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Joe Biden y su menú de un solo plato: el antitrumpismo

Biden asumió el cargo con una ambiciosa agenda que prometía reconstruir el país tras años de polarización.

Biden asumió el cargo con una ambiciosa agenda que prometía reconstruir el país tras años de polarización.
Joe Biden. | EFE

La presidencia de Joe Biden, quien asumió el cargo en 2021, se enmarca en un período de respuestas urgentes y profundas a la crisis de coronavirus, pero, principalmente, a la restauración de un cierto statu quo por parte del establishment político tras la presidencia de Donald Trump. En contraste con la visión rupturista y populista de Donald Trump, Biden asumió el cargo con una ambiciosa agenda que prometía reconstruir el país tras años de polarización y profundas divisiones. Sin embargo, tras cuatro años, la su presidencia ha dejado un sabor agridulce, si no amargo, en diversos sectores de la sociedad, pues su mandato ha estado marcado por problemas estructurales no resueltos en el ámbito doméstico, una política exterior inconsistente, y un legado que plantea serias dudas sobre el camino a seguir.

En el ámbito económico, la administración Biden impulsó ambiciosos programas de gasto público, orientados a mitigar los efectos económicos de la pandemia de COVID-19 y a impulsar una recuperación centrada en los trabajadores. El American Rescue Plan de 2021 destinó más de 1.900 millones de dólares en ayuda directa, seguros de desempleo extendidos y financiación a gobiernos estatales y locales. Además, Biden puso en marcha la agenda Build Back Better, un paquete legislativo enfocado en modernizar la infraestructura y en invertir en energía limpia, buscando tanto la creación de empleos como la reducción de la huella de carbono.

Sin embargo, este enfoque expansivo en el gasto público ha disparado la mayor inflación vista en décadas, afectando profundamente el poder adquisitivo de las familias de clase media y baja, quienes han tenido que lidiar con el aumento de los precios en bienes básicos, vivienda y combustibles. A pesar de los estímulos fiscales y la ampliación de programas de ayuda, la inflación ha sobrepasado los beneficios otorgados, generando una sensación de estancamiento económico para millones de estadounidenses. En resumen, desde una óptica conservadora, la política económica de Biden representa un regreso a un gobierno centralizado y expansivo, cuyo legado es una economía menos ágil y una deuda insostenible para futuras generaciones.

En cuanto a la obsesión por las energías limpias, durante sus primeros días en el cargo, Biden firmó órdenes ejecutivas para reingresar al Acuerdo de París (tras la salida de EE. UU. por orden de Trump) y estableció un objetivo de reducir las emisiones en un 50-52% para 2030, comparado con los niveles de 2005. Sin embargo, a pesar de estas promesas, su Administración ha enfrentado críticas por no implementar una transición realista hacia la energía limpia. Por ejemplo, el estado de California ha legislado para que el 100% de sus coches sean eléctricos en 2035 y, sin embargo, el gobernador Newsom (del Partido Demócrata) ha hecho varios llamamientos a que no pongan a cargar los Tesla a ciertas horas del día en verano pues la red eléctrica no soporta tanta carga. Así, se calcula que sólo este estado debería invertir hasta 20.000 millones de dólares para actualizar su actual infraestructura eléctrica de forma que dé soporte a este nuevo parque automovilístico. Una prueba más de cómo el afán climático en ocasiones resulta poco realista, como también sucede con las emisiones de CO2, que han sido tan perseguidas y castigadas fiscalmente por Biden a la par que China construye una central de carbón cada semana.

La administración Biden también se ha caracterizado por una postura firme en defensa de los derechos civiles y la equidad social. Sin embargo, como ya sucediera bajo los mandatos de Obama (en especial, su segunda presidencia), Biden se ha enfrentado a una polarización creciente en este frente.

En política exterior, en contraste con la política de America First de Trump, Biden ha buscado revitalizar las alianzas internacionales y fortalecer los organismos multilaterales. En su relación con la OTAN y la Unión Europea, Biden ha apostado por una cooperación renovada frente a desafíos comunes, incluyendo la contención de una Rusia a la ofensiva en Ucrania y la gestión de la influencia creciente de China. Biden también ha promovido la consolidación de alianzas en el Indo-Pacífico para contrarrestar la influencia china, como la AUKUS y la revitalización del Quad, iniciativas que refuerzan el compromiso de Estados Unidos en la región sin recurrir a un enfoque militar directo.

