meses es una legislatura agotadora, entre otras absurdas cosas, porque el principal partido del Gobierno insiste en repetir que no es una legislatura agotada. Cuando un Gobierno dice continuamente que va a agotar la legislatura, agota la paciencia de cualquiera y se hace sospechoso. Unos gobernantes seguros de que van a estar en el poder el tiempo que corresponde no tienen necesidad de soltar cada día que van a estar el tiempo que corresponde. De tanto asegurar, transmiten inseguridad. La repetición machacona hace que surja la duda. ¿Qué necesidad hay de repetirlo tanto? Y en refuerzo de la duda se presenta la experiencia de unos gobernantes —éstos— que dicen lo contrario de lo que van a hacer con enorme frecuencia y desenvoltura.

La cuestión no es en sí demasiado relevante, pero lo es como reflejo de una comunicación política obsesivamente dedicada a actuar sobre los estados de ánimo. Se supone que el terreno sobre el que actúa un Gobierno es la realidad. Cuando la prioridad de un Gobierno es actuar sobre las percepciones de la realidad —el tostón del "relato"—, hay que concluir que su actuación sobre la realidad es deficiente. Es tan deficiente que debe convencer, sobre todo a los convencidos, de que es fantástica. En esto de la duración de la legislatura, la infantil meta que se persigue es actuar sobre el estado de ánimo de la oposición y sus votantes, desmoralizarlos y hacer burla de ellos: ¡lo que os queda, jajaja! Se podrá discutir lo oportuno del deseo de la oposición de que haya elecciones cuanto antes, pero no se puede discutir que a los convencidos les entusiasma que se haga rabiar al enemigo. Sólo por eso apoyan a Sánchez.

El manejo de los estados de ánimo para provocar ciertos efectos políticos ha llegado aquí a un punto novedoso. A un punto extraño a la democracia, en realidad, porque en las democracias no se gobierna ni se funciona a golpe del estado de ánimo del jefe del Ejecutivo. El estado de ánimo del gobernante no tiene ninguna importancia, no para los asuntos de la cosa pública. Salvo que ese estado le impida seguir en el cargo, poco importa si el presidente está animado o deprimido, enojado o de buen humor, comunicativo o retraído, de buenas o de malas. Sin embargo, desde los cinco días de abril, cuando el estado de ánimo le hizo dar la espantada, el estado de ánimo del presidente ha dejado de ser un asunto propio de su intimidad y ha entrado en la categoría de factor político. Su círculo, sus asesores, sus ministros se ocupan de trasmitir a la prensa cómo está el hombre, cuando el hombre nos importa un pimiento. ¿Qué más da si desfallece ante el "acoso y derribo" o si se ve con fuerzas para "plantar cara"? ¿Qué más da si está firme pero enfadado o enfadado pero firme, como dicen? Si esto es una democracia y no una satrapía, el humor del gobernante nos trae sin cuidado, salvo quizá para hacer chistes.

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