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La revolución puritana que acaba en una orgía de sexo y corrupción

Estas locas no querían dar poder a las mujeres; querían tener a las mujeres en su poder. El episodio Errejón es el punto de no retorno de la oleada puritana.

Estas locas no querían dar poder a las mujeres; querían tener a las mujeres en su poder. El episodio Errejón es el punto de no retorno de la oleada puritana.
Íñigo Errejón. | Flickr/CC/PhotoLanda

El episodio Errejón ilumina con un resplandor a lo Kubrick la década española de la indignación. Se hicieron, de 2014 en adelante, sesudos análisis que combinaban la crisis económica con fallos del sistema político, ahí la degeneración bipartidista, para explicar el nuevo estado de cosas que se fue instalando. Todos los hicimos, sí, pero hoy se ve que teníamos los ojos abiertamente cerrados ("Eyes wide shut", por seguir). Sólo ahora, bajo la oscura luz de este aquelarre, se percibe con claridad qué ha pasado realmente en una década nada prodigiosa. Y lo que ha ocurrido es que hemos estado viviendo una revolución puritana que ha mostrado su cara insidiosa y grotesca tanto en el modo de afrontar la corrupción política clásica como en la manera de entrometerse en la esfera personal y privada.

España era un país donde el Gobierno más corrupto de la democracia, que fue el de Felipe González, con escándalos continuos y tremendos, tardó enormemente en perder apoyo y fue derrotado, al final, por la mínima. España era un país donde se continuaba eligiendo a alcaldes con casos de corrupción conocidos sin mayor problema, porque esa lacra o defecto no era tan importante. España era un país, en fin, donde la tolerancia del votante hacia ciertas corruptelas que daba por descontadas era más que notable. Pues en ese país, una vez poseído por la indignación de la crisis, se levantó una oleada justiciera en la que no se perdonaba nada ni se perdonaba a nadie que fuese un político y en la que cayeron por igual culpables e inocentes. La oleada, como es sabido, iba a llegar a lo más alto. Lo hizo con la moción de censura de Sánchez contra Rajoy bajo la bandera de una tolerancia cero con la corrupción, que era sólo pretexto, pero que el puritanismo recién adquirido decidió fingir que iba en serio.

España era un país que se había quitado rápida y alegremente los corsés de la censura y el puritanismo sexual en cuanto vió llegar el final de la dictadura. Fue un país que se entregó a las delicias del destape, se rió de las arengas contra el libertinaje y entronizó la libertad personal en la esfera privada, muy incluida la sexual, como valor apreciadísimo. Era un país donde todo el mundo, del Rey abajo, podía vivir como quería y hacer lo que le parecía sin temor al qué dirán: "A quién le importa" (Alaska). Pues en ese liberalizado y despreocupado país de ayer, resulta que se encarama al poder un nuevo tipo de censor, se institucionaliza la vigilancia de las buenas costumbres y se erigen púlpitos laicos para sermonear a la sociedad y señalar a los pecadores. La censura más espectacular y espeluznante llegó, sin duda, de la mano de un feminismo castigador, intrusivo, castrador, mano enguantada con la peregrina idea de reeducar a los hombres y la falsa promesa de darles poder a las mujeres. Porque estas locas no querían dar poder a las mujeres; querían tener a las mujeres en su poder.

Las huestes de esta revolución puritana, tan extemporánea y extraña en el país que era España, impusieron su moral tridentina gracias a su propia hipocresía, pero también a la hipocresía de una sociedad que tiene estallidos de ira infantiles cuando debe asumir protagonismo en política y cae en ofuscado desconcierto cuando escucha a los charlatanes de la posmodernidad. El episodio Errejón es el punto de no retorno de la oleada puritana. Todavía no querrán ser conscientes los que la dirigieron. Incluso algunos, los de Podemos, creen que saldrán beneficiados, cuando el espectáculo del ajuste de cuentas que están dando es suficiente para desmotivar al seguidor más acérrimo. Aún no querrán ser conscientes de este final sucio los que se sometieron tan neciamente. Tampoco los florentinos del siglo XV fueron capaces de quitarse de encima, por sí solos, al loco de Savonarola y su hoguera de las vanidades. Pero el fin, como suele decirse, está próximo. La historia de esta década es la historia de una revolución puritana que acaba en una orgía de sexo y corrupción, y a causa de ella.

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