
Las devastadoras consecuencias de la gota fría en Valencia y otras comunidades, con una pérdida de vidas humanas que no habíamos tenido en muchísimos años por causa de una catástrofe natural, son una tragedia ante la que sólo cabe el dolor, el luto, el trabajo para reparar lo que no es irreparable y la voluntad (y la exigencia) de que se atienda a quienes la han sufrido con todos los recursos, sin cicatería ni dilaciones. Volcarse en atender las necesidades de los que han perdido familiares, viviendas y bienes es lo más urgente y es lo único importante. No habría ni que decirlo, pero sabemos, por otras experiencias, que estos desastres suelen provocar también y de inmediato un tipo de reacción que desvía el foco de lo que importa. Lo desvía, además, para ponerlo en la búsqueda de culpables políticos, que siempre son, vaya, los de signo contrario al de quienes se lanzan a la culpabilización sumaria.
Lo hemos empezado a ver enseguida en esta catástrofe, con mensajes contra el Gobierno de Mazón por haber disuelto una unidad de emergencias alegando que hubiera sido decisiva para evitar los terribles efectos de la DANA o por otros motivos. Al margen de lo errado, increíble o simplista de algunas de las denuncias que circulan, la pauta resulta lamentablemente familiar. Se construye en torno a la idea de que la catástrofe se habría podido evitar, aunque con una condición que, no por azar, siempre es la misma: la catástrofe se hubiera evitado si los del Gobierno no fueran del partido que aborrezco y fueran, en cambio, del partido que me gusta. Éste es, en síntesis, el trasfondo. Normal que los que siguen este patrón no reconozcan que va de eso y, en lo esencial, sólo de eso. Es muy poco presentable.
La idea de que un desastre se pudo evitar surge siempre que el desastre ocurre. Pero tomarla como trampolín para lanzarse a degüello a la guerra política ni es lo natural ni es lo noble. Revela una incapacidad para estar a la altura de lo que pide el momento y muestra una deplorable ausencia de sentido de comunidad. La rendición de cuentas, la crítica, la revisión de lo que se hizo y se dejó de hacer o la demanda de responsabilidades son legítimas y necesarias, pero se dejan para más tarde. Hay naciones donde se apartan las diferencias políticas para hacer frente a una tragedia y las hay que, golpeadas por la tragedia, se enzarzan en la reyerta. Ése es, me temo, nuestro caso. Lo es, al menos, desde aquel accidente del Prestige infausto, cuando prevaleció, sobre cualquier otro, el interés por culpar al partido del Gobierno. La tendencia culminó, pocos años después, en los tóxicos días de marzo tras los atentados del 11-M. Ante la tragedia de un brutal atentado terrorista, aquí se le gritó "¡asesino!" al presidente del Gobierno. Tres años antes, ante la tragedia de un atentado terrorista masivo, en los Estados Unidos la gente gritaba "¡USA, USA!".
No vamos a ser infantiles en esto de la unidad. Las diferencias políticas existen y deben existir, los partidos compiten y deben competir. Hay pluralismo, hay lucha política, y debe haberlos. Pero el odio político no puede ser la fuerza más poderosa en un país que quiera ser una nación capaz de hacer frente, con sentido de comunidad, a las catástrofes y a las tragedias.