
Gonzalo Boye es listo. Muy listo. Una de las pocas veces que he visto descomponerse a un hombre tan sereno y tan frío como el antiguo eurodiputado de Ciudadanos (hoy en el PP) Adrián Vázquez, fue la vez que ambos iban a coincidir en un programa de televisión (catalana) para ventilar el futuro de Carles Puigdemont en el Parlamento Europeo. Boye da miedo porque, en el bidet lleno de pirañas de la actual política española, es un tiburón. Tiene mejor mordida, directa a la yugular.
Gonzalo Boye es abogado. Se licenció en Derecho por la UNED cuando estaba en la cárcel condenado por colaborar con ETA en el secuestro de Emiliano Revilla. No sé si eso tendría algo que ver con que acabara cumpliendo sólo seis de los catorce años por los que se le condenó.
Ahora podría volver al trullo (o no) por ayudar a blanquear capitales al narco Sito Miñanco. Veremos por dónde sale esta vez con su cuerpo en triunfo. De momento, entró en la sala de vistas acompañado por la plana mayor de Junts, formando un paseíllo de gala sólo comparable al de arropar a Puigdemont el día que llegó a Barcelona, protagonizó un mitin rapidito —a él le van los quickies, como la proclamación de la república catalana por espacio de segundos— y luego se dio a la fuga, planeada precisamente por Boye.
Con abogados así, ¿quién necesita jueces, leyes o Constituciones? ¿Quién necesita democracia? La estrategia es simple: uno hace lo que le da la gana, pasándose por el arco de triunfo (allá donde vimos a Puigdemont por última vez) el ordenamiento jurídico que a todo el resto de simples mortales y ciudadanos obliga. Que sale bien, fantástico. Que sale mal y vas a juicio: se procura intentar ganarlo aprovechando hasta el más mínimo resquicio de derechos y garantías, es decir, todo esa basura del 78 que tanto asco nos da. Que sale mal y perdemos: ya se veía que el tribunal estaba vendido a la represión neofranquista, porque, de que siempre tenemos razón, ¿quién puede dudar? ¿A nosotros quién nos tose?
Todo reo tiene derecho a la mejor defensa. Lo tiene hasta Dominique Pélicot, ¿no lo van a tener Puigdemont y Boye? Y todo el mundo tiene derecho a ser un activista político. Lo malo es cuando se mezclan el agua y el aceite, y ya no sabes dónde acaban la presidencia de la Generalitat o la toga y dónde empieza la jeta.
Que un letrado tenga el carrerón que tiene Boye de hacerse sujetar la ley como otros el cubata, debería hacernos reflexionar. ¿Hasta cuándo piensan tirar algunos de la excusa de que contra Franco vale todo? ¿Cuándo se van a enterar de que ya lleva muchos años muerto? ETA gozó durante décadas de un inmerecido prestigio, de una especie de patente de corso, porque había quien justificaba el asesinato de Carrero Blanco como un "gran servicio" a la Transición. Cuando fue todo lo contrario. El comando etarra que se cargó a Carrero estuvo a punto de dar al traste con muchos delicados equilibrios ya en marcha para salir del franquismo con los sobresaltos justos, y más bien le hizo el caldo gordo a los partidarios de la involución. Traducido al cristiano actual, diríamos que ETA le rindió un gran servicio a la ultraderecha. Durante cuarenta años se lo siguió rindiendo. En la medida de sus posibilidades, sus descendientes políticos se lo rinden aún. ¿Qué serían los unos sin los otros?
Generalizando y simplificando, estamos los que, con todas las frustraciones que tú quieras, creemos en el Estado de derecho —uno para todos y todos para uno, como los mosqueteros— y los que tiran por el camino de en medio. Pero no desde la calle y asumiendo su perfil de forajidos, no: desde las instituciones y desde los banquillos de los abogados. ¿Eso no es una forma de prolongar la dictadura por otros medios? ¿De infiltrarse en la democracia para dinamitarla desde dentro, el famoso entrismo que aconsejaban los manuales de algunos marxistas ilustres?
Lo más curioso de todo es que esta dinámica conviva con la acelerada descompresión del separatismo catalán, que, al colapsar su credibilidad para separar nada, se está resituando rápido para recoser sus influencias políticas, empresariales, sociales y de todo tipo. Así asistimos estos días al fratricida mercadeo de Junts y ERC con el PSOE, a ver quién se lleva el gato al agua de poner y de quitar impuestos. Es el "peix al cove" de Pujol, en versión Zipi y Zape.
De momento va ganando Junts. La sociedad catalana es mucho más de derechas de lo que sus representantes políticos (y las castas periodísticas y culturales subvencionadas por ellos) fingen que es, y ahí los neoconvergentes tienen un nicho para venderse como marca business friendly. ERC está cargada de razón cuando les afea sus clamorosas contradicciones, pero, al paso que van, de poco les va a servir. A ERC empieza a pasarle como al Ciudadanos crepuscular, que da igual lo que diga, porque nadie escucha. Tuvieron su oportunidad, no la supieron aprovechar. Cuando Oriol Junqueras gane, ganará unas ruinas humeantes.
El caso es que la única contradicción de Junts que de verdad amenaza su futuro la encarna precisamente un elemento como Boye. Ese híbrido de abogado y activista que sigue retorciendo y desafiando todas las leyes, incluida la de la gravedad.
No todos los separatistas, cuando se han visto en apuros judiciales, han elegido defensores así. Algunos optaron por defensas técnicas, gélidas e inmaculadas como la de Olga Tubau, sin ir más lejos. Y no sólo salieron absueltos, sino que hoy mandan en la policía catalana y tienen la confianza de un presidente tan pragmático como Salvador Illa. Rectificar es de sabios, y volver a la ley, un arte.
Que Puigdemont siga en Waterloo y siendo el presidente de Junts, y que Boye sea su abogado, es una excepción a esa regla. Es también un recordatorio de que no todo el mundo está por la labor de pasar página. Boye resulta sexy a los ojos de los neoconvergentes conscientes de que la Movida Catalana quedó atrás y ahora toca otra cosa. Pero les gusta acordarse de las noches de sexo, droga, rock´n´roll y Tsunami Democràtic. Tarde o temprano tendrán que decidir si quieren madurar, volver a la edad adulta y a mandar, o seguir viviendo peligrosamente. Todo no se puede tener. En democracia, digo.