
Para entrar en las listas al Parlamento de los partidos de izquierdas hay que ser de familia con posibles, las únicas que pueden permitirse financiarle a la prole carreras absurdas de la rama de Humanidades y cuando consiguen acabar los estudios, 10-12 años después, seguir manteniendo a sus zanguangos mientras hacen carrera en las categorías locales del partido repartiendo propaganda, rellenando asientos en los mítines y pegando carteles. No es fácil llegar a diputado socialista y mucho menos aún ejercer el cargo con dignidad porque, con Sánchez al frente del cotarro, no hay indignidad en la que no ordene chapotear a su infantería parlamentaria al menos un par de veces a la semana.
El papel más vergonzoso corresponde a los diputados socialistas de las regiones más atrasadas, que votan a favor de todas las medidas que enriquecen a las oligarquías catalana y vasca (más de derechas que un paraguas negro) a costa de empobrecer a las provincias de las que provienen todos ellos, lo que no les impide pulsar el botón correspondiente cada vez que hay una votación en perfecta consonancia con lo que ordena Sánchez, cuya supervivencia en el poder es ya la única ideología que vertebra al PSOE.
La diputada socialista de Alicante que suplicaba a los representantes de ERC su apoyo a la reforma fiscal del Gobierno, con las manitas juntas en señal de sumisión, es la imagen de la degradación pública de un partido que lleva a sus representantes a actuar en contra de los intereses de quienes les votan con una entrega absolutamente sincera. Los diputados sociatas de las provincias pobres son, tal vez, los más entregados a la misión de aprobar en el Congreso el vasto programa de privilegios que Sánchez se ha comprometido a entregar a las minorías separatistas a cambio de comprar unos meses más en el poder. Yo veo sus caras en el Hemiciclo (todos conocemos a alguno de nuestra circunscripción) y son los que más se ríen y aplauden cuando Sánchez, Yolanda y Marisú Montero sacan adelante una nueva canallada contra la gente que les ha llevado al Parlamento para que cobren un salario al que, la inmensa mayoría de ellos, no podrá aspirar jamás si salen de la política.
Hacen bien, no obstante, porque también los votantes socialistas de las autonomías más perjudicadas por el sanchismo celebran especialmente los éxitos parlamentarios de Sánchez a favor de las regiones ricas del norte, controladas por sus socios separatistas. La consecuencia es que la gente medio normal de esas regiones deja de votar a la izquierda y se echa en manos del PP, aunque los populares mantengan en esos sitios equipos cuya mediocridad resulta ya hasta violenta. Madrid, Valencia, Murcia, Andalucía o Extremadura han vivido ese proceso, en algún caso de modo acelerado, sin que la pérdida de esos baluartes haya hecho reflexionar a los dirigentes socialistas locales sobre el porqué de tanta defección.
Aquí de lo que se trata es de mantener a Sánchez aún a costa de la ruina de tu propia tierra, porque en la vida de un socialista siempre hay prioridades. La imagen de todos estos personajes celebrando por todo lo alto la ley de amnistía y la soberanía fiscal de Cataluña en ciernes será la perfecta explicación gráfica del desfonde intelectual y moral de un partido como el PSOE, que nunca estuvo sobrado de esas virtudes. Y es que ser diputado del PSOE por Murcia, Andalucía o Extremadura con Sánchez en La Moncloa no está al alcance de cualquiera.