
No soy meteoróloga. Ni de la UME. Ni bombera ni especialista en emergencias. Ni siquiera soy una autoridad en cambio climático, aunque no creo que me traicione demasiado el sentido común si digo que cada vez va siendo más difícil negar la evidencia. Que, por cierto, hay dos maneras de negarla: haciendo como que no nos creemos que el clima está cambiando, o haciendo como que sí, y presumiendo de políticas requeteverdes, pero a la hora de la verdad, ni un duro para desastres, no digamos tragedias como la que en el momento de escribirse estas líneas ya se había cobrado 155 vidas humanas (verificadas) en la Comunidad Valenciana.
Sin ser todo lo que al principio del artículo ya les he dicho que no soy, y sin pretender entender de lo que no entiendo, sí les puedo decir que, si de algo entiendo, es de cómo funcionan las Administraciones y los políticos que las rigen. Viven al día. No planifican. Los recursos se los gastan en lo que se "ve" y les va a dar votos al momento, no en asuntos necesarios pero impopulares o difíciles de explicar, no digamos en grandes esfuerzos que, de dar fruto a largo plazo, igual hasta los rentabiliza el "enemigo" cuando gobierne él. Quita, quita. Cuando seguramente todavía se estaba a tiempo de hacer algo significativo contra el cambio climático, seguro que tenían otras prioridades e hicieron oídos sordos a los expertos. Todos. Sin excepción.
¿Se acuerdan de la sequía en Cataluña, un problema perfectamente fácil de predecir? Quince años sin hacer nada y confiando en que ya llovería. ¿Se acuerdan de la tremebunda crisis financiera mundial de 2008? En Nueva York entrevisté a uno de los pocos economistas que la vio venir, el iraní-estadounidense nacido en Turquía Nouriel Roubini. Ya a toro pasado, le pregunté qué habría que hacer para que eso no pasara nunca más. Me dijo diez medidas. Yo me quedé lívida. "Pero, Mr. Roubini, yo no conozco a ningún gobernante en el mundo que se atreva a hacer esas cosas". Él se encogió de hombros: "Usted me ha preguntado qué habría que hacer, señorita; si se hace o no, ya no está en mis manos". Doy fe.
Nueva York es una ciudad de inviernos extremos. Por eso mismo, en todos los hogares hay calefacción central. También existe por ley la obligación de mantener limpias las calles cuando nieva, que nieva una barbaridad. De limpiar las calzadas se ocupan las autoridades. Las aceras son asunto de los vecinos. Si un propietario alquila su casa, es responsable de garantizar que el inquilino no se encuentre bloqueado por la nieve cuando sale por la mañana a trabajar. Te suelen mandar a alguien a las cinco o a las seis de la mañana con una pala. Si no, se les caería el pelo.
Es sólo un ejemplo de cómo hay cosas que no se pueden evitar, pero sí prevenir. España ha disfrutado muchos años de un clima extraordinariamente benévolo, con sus cuatro estaciones, que ha permitido a generaciones enteras vivir bien incluso estando gobernadas por gente poco previsora y dada a la improvisación. Bueno, eso se ha acabado. Sequías africanas, olas extremas de calor, DANAS y tornados, todas esas cosas que siempre hemos asociado con otras latitudes, incluso directamente con el Tercer Mundo, van a tocar a nuestra puerta cada vez con más insistencia. Hay que estar preparados.
Insisto por tercera vez: no soy meteoróloga ni todóloga. Me faltan conocimientos técnicos para saber qué es exactamente lo que falló: si la culpa es de quien se empezó a cargar pantanos para no parecer franquista, de quien permitió edificaciones temerarias en primera línea de playa, de quien hizo más o menos caso a la AEMET, de quien avisó tarde, de a quien le tembló la mano a la hora de cerrar escuelas y vías de comunicación, no fuera a enfadarse la gente si después todo quedaba en nada, de quien informó bien o mal, de quien lanzó bulos, de quien promete ayudas que ya veremos en qué quedan y sobre todo cuándo. Que las víctimas del terremoto de Canarias todavía las esperan.
Sí sé, por qué eso es clave en mi oficio, reconocer cuándo los responsables políticos demuestran una pavorosa falta de capacidad y de empatía. Y en ese sentido, yo le pondría un cero patatero a unos cuantos. A ambos lados del espectro político esta vez. Lo siento pero esta vez no se salva casi nadie. Y, aunque ahora sea más el momento de arrimar el hombro que de pedir cuentas, déjenme decirles que una de las peores cosas que le pueden pasar a un país es no saber en quién confiar cuando la verdadera máquina del fango, la que destruye casas y mata gente, se pone en marcha.