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Bienvenidos a la olla de grillos

Para los que han cogido el vicio de hacer de la necesidad, virtud, gobernar está a dos minutos de ser una idea antigua, un anacronismo rancio.

Para los que han cogido el vicio de hacer de la necesidad, virtud, gobernar está a dos minutos de ser una idea antigua, un anacronismo rancio.
Pedro Sánchez. | Europa Press

Después del caos en la Comisión de Hacienda del Congreso, Sánchez habló desde el Pan de Azúcar para ponerle dulzor a las amarguras del Gobierno. "Bienvenidos a los gobiernos de minoría parlamentaria", dijo a la prensa en Río, como si la prensa, presente o ausente, no estuviera al cabo de la calle de qué es —y cómo disfunciona— un Gobierno en minoría. Igual que hace unos años tocó instruir a prensa y pueblo sobre las maravillas de los gobiernos de coalición, que nos habíamos perdido tontamente a nivel nacional, ahora hay que enseñar a los paletos que los gobiernos de minoría están en el club del que uno siempre ha querido formar parte —y no en el club de Groucho Marx—. Por eso puso Sánchez ejemplo y cebo mágicos: son "la tónica en Europa". Si en Europa van de gobiernos de minoría, ¿cómo nos vamos a quedar atrás?

En su momento, nuestros pedagogos de la política ya trataron de meter en las cabezas de chorlito que creían en la vieja relación entre democracia y mayoría, que una minoría más otra minoría más otra minoría más otra y las que hagan falta componen una mayoría perfectamente constituida y capaz. De esta manera, lo que era cierto en la aritmética pasó a ser cierto en la política y, más que cierto, deseable. Lo único verdaderamente importante era tener un voto más en el parlamento. La cantidad de minorías que hubiera que agrupar para conseguirlo —de la calidad, no hablamos— no era obstáculo. Al revés. Para esta gente el ideal no era el gobierno de minoría; era el gobierno de las minorías. Cuantas más minorías en el saco, más "diálogo" y más "diversidad". Se podía presumir de virtudes, aunque no se pudiera gobernar. Y aunque no se pudiera gobernar, se podía estar en el poder.

El modelo es nuestro Sánchez. Puede estar en el poder gracias al táctico agrupamiento de una serie de minorías, pero no tiene pinta de que pueda gobernar con una tropa que tiende a ejército de Pancho Villa. Cualquiera, si se pone, puede subirse a un carro tirado por los más diversos animalitos, como el carro del heno de El Bosco; cosa distinta es que ese carro vaya a alguna parte que no sea el infierno. Y con mucho gasto por el camino: a los animalitos que tiran del carro de Sánchez hay que echarles de comer todo el tiempo. Pero es verdad que para los que han cogido el vicio de hacer de la necesidad, virtud, gobernar está a dos minutos de ser una idea antigua, algo como de ley y orden, de estabilidad y predictibilidad, anacronismos rancios.

La tónica europea, dice. Pero la tónica francesa, por poner, es que la izquierda monta en cólera porque queda primera en las legislativas —minoría mayoritaria— y Macron no le encarga formar Gobierno. La tónica alemana es que la coalición semáforo de Scholz se rompe y como no cree en los prodigios del "gobierno de minoría", va a convocar elecciones después de una moción de confianza que perderá; y lo hace de acuerdo, calendario incluido, con el partido de la oposición. La tónica portuguesa es que los socialistas permiten gobernar al centroderecha, del que quedaron a sólo dos escaños, para dar estabilidad al país. Pero quién quiere estabilidad, certezas, seguridades, orden. Puro atraso, nos dice Sánchez. Bienvenidos, ya era hora, a la olla de grillos.

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