Sin embargo, la Administración Biden ha estado marcada por dos hitos en materia de política exterior, que le han supuesto fortísimas críticas y que han marcado en buena medida la campaña electoral este año. Por un lado, la caótica retirada de Afganistán, con el abandono a su suerte de más de 200.000 afganos que habían ayudado a EE. UU. durante sus dos décadas de ocupación, y 7.000 millones de dólares en armamento, sin contar un ingente número de documentos de identificación de militares y contratistas estadounidenses, hoy conocidos por el mando talibán. Por otro, la intervención en la guerra de Ucrania, que ya le ha costado al contribuyente americano 64.000 millones de dólares desde la invasión rusa, y que contrasta enormemente con las notables carencias en infraestructura, sanidad, educación, control fronterizo, etc. que presenta EE. UU. actualmente.

Precisamente en materia de control fronterizo, la política migratoria de la Administración Biden ha sido un completo desastre, con más de 10 millones de encuentros con ilegales en la frontera y al menos 2 millones han logrado entrar en el país. La cuestión migratoria va de la mano de otros muchos elementos que conducen a una crisis sin precedentes: algunos ejemplos son la llegada y consumo masivo de fentanilo, impulsado desde China (y que ya es la mayor causa de muerte entre los estadounidenses menores de 35 años), el tráfico de drogas y de personas, y la entrada de bandas criminales, así como de terroristas (como han demostrado algunas detenciones de yihadistas). Todo ello sin contar con otros elementos de desestabilización democrática, como la llegada masiva de muchos de estos inmigrantes ilegales a swing states donde se ha hecho lo posible para evitar que se exija identificación para votar el día 5 de noviembre.

Al hablar de la presidencia y legado de Biden, no pueden omitirse dos cuestiones fundamentales: la primera es la de su deteriorada salud, que ha protagonizado episodios preocupantes al poner en tela de juicio la capacidad física e intelectual para quien ostenta el cargo de mayor relevancia del mundo libre. La segunda ha sido la figura de su vicepresidenta y hoy candidata a la presidencia de EE. UU. por el Partido Demócrata; Kamala Harris.

Durante esta legislatura, el trabajo de Harris ha estado plagado de críticas, desde su invitación pública a Ucrania en la Conferencia de Seguridad de Munich de 2022 para unirse a la OTAN, hasta su nefasta gestión de la crisis migratoria en la frontera sur de EE. UU. (de la que se suponía que era la "zarina de la frontera"). Todo ello ha supuesto que Harris haya tenido los índices de aprobación más bajos que se recuerden, por lo que llama la atención que tras ser ungida como candidata para enfrentarse a Trump en las elecciones (por la élite demócrata de los Obama y los Clinton, pues recordemos que el Partido eligió a Biden), súbitamente quienes la criticaban hayan dado un giro de 180º alabando su personalidad, figura y legado.

Esto pone de manifiesto también la profunda crisis que vive el Partido Demócrata, que tiene a su disposición los resortes del estado y los medios de comunicación tradicionales, y que ha pasado esta legislatura en frontal oposición a Donald Trump, buscando su condena en sede judicial y apartarlo así de la carrera presidencial. Un Partido Demócrata que, más allá de su "anti-Trumpismo" parece no tener una propuesta de política pública clara, o una visión de país.

Mañana se decide el futuro de EE. UU. durante los próximos cuatro años, y los dos partidos deberán hacer examen de conciencia para el futuro, pues tal es su crisis existencial. A Trump lo trataron de frenar los medios de comunicación en 2016, y lo impulsaron; las revueltas sociales y el coronavirus en 2020, y lo consiguieron apartar. En 2024 la estrategia ha sido otra, con dos intentos de asesinato y todo el aparato demócrata, la Justicia y el Deep State en su contra, pero llega vivo y fuerte a la cita electoral. Alea iacta est. Mañana empieza una nueva era.

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