
Siempre sospeché (y es una opinión muy personal) que Jordi Pujol tenía poca responsabilidad directa en el cohete de corrupción de su entorno y su familia. Generalizando y simplificando, hay dos tipos de políticos: los iluminados y los pragmáticos. De la estirpe de la primera salen los héroes y los dictadores. De la segunda, los que evitan males mayores, pero también los que meten mano a la caja. Pujol pertenece sin duda a la primera categoría. Fue además president de la Generalitat durante 23 años seguidos. Eso son 23 años sin saber cuánto cuesta un café. Una vez abandonó airado una reunión de su Govern para irse a no sé dónde, a tal velocidad que dejó atrás a asesores y chóferes. El único que consiguió seguirle el paso fue el escolta. Le alcanzó justo cuando Pujol acababa de parar un taxi. En estas va el president, se da la vuelta y le pregunta al Mosso: "joven, ¿usted lleva dinero?". Porque él, claro, no llevaba.
Por supuesto, incluso si es buena mi intuición de que Pujol no tenía responsabilidad directa en la máquina tragaperras que a su sombra funcionaba, indirecta la tenía toda. Que no es excusa, vamos. Él mismo lo reconoció tácitamente —otra cosa no le permitirían ni sus abogados, ni su orgullo— cuando renunció a los privilegios de expresident: la suculenta paga cienmileurista, el despacho, el coche, los asesores. Es el único ex de la Generalitat que ha hecho eso por ahora. Por cierto, ojalá cundiera el ejemplo, o por lo menos los catalanes nos quitáramos el vicio de cambiar de molt honorable cada año y medio, porque la lista de cesantes vivos y en buen estado de salud empieza a ser larga y nos sale carísima.
La cosa es que, después de una larga travesía del desierto y del oprobio iniciada en 2014, cuando Pujol publica su explosiva carta admitiendo tener dinero negro en Andorra, travesía cuyo horizonte judicial, con suerte, se despejará el año que viene, la sociedad catalana parece más que dispuesta a perdonarle. Incluso a rehabilitarle. Ha causado en general buena impresión que Salvador Illa (y el diario La Vanguardia) abrieran sus puertas grandes a este hombre que, para bien y para mal, ha definido la Cataluña del último medio siglo.
¿Eso es que a los catalanes nos la trae floja la corrupción? Bueno, no creo que más ni menos que al resto de españoles. A las pruebas me remito: por estos temas hace mucho que aquí no dimite ni Dios. No sé si porque mal de muchos, pachorra de tontos, o porque el torpe uso y abuso de las denuncias de corrupción como arma política arrojadiza, para tumbar gente concreta, pero, una vez tumbada, olvidarse casi siempre de hacer verdadera limpieza estructural, ha acabado generando callo en los votantes, lectores de periódicos y consumidores de redes sociales. Que la gente ya no se cree nada, en resumen.
Pero en el caso de Pujol confluye un factor todavía más sensible. Y es que, aunque en su día el mundo procesista quiso justificar el ostracismo del fundador de CDC por estos temas, la realidad de fondo era otra. ¿Qué había cambiado desde el caso Banca Catalana, del que Pujol salió reforzado, incluso intocable, al caso Madre Superiora, del que sale convertido en un apestado? ¿Sólo una cartita cargándole el muerto, nunca mejor dicho, al avi Florenci? No, lo que había cambiado es que esa Cataluña que durante dos décadas y media Pujol representó casi en solitario, de repente ya no quería verse representada por él.
Jordi Pujol es el Rey Lear del procés. Desgarrado entre su irredento independentismo íntimo y su pasión de Estado, cuando otro Estado no tenía que España, enfrentado además, aunque ahora nadie acierte a acordarse, a una larga hegemonía casi total de las izquierdas que sólo en la Cataluña pujoliana no daba pie con bola, protagonizando en solitario una batalla cultural rarísima, llevando al catalanismo al extremo de la ingeniería social, pero sin dar nunca el paso de romper con Madrid —ni con la Cataluña española, a la que sabía que necesitaba—, este hombre armó un maletín nuclear que, si en sus manos era inquietante, en manos de sus sucesores bastante más ineptos (empezando por Artur Mas) devino una bahía de Cochinos permanente. Los convergentes y neoconvergentes que han venido detrás de Pujol tenían todos sus defectos, pero ninguna de sus virtudes. De ERC, ni hablamos. Ya se lo dicen todo ellos.
Si ahora la Cataluña converpunk vuelve a soñar con ovejas eléctricas y ya no quiere matar al padre, sino rehabilitarle, no es tanto porque le hayan perdonado si robó o dejó de robar; eso siempre les dio igual, fue siempre una excusa; lo que de verdad les interesó en su momento fue sacudirse la incómoda tutela de un catalanismo con todas las aristas que tú quieras, pero bastante más exitoso que el que se ha visto últimamente. El famoso peix al cove funcionaba mucho mejor que todo lo que ha venido después.
Es casi cómico poner ahora TV3 y ver a un montón de esbirros mediáticos del procesismo hacer cabriolas dialécticas —que no intelectuales— para justificar como una evolución lo que es pura y dura involución: resulta que década y media de estrepitoso procés después, la "jugada mestra" consistía en volver al punto de partida y admitir que lo que sea que se quiera hacer con Cataluña, tiene que ser dentro de España y contando con la entera magnitud de la población catalana, hasta la nacida en Murcia. Coño, para eso nos podíamos haber ahorrado el asalto al Capitolio, perdón, quise decir al Parlament. Que tanto meterse con Trump, pero este parece Lincoln al lado de Quim Torra, Carles Puigdemont, Marta Rovira y otras eminencias del Tsunami Democràtic.
Por eso Pujol vuelve a estar en el candelero y de moda. Para quitar hierro a las pifias postpujolistas. Para hacer como que aquí no ha pasado nada. En ese sentido, todos los indepes que chillan indignados cada vez que Salvador Illa se hace una foto con el Rey, deberían darle las gracias, porque así se ahorran el duro trago de tener que hacerlo ellos. La pax catalana que el líder del PSC está expandiendo de forma tan discreta como inexorable —ver las últimas encuestas— permitirá a los nacionalistas con dos dedos de frente reorganizarse y encontrar un nuevo lugar bajo el sol sin hacer el ridículo. Es muy posible que ese lugar se llame sociovergencia.
Last but not least: esta interesante evolución de la Cataluña post-procesista puede que nos dé alguna clave de cómo puede evolucionar la España post-sanchista, el día que finalmente llegue. Que no va a ser hoy, ni mañana, ni pasado. ¿Quién será el Salvador Illa español? ¿Y si fuese él mismo?